Vida, pasión y muerte de un luchador

A fines de la década del 70 el activista de los derechos civiles Harvey Milk hizo historia en California al sobreponerse a los prejuicios de sus conciudadanos y convertirse en el primer político manifiestamente homosexual que accedió a un cargo electivo importante en EE.UU. Buena. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción LA GACETA.

14 Marzo 2009

El director Gus Van Sant revela a los pocos minutos de iniciado el filme el trágico final que tendrá la historia; lo hace porque se trata de un hecho histórico bastante conocido y porque no le interesa buscar la tensión dramática por ese lado. En cambio, se concentra en pintar la personalidad de Harvey Milk, un neoyorquino que llega a los 40 años “sin haber hecho nada importante”, según su propia evaluación; y que decide, a partir de esa toma de conciencia, asumir públicamente su homosexualidad, mudarse a California y comenzar a ayudar a todos aquellos que padecen cualquier forma de discriminación. En ese empeño, el realizador se apoya en la colosal interpretación de Sean Penn, que obtuvo justificadamente el Oscar al mejor actor por esta tarea. Penn construye su caracterización desde una notable identificación con el personaje, y transmite a la perfección las sensaciones y los padecimientos que atraviesan a Milk desde sus propias incertidumbres e inseguridades hasta los breves días de gloria que le concede su escalada política. El actor se apoya en gestos mínimos y estudiadas inflexiones de voz para entregar una tarea inolvidable. Sin embargo, el relato se resiente porque el guión encadena los hechos con cierta ligereza y la estructura dramática del filme no alcanza la solidez que le hubiera permitido llegar sin tropiezos al final operístico (en más de un sentido) que propone el realizador. Con todo, la película tiene méritos suficientes como para justificar largamente el paso por la taquilla. Los recursos visuales, el montaje y la banda sonora aportan elementos positivos y el recurso de intercalar metraje documental respalda la credibilidad de la historia. En este mismo sentido juega la idea de mostrar, sobre los títulos del final, las imágenes de los personajes reales fundidas con las de los actores que los interpretaron.

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