La receta de la noble caritativa aún vende

"Su alteza real", Danielle Steel(Plaza & Janés - Buenos Aires). Por María Eugenia Bestani.

16 Noviembre 2008

El nombre de Danielle Steel (foto), seguramente, le es familiar a quien, con regularidad, visita librerías o lee las nóminas de los best sellers. Siempre está allí, ocupando los primeros puestos o los anaqueles más vistosos. Esto se debe, de manera indudable, a estrategias de venta y a una poderosa plataforma publicitaria. Para tener una idea de la dimensión de su éxito basta remitirnos a estas cifras: Steel lleva publicadas más de 70 novelas, de las que ha vendido más de 570 millones de ejemplares, y sus libros y versiones traducidas se consumen con avidez en 45 países.
Un fenómeno editorial de tal magnitud no se sostiene sólo con publicidad, por más estudiada que esta sea. La novelista conoce su público y sabe halagarlo con historias atrayentes y almibaradas. Mal que nos pese, la receta funciona (viene funcionando por más de tres décadas): destreza para hilvanar un relato sin mayores exigencias de un lector que busca esparcimiento; una línea narrativa relativamente bien sostenida; conflictos morales con desenlaces satisfactorios y la recurrencia a estereotipos, en muchos casos, con destinos fatalmente previsibles.
Su alteza real es Christianna de Liechtenstein, una princesa llena de virtudes (en la mejor tradición de Sissí emperatriz; Sabrina, “la princesa que quería vivir”; o más cerca de nuestro tiempo, Lady Di, “la reina de los corazones”) abrumada por los deberes heredados que busca su destino fuera de los confines del palacio, en Vaduz, la capital del principado. A pesar de la fuerte oposición paterna, vuela a Rusia para ofrecer su ayuda humanitaria durante la toma de rehenes de una escuela por parte de terroristas separatistas. Más tarde, se une a una misión de la Cruz Roja que presta servicios en una zona de Africa oriental devastada por el flagelo del sida y por las guerras fronterizas. Como es de esperar, es allí donde conoce el amor: Parker, un miembro de Médicos sin Fronteras, por supuesto, “plebeyo”. La viabilidad de la relación es el eje del conflicto ético entre libertad y responsabilidad.
La novela está condimentada con minuciosas descripciones de paisajes y de aspectos culturales que crean un telón de fondo verosímil. Otro aderezo son las referencias a hechos del pasado reciente o a conflictos contemporáneos incorporados a la trama. Con todo, el hilo conductor del relato es demasiado predecible y los diálogos, inconsecuentes como para mantener vivo el interés del lector. Además, hay algo realmente desagradable en el texto: la utilización de los enfermos y menesterosos del tercer mundo para acrecentar la contraparte: la imagen paternalista de una noble bella y caritativa que, por tanto, merece la dicha de un final feliz absolutamente convencional.
© LA GACETA

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