TODO UN OPTIMISTA. Bauman anuncia el colapso del pensamiento y la toxicidad de la cultura del miedo. Pese a eso, cree que un mundo mejor es posible.

Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925) es un señor cuya obra tiende a promover incomodidades múltiples. Para ir llevando, las derechas más enfáticas lo repelen por izquierdista -pese a que en 1968 un gobierno comunista lo expulsó de su país natal- y las izquierdas más enfáticas lo repelen por moderado, edulcorado o abiertamente reaccionario. También sucede que se lo califica de “posmoderno”, cuando a él, a Bauman, el versus modernidad/posmodernidad le sabe a opción falsa, y procura zanjarla con las nociones de modernidad “sólida” y “líquida”. En buen romance, postula Bauman que han caducado los tiempos de una modernidad regida por constantes, y por añadidura, de una cierta previsibilidad, hasta llegar a nuestros días, signados por lo provisorio de lo provisorio de lo provisorio. En tal vertiginosa redundancia se cifra la ausencia de un suelo firme donde la existencia humana se plasme a salvo de zozobras que jamás dan tregua.
Tiempos líquidos (Vivir en una época de incertidumbre) supone una obra central en la vasta bibliografía de este sociólogo nacido en una ciudad alemana convertida en polaca al cabo de la Primera Guerra Mundial, que en calidad de refugiado vivió en la Unión Soviética y que es hoy profesor emérito de la Universidad de Leeds, Inglaterra.
El texto consta de cinco capítulos (La vida líquida moderna y sus miedos; La humanidad en movimiento; El Estado, la democracia y la gestión de los miedos; Separados pero juntos, y La utopía en la época de la incertidumbre), y en todos ellos, amén de su acreditada autoridad de agudo fenomenólogo, expresa Bauman la presunta incongruencia entre un diagnóstico descarnado y un pronóstico esperanzador. Sus hipótesis versan sobre el permanente desvanecimiento de las formas sociales; la separación y el inminente divorcio entre política y poder; la sistemática fragilización del concepto de “comunidad”; el colapso del pensamiento; la tóxica cultura del miedo estructural; la lógica perversa que medra sobre las ansias de progreso (El progreso se ha convertido en algo así como un persistente juego de sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable.), etcétera, pero pese a ello sugiere la posibilidad de que, por titánica que fuere la tarea, un mundo mejor es posible. Desde luego, se abstiene del tic catequista de ofrecer recetas mágicas. En todo caso, propone echar luz sobre las contradicciones, sobre las raíces de los miedos, sobre las condiciones que propician el dolor individual y su producción colectiva, pero todo eso al modo de un primer paso impostergable.
Los cazadores
Cree Bauman, y lo ha hecho público cada vez que cuadró, que para servir a la humanidad la sociología necesita empezar por aclarar cuál es su lugar más genuino. En esa cruzada ha perseverado y persevera; y vaya como inequívoca constancia un libro como Tiempos líquidos, capaz de fomentar una entusiasta travesía aun sobre los encrespados mares de lo que da en llamar la globalización negativa. Se recomienda especialmente el capítulo 5 (La utopía en la época de la incertidumbre), donde, partiendo de la célebre noción acuñada por Tomás Moro, desarrolla la idea de que la actitud del jardinero (guardián de la preservación) ha cedido paso a la actitud del cazador (coleccionista de piezas), y que de un modo u otro todos somos víctimas y victimarios de semejante mutación. Dice Bauman: hoy en día todos somos cazadores, o se nos dice que lo somos, y se nos incita a que actuemos como los cazadores, bajo amenaza de quedar excluidos de la cacería, si es que no (¡Dios nos libre!) de vernos relegados al rango de animal.
Mas Bauman es también de los que creen que el tiempo apremia, so pena de una catástrofe final, y que ni el peor de los desastres sería más grave que la pérdida de esperanzas. Que la esperanza hace a la integridad del hombre y que va llegando la hora de un nuevo pacto, diferente de todos los hasta aquí consumados, y por eso más complejo de gestar, pero indispensable.
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