Obra gigantesca, en el buen y en el mal sentido de la palabra

"La voluntad y la fortuna", Carlos Fuentes, (Alfaguara - Buenos Aires). El último libro de Fuentes tiene un comienzo impactante y se desarrolla en 552 páginas. Por Carmen Perilli.

POBLADO DE ALEGORIAS. En la última creación de Fuentes, la trama se centra en dos jóvenes, Josué y Jericó, que se llaman a sí mismos Cástor y Pólux. POBLADO DE ALEGORIAS. En la última creación de Fuentes, la trama se centra en dos jóvenes, Josué y Jericó, que se llaman a sí mismos Cástor y Pólux.
10 Mayo 2009
Hace poco releí La región más transparente, de Fuentes, cuyo efecto de juventud no se había perdido. Con motivo de sus 80 años, Carlos Fuentes, un verdadero prodigio de productividad, ha editado una nueva obra novelesca La voluntad y la fortuna. El artificio ha primado y atentado contra las últimas obras de Fuentes, desde Instinto de Inés, en El Sillón del Aguila, en Todas las familias felices, etcétera. Como lectora, estas experiencias me llevan a acercarme cuidadosamente a la nueva criatura, aunque elogiosos comentarios y numerosos ditirambos parecen disolver brumas. Dos constataciones: la novela comienza de manera impactante y se extiende a lo largo de 552 páginas.?La narración está, novedosamente, a cargo de una cabeza cortada, la de Josué. Leemos "Soy la cabeza cortada número mil en lo que va del año en México. Soy uno de los cinco decapitados de la semana, el séptimo del día de hoy y el único durante las últimas tres horas y cuarto". Una cabeza que, sin embargo, no ha perdido la lengua.
El lector debe acostumbrarse a las alegorías y a las continuas remisiones a la mitología y a la Biblia. La compleja trama se centra en la historia de dos jóvenes: Josué, el narrador, y Jericó, autodenominados misteriosamente Cástor y Pólux. Además de la amistad y del gusto por la filosofía, ambos viven el estigma de una oscura filiación. En la cotidianidad de un colegio sostienen inverosímiles diálogos sobre San Agustín y Pelagio; Nietzsche y Santo Tomás. A su vez, poseen dos figuras iniciadoras: el sacerdote Filopáter, adepto a Spinoza, y el cínico y poderoso abogado Sanginés. En ese mundo dos figuras nos remiten a lo sobrenatural. La Antigua Concepción, una madre que habla desde la tumba, protegiendo a su hijo, el magnate Max Monroy, y la señera presencia de un alado profeta Ezequiel. Otros personajes vienen a sumarse a estos ingredientes: Miguel Aparecido, un preso que no quiere la libertad, y Lucha Zapata, una joven marginal y drogadicta. También están el capitalista pragmático Max Monroy (con su secretaria, Assunta) y el presidente Valentín Pedro Carreras. A esta altura, el lector siente la necesidad de una saludable inmersión en los mundos de novelas como Pedro Páramo, de Juan Rulfo, donde los muertos hablan claramente sin teorizar. Da la impresión de que Fuentes continúa escribiendo las historias de La región, pero ese registro balzaciano ha sufrido una ampliación y adquiere tonos delirantes.

Temas prolongados
Fiel al modelo de la Comedia humana, la historia recurre al ciclo La edad del tiempo. Se prolongan dos temas: la tragedia, que en este caso tiene tonos de melodrama, y la familia, intrincado juego con las identidades. La historia se cuenta como tragedia y como mito. El escritor juega continuamente con dobles opuestos y complementarios, especialmente los dos muchachos, uno de los cuales encarna la voluntad y el otro, la fortuna. Entre las preocupaciones del escritor mexicano están el pasado, el presente y el futuro de México. Hay continuas alusiones a Maquiavelo y reflexiones sobre las relaciones entre el capitalismo y la nación.
Casi esperpénticamente aparece el violento mundo del narcoterrorismo, y el de la explotación de niños y mujeres. En todo momento la batalla de ideas predomina sobre la acción de los personajes. El ensayista se impone sobre el novelista, pero esto no resta valor poético a una prosa plena de imágenes.
Una novela gigantesca en el buen y en el mal sentido. Por momentos el lector se pierde en una selva de alegorías, se hunde en el ripio; aunque también cabe rescatar la contundencia de una narración llena de riesgos, riesgos que no se asumen en un mundo de textos fácilmente digeribles.
© LA GACETA

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