Angeles y demonios
La paliza que sufrió el arrebatador de la avenida Roca, y los debates posteriores, muestran un nivel superficial de reacción ante el delito.Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.
El hecho de que un joven capturara a un adolescente ladrón de celulares y el castigo que recibió el delincuente generaron una catarata de comentarios de lectores. La mayoría expresó satisfacción por la paliza que se le dio al arrebatador y mostró ese costado que todos tenemos en el que se liberan enojos y se justifican las emociones violentas frente a situaciones que parecen cercanas y extremas.
Al mismo tiempo, la Policía reconoce que este es uno de los delitos más difíciles de combatir y confiesa su impotencia: echa la culpa a la Justicia por la supuesta ligereza de la ley para tratar a los arrebatadores. El mismo jefe de la fuerza de seguridad, comisario general Hugo Sánchez, dio una explicación contundente, pero simplista: "el ciudadano ve que el delincuente es detenido pero sale de prisión al poco tiempo. Mientras eso no cambie, los ánimos de la sociedad seguirán caldeados", dijo.
Sin embargo, atribuir culpas a la supuesta benignidad del sistema de Justicia -lo cual no se debería aceptar en un funcionario que está obligado a respetar y hacer respetar la ley- esconde el hecho de que la mayor o menor furia de la gente por los arrebatos quizá no surja como un volcán porque la Justicia los libera, sino porque el Estado mismo no ha encontrado el camino para hacer bajar el impacto que generan esos delitos.
Responsabilidades
A propósito de la inseguridad, un estudio reciente del Laboratorio de Investigaciones sobre Crimen, Instituciones y Políticas de la Universidad Torcuato Di Tella indicó que casi el 30% de las personas que viven en 40 ciudades de la Argentina declaró en una encuesta de febrero pasado que algún integrante de su grupo familiar sufrió un delito en los últimos 12 meses. Añade que esa cifra es 4,6% superior en comparación con el promedio del año anterior registrado entre marzo y diciembre. Y que la tasa de victimización registrada, en el caso del Gran San Miguel de Tucumán (34,4%) superó el índice nacional en un 5%.
¿Dónde está la responsabilidad primaria por el clima de inseguridad en una sociedad? ¿En la Justicia que libera a menores arrebatadores? ¿En las políticas de seguridad del Estado? ¿Cómo se mide eso?
Si el arrebato es uno de los delitos que más preocupa a la Policía, y si la gran mayoría de estos ataques es llevado a cabo por menores de edad, acaso corresponda preguntar cómo encarar la prevención y observar si no estamos ante una especie de "efecto Pigmalión negativo", por el cual -como señala la camarista María del Pilar Prieto- se empuja a mucha gente hacia la marginalidad y se obtienen respuestas violentas acordes.
En el incidente del arrebatador, el joven Rolando Mesurado -víctima y captor- hizo algo de honor a su apellido. Actuó por reacción -"la única forma de recuperar el celular era golpeando al chico", dijo-, pero pudo contenerse a tiempo e impidió que las otras personas siguieran golpeando al ladrón. Y lo explicó: "creo que hay que hacer la denuncia en la Policía. A golpes no se arreglan las cosas". Con ello, dejó afuera la idea de justicia por mano propia -que criticó hace días el vocal de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, que la calificó como una venganza- y puso las cosas en un justo lugar.
A la furia por la sensación de que un chico robe y salga libre, Mesurado le opuso la observación de que no hay vigilancia en el lugar donde ocurrió el arrebato e hizo mención al conductismo social. "Si a los 11 ya roba, a los 20 va a salir a matar", dijo..

Dilema profundo
La reacción que generó el caso del arrebatador atrapado es similar, en contenido emotivo, a los efectos que tuvo el pedido de Susana Giménez de aplicar pena de muerte por el crimen del florista en Buenos Aires. En esos debates, Luis Alberto Spinetta ayudó a entender el nivel de la reacción emocional: "todos quieren castigar pero nadie se quiere manchar con sangre; es un dilema en lo más profundo y yo vivo ese dilema... queremos una pena que prácticamente sea morir, peor que morir", dijo. Mesurado aportó, un día después del arrebato, su razonamiento: "en un momento de bronca uno piensa esas cosas, pero después va a tener que cargar con una muerte en la conciencia. Y eso es para siempre". Y concluye: "lo único que hace la violencia es engendrar más violencia".
En una sociedad donde la norma no funciona locamente -como dijo la psicoanalista Marta Gerez-, detrás de la emoción tiene que estar el reflejo de la razón, que normalmente lo da la ley. Esto es, que todos deben saber que el Estado no puede actuar con emoción, que la Policía no le debería echar la culpa a la Justicia por el fracaso de la prevención y que debe haber forma de medir la efectividad de las políticas de seguridad. En teoría, en una sociedad como esa, Políticas Sociales se tendría que abocar más a la inclusión social para que no haya miles de chicos echados a la marginación. Y no se deberían dar con tanta frecuencia situaciones tan tensas que pongan a prueba los ángeles y los demonios que todos llevamos dentro.







