
Reglamento de Postas de 1828
Sitio de descanso de viajeros y de relevo de animales. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.
"ANTIGUA POSTA". Un óleo de Carlos Ripamonte reconstruyó uno de los paraderos diseminados a la vera de todos los caminos del país.

En la época colonial y hasta más allá de la mitad del siglo XIX se denominaban “postas” las casas ubicadas en determinados puntos del camino, con un corral anexo, donde se detenían los carruajes en viaje. Allí se relevaban los caballos y se proporcionaba descanso y comida a los viajeros. Su encargado se denominaba “maestro de posta”, y lo nombraba el Gobierno.
Paul Groussac, que conoció estos paraderos, las describe como ranchos precarios con una galería de pilares de quebracho mirando al camino y techo “de torta y cañería”, sin más comodidades que “tres cuartos de adobe, fuera de una ramada abierta y la primitiva cocina con sus ollas de fierro por banda”.
Los catres de tiento disponibles, tenían aspecto de “haber aliviado la fatiga de tres generaciones”. Las paredes de los cuartos se veían llenas de firmas y otras inscripciones, obra de los viajeros, dictada por ese “sentimiento profundamente humano, casi irresistible: la protesta de lo efímero frente a la naturaleza inmortal, la tentativa desesperada de sobrevivirse y durar”.
En junio de 1828, el Gobierno de Tucumán dictó un nuevo reglamento para las postas de la provincia. Dispuso que los encargados debían “construir o mandar arreglar un cuarto decente, aseado, con puerta de llave, catre y mesas de la calidad que permitan las circunstancias del lugar, para la comodidad y seguridad de los viajeros”.
Era obligación de los maestros tener “postillones”, nombre que se daba a los mozos que corrían de posta a posta, arreando los caballos cansados hasta su lugar de origen.
Se permitía a los maestros “el establecimiento de mesón o pulpería y otras granjerías en su misma casa”, libre de impuestos, “a fin de que los pasajeros tengan más pronto los auxilios de boca”.
Los maestros de posta debían cuidar “con toda la consideración debida al huésped o pasajero, auxiliándolo en cuanto necesite o esté a su alcance por su dinero”, bajo pena de ser removidos de la función.
Los maestros eran preferidos “en la compra de caballos y víveres”. El reglamento les daba asimismo preferencia “en arriendos de casas para la posta, que estuvieran alquiladas o se desalquilaren”.







