
Infinidad de rasgos, estilos de vida, concepciones del mundo dispares y contradictorias vienen coexistiendo peligrosamente en estos últimos cincuenta años de crisis occidental. Y como nunca, hoy asistimos a la resurrección hostil de las más distintas actitudes. Hostilidad que puede pensarse en muchos aspectos del arte y la filosofía, pero que mayormente se manifiesta en esta gran diversidad de ideales para la formación personal del hombre que actualmente se proponen.
Ciertamente, no faltan quienes proponen con fervor el ideal del retorno a las formas humanistas, a la antigüedad clásica. Frente a ellos, hemos visto, por el contrario, a los profetas trágicos del espíritu "dionisíaco" reclamando para el hombre la tensión del frenesí heroico. Por otra parte, voces renovadas -entre ellas la de Berdiaeff- han propuesto a nuestra época el rostro ascético del hombre "cristiano" en nombre de una "Nueva Edad Media" pujante y caballeresca. Y al mismo tiempo, viejos racionalistas -al tipo de Julien Benda- persisten en la prédica de una inconmovible fidelidad a la Razón soberana y altiva. Sin embargo, por otro lado, cobran auge ideales que proclaman la caducidad de toda normatividad racional. Unos quieren el reintegro del hombre en lo primitivo o irracional. Lessing, por ejemplo, afirmará que el hombre debe limpiar su alma de toda vieja espiritualidad mediante una inmersión en las fuerzas preconscientes y bárbaras de la naturaleza. Otros proclamarán deslumbrados la eficacia pragmática de los ideales "activistas", cuyos principios desperzonalizantes parecen imponerse a todos los hombres.
Variados estilos de la formación humana, múltiples rostros del hombre -el rostro "humanista", del "cristiano", del hombre "dionisíaco", del "racionalista" y del "activista"- coexisten en nuestro presente en pavoroso entremezclamiento para revelar la presencia de un caos profundo. Esto es, para evidenciar hasta qué punto el rostro del hombre actual es un ciego acoplamiento de líneas quebradas, solas: eso sí, con la frenética independencia de lo inarticulado. En el fondo, tal variedad de estilos no es más que una suma hostil de soledades, dado que en lo más íntimo de cada línea, de cada ideal, late la secreta y dogmática aspiración a imponer su fórmula como la exclusiva del hombre.
De ahí que como en todo período de transición, como ya en su época lo hizo Pascal, hace poco, Kierkegaard, y últimamente la antropología filosófica, el pensamiento contemporáneo se preguntará por el ser del hombre, por su rostro verdadero. Pues, frente a esta variedad de líneas, frente a la agrupada heterogeneidad de ideales humanos, ¿cuál será el ideal verdadero del hombre, la figura de la armonía profunda y estable, la síntesis de la pacificación? ¿Cuál será el rostro de cuyos labios pueda nuestro tiempo, o acaso el futuro, recoger el esbozo de la alegría, el fugaz silenciamiento del caos?
Porque lo cierto es que tal diversidad de estilos responde a una profunda desintegración carnal y espiritual en la que el ser humano ha perdido los límites configurativos de su propio yo. Al punto de ser sólo una suma de fragmentos vivenciales suspendidos en una trágica soledad sin fundamento. Extrema soledad de lo humano y, lo que es peor aún, de los fragmentos del yo.
De este trizamiento del hombre se desprende -tal como nos muestran la pintura y la novela contemporánea- la mueca agónica de su rostro quebrado.
De ahí que la única salida del caos, la postrer posibilidad de la esperanza y de una renovada creencia en el futuro parezca sólo esperarse de un fuerte movimiento de integración espiritual. Acaso la más urgente y duradera tarea de nuestra época sea la de reconstruir las quebradas líneas del hombre. Reconstrucción profunda que -como lo entrevió genialmente Max Scheler- no puede expresarse más que de una intrépida voluntad autoformativa que, proyectando su acción sobre las zonas plásticas del ser, armonice sus trazos dispares.
Es decir, acción que integre en una figura nueva. Los rostros arquetípicos que las variadas filosofías de nuestro tiempo proponen como el camino exclusivo de la salvación.
Hombre, integración y masa
¿Qué significa obrar de acuerdo al espíritu de integración? Implica iniciar en el propio ser un movimiento de dialéctica entrañable. Esto es, lograr en uno mismo la armonía de la exaltación "dionisíaca" y el recogimiento del ideal "ascético". Realizar la conjunción complementaria entre las líneas contenidas de la razón y el desborde ciego de los impulsos. Solucionar, en convergencia lúcida, la pugna antinómica de lo natural y lo espiritual. En suma, implica aceptar en el paisaje de un rostro nuevo la presencia inmutilada de todos los ideales humanos. Reconocer que en esa totalidad viva de la persona todas las potencias escondidas deben emerger a la claridad de un encuentro complementador, de tal modo que en este esfuerzo armonizador de líneas y contenidos el hombre desdibuje ya su mueca grotesca y desencajada, pudiendo en cambio, sentirse pleno, integrado en la más alta conquista de sí mismo. Esto es: sentirse en la posesión de un perfil, una conducta, un definitivo fundamento.
Sin duda, vivir de acuerdo a este propósito significa empeñarse en una actitud interior opuesta al espíritu dominante de nuestra época, que es espíritu de "uniformidad" y de frenético vuelco en la masa. Contrariamente, el espíritu de integración se caracteriza por su voluntad de reconocimiento, por su intención artesana frente a la propia intimidad. En el fondo, él sabe que la suprema tarea del instante es lograr el encuentro de todos los estilos contrarios en una totalidad, que el hombre se constituya en un pequeño universo, tal como lo entendió el Renacimiento, más tarde Leibniz, Novalis ("Ser hombre es tanto como ser universo") y Goethe, y últimamente, Max Scheler.
Por otra parte, se trataría de lograr esta reconstrucción interior del hombre, la obra de su rostro verdadero, acaso con el propósito secreto de que por comunicación directa, por extensión centrífuga, diríamos, vayan integrándose varias zonas sociales y humanas hasta procurar que el mundo mismo se anime como una totalidad armónica.
Esto bien puede parecer una utopía en las desgraciadas circunstancias que vivimos. Pero lo cierto es que la salida del caos no es otra que la integración espiritual del hombre. El hombre integrado, total, síntesis de rostros fragmentados, en cuya vida interior se abracen los vientos del mundo. Y cuyo centro espiritual creador es, por otra parte, el único punto de apoyo, el único vivo desde el cual será posible resistir las fuerzas satánicas que, por conductos diversos, intentan "masificar" al hombre. Esto es, vaciarlo de todo contenido superior.
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