Ahí viene la plaga

En la explosión del dengue parece claro que hubo imprevisión política, más allá de que se hable de cambio climático y de problemas culturales. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

14 Abril 2009

Ya con la epidemia de dengue encima, las autoridades están en el ojo de la tormenta al quedar expuestas a la crítica ciudadana por la plaga que se nos vino encima. Sobre todo, porque desde hace 10 años se sabe que esta enfermedad relacionada con el clima subtropical está al acecho.

Causas e hipótesis
Al respecto, hay dos preguntas que los funcionarios han sabido cómo responder pero no han dejado a la gente satisfecha. La primera: ¿Cómo se llegó a esto? El ministro Pablo Yedlin da varias respuestas: el cambio climático que ha determinado que ahora haya más calor y más lluvias en este subtrópico y la mayor generación de basura y el uso enloquecido de envases plásticos. También mencionó que "quizás no tuvimos la suficiente insistencia. No pudimos convencer a la población de que esta enfermedad no estaba tan lejana. Hasta que no está en la tapa de los diarios no existe. Y hasta que no estalla en Buenos Aires no existe". El ministro ejemplificó que hace 10 años estalló en Tartagal "y nadie dijo nada".
O sea: tres cuestiones para él casi inmanejables: la contaminación que genera la irresponsabilidad humana, con el consiguiente aumento de la temperatura global; el empeoramiento de las condiciones de tratamiento de la basura y los problemas de difusión. Bajo estas condiciones y según esta óptica, era inevitable que llegase la plaga. De hecho, Yedlin afirma que no los sorprendió el crecimiento de los contagios, aunque sí reconoce que la explosión de casos en Aguilares, hace poco más de tres semanas se los llevó puestos con todas sus previsiones.
La segunda pregunta parece más difícil de contestar. ¿Hubiera podido evitarse? Hay quienes dicen que sí. Ahora se sabe que a fines de 2008 la ministra de Salud de la Nación convocó a funcionarios de las provincias para informar sobre la situación epidemiológica y dar recomendaciones frente a las amenazas del dengue, la fiebre amarilla y la leishmaniasis visceral. Se aconsejó incrementar las partidas para tareas de concientización y desinfección con el programa municipios saludables -en él están San Miguel de Tucumán, entre otros, así como también Charata, el pueblo chaqueño donde estalló la enfermedad hace semanas-.

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Reacciones tardías
Pero en la capital tucumana nada se hizo (¿porque el problema no estaba en la tapa de los diarios de Buenos Aires?) y, de hecho, apenas si se comenzó a hacer fumigaciones hace poco más de una semana, cuando ya Aguilares era noticia nacional por ser la ciudad del dengue en Tucumán. Es más, aún hoy los funcionarios de Salud siguen polemizando con los de las distintas municipalidades, porque para estos el dengue se combate fumigando por todas partes (aunque esta tarea no tenga efectos), mientras que para la gente de Salud el foco de la lucha es cultural y consiste en lograr que la gente se desprenda de sus cacharros, que a veces son sentimentales y otras son útiles, como en el caso de la señora del canal Norte que vive de vender cubiertas usadas.
Tampoco se advirtió que debía comenzar la tarea mucho antes, en enero, cuando se podía advertir no sólo la explosión de dengue en Bolivia, sino que se iba a extender por el NOA. Explotó en Catamarca -y luego en Aguilares- sin que ningún responsable de los "municipios saludables" se haya dado cuenta.

Más problemas
Los funcionarios de Salud son, por regla general, más cuadros técnicos que políticos. Dependen, asimismo, de decisiones políticas y tienen que hacer mucho más escándalo que los otros para ser escuchados.
Ahora anuncian problemas más severos: la próxima epidemia de dengue será más peligrosa, porque habrá riesgos de mezclas de tipos del mal. También se espera severos problemas con la leishmaniasis, una enfermedad durísima que el mosquito contagia al hombre después de picar a los perros. Se anticipa que habrá que batallar para hacer eutanasia de perros callejeros y domésticos, campaña en la cual se comprometieron el año pasado los ministros en la reunión con Ocaña.
En tres semanas más, cuando llegue el frío y haya pasado el peligro, habrán quedado los sustos, los remedios caseros aconsejados por internet -de usar jugo de limón y otras sustancias para repeler el mosquito-, el pedido de una ONG de Mendoza de que se estimule la crianza de sapos (que comen 15.000 mosquitos por mes), de murciélagos (comen 600 por hora) y de arañas; las esforzadas campañas en las escuelas, donde las maestras hacen cantar a los chicos "no me moleste mosquito" y los operativos policiales para multar a la gente que se niega a descacharrar.
Pero no habrá pasado el peligro. "Hemos perdido la inocencia en dengue", dijo Yedlin. No es sólo eso. Hubo muertos en el país y, en la provincia, muchos enfermos y mucho miedo. La plaga nos cayó como una tromba. No parece ser tanto un problema de falta de comunicación o de cambio climático como de fuerte falta de previsión política. En esto se perdió bastante más que la inocencia.

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