El avance de la insignificancia

El kirchnerismo supo desactivar rápidamente el estado de reflexión institucional en el que había entrado la sociedad tras la muerte de Alfonsín. Por Federico Abel - Redacción LA GACETA.

15 Abril 2009

Impresiona la normalidad con que lo absurdo es asumido en la política argentina. Aunque a algunos todavía les puede indignar, en general, lo disparatado no sorprende; por el contrario, peligrosamente es visto como algo cotidiano y hasta propio de un país sin remedio. Por eso, simbólicamente, la muerte de Raúl Alfonsín fue un llamado de atención; de conciencia, más bien.
El espectáculo de la movilización espontánea de miles de personas que lloraban su pérdida, era también el de la nostalgia de aquellos años fundacionales en los que la vida democrática prometía un futuro amable, colmado de esperanzas y, sobre todo, de la posibilidad de volver más digna la convivencia colectiva. Pero el kirchnerismo desmontó rápidamente ese estado de reflexión -cuando no de ensoñación- en el que había entrado buena parte de la sociedad a causa de esa suerte de luto institucional que la aquejaba.
Con el pragmatismo del más eficaz de los peronistas, Néstor Kirchner retrucó que, en su praxis de la democracia, lo que descarnadamente vale es retener el poder. Y no importa si para ello se anticipan arbitrariamente las fechas de las elecciones o si se erigen candidaturas simuladas mediante la argucia de que gobernadores e intendentes -con responsabilidades públicas pendientes- se presenten para diputaciones y concejalías que, de antemano, aclaran que nunca asumirán en caso de ser elegidos porque, ya se sabe, sólo se trata de acumular votos.
En sintonía, José Alperovich se siente un visionario porque, pese a ser gobernador, el 28 de junio se postulará como senador nacional suplente. De ese modo constituirá a su favor, en garantía, una suerte de hipoteca sobre un cargo público -con las correspondientes prerrogativas- por las dudas fracase su intentona de ser recontra-re-electo en 2011. Por eso, no sorprende que el lunes, cuando festejó sus 54 años haya pedido a los 400 dirigentes que fueron a saludarlo que le regalen un gran triunfo electoral. Esta ofrenda personal, por cierto, colisiona con la filosofía republicana, que exige la despersonalización del manejo de los negocios públicos porque el poder se ejerce en el interés de todos y no de quien lo detenta circunstancialmente.

A contramano
Desde que en la evolución de las instituciones fue quedando en claro que las sociedades no iban a poder autogobernarse directamente sino por medio de representantes, el problema fue cómo se aseguraba que el hiato entre el elector y el elegido fuera el menor posible, para que este último no se sintiera completamente libre del mandato asumido en nombre y en interés del pueblo. Esto obligó a aguzar los mecanismos para evitar que la voluntad popular, manifestada a través del voto, fuera desfigurada por prácticas fraudulentas. Y no es para menos: por medio de esa cara expresión cívica se conforman órganos públicos, con poder de disposición y de producción jurídica de decisiones colectivas, que conciernen a todos.
Por eso sorprende que, mientras en el resto del mundo tratan de conjurar las consecuencias de la crisis de representatividad buscando alternativas para acentuar la responsabilidad del elegido frente al elector, en la Argentina, desaprensivamente, se ensayan formas de agrietar las fuentes de legitimidad de esa representación. Y la prueba es que se anuncia que en junio habrá candidaturas impostadas en el marco de un simulacro electoral sin precedentes.
La novedad radica en que a las segundas intenciones -al engaño- no se las oculta sino que se las explicita con una sinceridad descarada. El recordado constitucionalista Germán Bidart Campos solía decir que los argentinos estamos enfermos de emergencia (económica, institucional, etcétera). Tal vez la nueva patología sea la impostura, que puede conducir a una deletérea democracia simulada.

¿Y el mandato de Alem?
Aunque menos ostensible, el fingimiento no es privativo del oficialismo. Por mero cálculo electoral, los radicales, en teoría practicantes de la pureza sentada por Leandro N. Alem, según la cual es preferible que un partido político se rompa pero que no se doble, ya indultaron a Julio Cobos y le permitirán que vuelva a la UCR cuando concluya su mandato como vicepresidente. Esto, pese a que el mendocino, amén de su digno comportamiento en la votación en el Senado sobre las retenciones, abjuró de la causa de Alem (y de Alfonsín) cuando incursionó en la transversalidad kirchnerista.
Esto recuerda la finta del legislador Renzo Cirnigliaro, que promueve ampulosos gestos de desprendimiento, como que todas las caras conocidas de la oposición den un paso al costado y no se presenten en las elecciones para fomentar la renovación de figuras. Eso sí: aclara que si los otros no declinan, él se olvidará del ademán de cambio y se sacrificará otra vez -¡pobre!- siendo candidato.
El filósofo griego Cornelius Castoriadis murió en 1997 alertando sobre el peligroso avance de la insignificancia en la sociedad contemporánea. Solía quejarse así: "la experiencia de la libertad se vuelve insostenible en la medida en que no se logra hacer nada con esa libertad. ¿Por qué queremos libertad? Primero, ciertamente, por ella misma; pero también para poder hacer cosas. Pero, si no se puede, si no se quiere hacer nada, esa libertad se convierte en la pura figura del vacío". El verbo que más usaba Alfonsín era persuadir, porque, claro, en la vida republicana sólo se puede obligar a otro dando razones sobre una convicción. Si estuviera vivo trataría de persuadir a todos para que no se rebaje el principio democrático a algo vacío, absurdo, insignificante. 

 

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