Urge coordinar la lucha contra el dengue

15 Abril 2009

Un antiguo dicho reza: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. La naturaleza siempre nos brinda indicios de que un problema puede llegar si no se toman los recaudos necesarios. Lo mismo sucede con las enfermedades. En algunos casos, el exceso de confianza puede jugarnos una mala pasada. Así, suele ser una característica de nuestra idiosincrasia enfrentar nuestros problemas aplicando parches o creer ingenuamente que ignorando los problemas estos desaparecen. Por ello, el dengue sigue su marcha victoriosa en una buena parte del país, mientras en nuestro medio apenas hemos comenzado a tener reacciones ante el hecho consumado.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) informó oportunamente que el dengue fue erradicado en Latinoamérica en la década de 1950, pero en los últimos 30 años sucedieron fuertes brotes cíclicos que se repiten cada vez con más frecuencia. En la Argentina, el mal reapareció en 1997 y desde entonces todos los años se registran casos, en algunas ocasiones con brotes fuertes, como en 1998 y 2004.
En noviembre pasado, en el marco del Consejo Federal de Salud surgió un informe con recomendaciones sobre las amenazas del dengue, la fiebre amarilla y la leishmaniasis visceral. Se dispusieron partidas para municipios, a fin de limpiar lugares donde pudieran criarse mosquitos en todo el país.
Es cierto que el hecho de que los brotes se dieran en otras provincias y que se considerara relativamente comprensible que hubiera riesgos menores con una enfermedad de viajeros -el traslado de tucumanos a zonas afectadas es frecuente- hizo que el sistema sanitario no estuviera adecuadamente en alerta. Específicamente, y pese a que los funcionarios de Salud afirman que fue positiva la reacción en estas cinco semanas de emergencia con el mal en Tucumán , no se llevó a cabo una profunda campaña para comunicar a la población tanto los riesgos que se corrían como las medidas necesarias para combatir el mosquito. De hecho, esa campaña aún está en ciernes y su aplicación enfrenta numerosos inconvenientes.
 El primer y mayor problema es cultural. La población, en general, no entiende claramente la idea de descacharrar, es decir, desprenderse de utensilios y cachivaches que, en muchos casos, tienen mucha utilidad y hasta llegan a formar parte de sus medios de subsistencia. Así lo testimonia en nuestra edición de ayer una mujer que esforzadamente vive de la venta de cubiertas usadas que recoge durante largos recorridos vespertinos y nocturnos. Por ello, la tarea de concientización de las autoridades será ardua y habrá de insumir mucho tiempo.
El segundo problema está relacionado con lo cultural, pero tiene que ver más con la responsabilidad de los funcionarios. No quedan claras las razones por las cuales no hubo una buena coordinación entre autoridades municipales y comunales -que creen que se debe salir a fumigar como sea- con las de Salud -que afirman que la única salida es descacharrar-, puesto que ambas acciones parecen anularse. Y no sólo eso. Ahora se advierte que no se ha consensuado qué hacer con los cacharros para evitar que vuelvan a engrosar los basurales a cielo abierto.
Así las cosas, correspondería que, bajo claros objetivos sanitarios, se emprenda un trabajo intenso y coordinado, en el que las acciones municipales y de agentes de Salud tengan un objetivo definido. Asimismo, se debería comprometer a los funcionarios de distinto tipo para que, una vez pasada la emergencia, actúen con decisión para entablar la lucha contra el dengue en las próximas temporadas de calor.

 

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