
La historia del hombre lleva escrita la historia del amor en sus huesos, y los novelistas de cada época tienen el mérito de reflejar ese paraíso eterno, efímero, perdido, encontrado, y de la mano de él, el vacío de la existencia. Haruki Murakami lo hace de manera brillante en la novela Al sur de la frontera, al oeste del sol. El lector que la aborde no podrá dejar de leerla y menos aún de olvidarla. Como lo señala el título, el amor no está en un lugar preciso. Tres amores surcan la vida del protagonista, Hajime. Cada uno de ellos obedece a las distintas etapas en la vida del hombre. Sólo el primero, a los 12 años de edad -y el posterior reencuentro en la mitad de la vida- asume la condición de paraíso y por esa razón se pierde. Ella, Shimamoto, siempre desaparece porque el paraíso es eso, una página encerrada en un libro de la biblioteca universal. Encontrar esa página es vivir la incertidumbre, dudar de la veracidad del momento, tanto como Hajime vacila en vivir. El único rastro que Shimamoto deja se agita en el alma del protagonista. Es la sensación del amor, de aquello que no está en un lugar sino en permanente fuga.
El segundo de los amores, Izumi, arrastra la culpa del engaño, y vive en Hajime como lo irreparable. El, que tiene una familia que adora, empleados a los que trata bien y les paga por su valor, que no se siente seducido por el poder ni por el dinero, él también tiene la capacidad de causar el mal. La muchacha alegre que era Izumi devino en una mujer desagradable que con su sola presencia asusta a los niños. Hajime se siente responsable de su traición.
Su tercer amor es Yukiko, su mujer en el presente de la novela, con quien tiene dos hijas. Cada una de las tres mujeres arrastra un dolor profundo: Shimamoto, la pérdida de un hijo; Izumi, la fragilidad de haber sido engañada, y Yukiko, un intento de suicidio a los 20 años.
El hombre del nuevo milenio ocupa de manera completa su tiempo. Desde el alba hasta el final de la noche, la verdadera tarea de Hajime es no pensar, fugarse del sufrimiento. Vivir, dice Bataille, es un distraerse de la muerte. Su vida, entonces, funciona como una hedónica maquinaria de piezas sincronizadas. Pero un suceso da por tierra su modo de vivir.
El primer amor tiene la fuerza explosiva de hacer estallar en mil pedazos su manera burguesa de relacionarse con el mundo. El amor es un cataclismo en el alma de estos dos amantes. Y los lectores aguardan durante toda la novela el encuentro sexual. Cuando se produce, sin una palabra soez, simple y delicado como el trazo de un ideograma japonés, el erotismo logra tener la intensidad de las compuertas de un dique. La energía de cien películas condicionadas sin una sola imagen porno. Otro hallazgo de la novela. Pero lo más importante es la reflexión acerca del amor, de la existencia, del paso del tiempo y las nuevas miradas con las que el hombre vive, cuando deja que el sufrimiento y el placer, unidos en un vínculo solidario, penetren la vida hasta el paroxismo.
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