
La oscuridad, como metáfora, puede ser simple y poderosa a la vez. El no ver, el no saber, el no comprender son estados que encuentran su rostro más fuerte en la noción de lo oscuro. Pariente de la noche y vecina de la muerte, la oscuridad acecha a los vivientes en modos que van, en ciertos recodos de la existencia, desde el sencillo sobresalto al terror paralizante. Tal es la imagen dominante en Un hombre en la oscuridad, la reciente novela de Paul Auster. Pero el talentoso escritor estadounidense sabe girar la tuerca justo a tiempo para dar lugar a que una luz se cuele en los asuntos humanos, más tímida que triunfante, pero presente.
El “hombre” del título, August Brill, escritor setentón, viudo, se recupera de un accidente en casa de su hija divorciada, madre de la joven Katya, cuyo novio ha muerto hace poco. Los pertinaces insomnios del protagonista se pueblan de narraciones, una de las cuales se va armando ante el lector con toda la fuerza de un mundo paralelo al de Brill: los puntos de contacto entre ambos mundos serán los detonantes del suspenso. El gesto de narrar como comunicación y como antídoto contra el dolor se vuelve así una clave de la novela. Se narra la historia urdida por el personaje, pero también se cuentan momentos de su vida y de la vida de familiares y de otras personas. Se narran películas, pasatiempo del abuelo y la nieta, con un feliz agregado que, sin ser verbalizado, marca la diferencia entre literatura y cine, casi ingenua por obvia, pero no por ello menos cierta: lo que el escritor dice con palabras, el cineasta debe saber decirlo prescindiendo de ellas. Como los autorretratos de Rembrandt -a quien se cita- que pintan su vida. Como la música y sus sonidos, que han sido el mundo de la abuela. Como el manuscrito de la hija, madre de Katya: un estudio sobre Rosa Hawthorne, hija de Nathaniel, el de La letra escarlata, autora de olvidable poesía pero autora también de una línea que cobra vida en el contexto: “El peregrino mundo sigue girando”. Como diría después Alfredo Le Pera: “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”.
“La vida es decepcionante”
No hay escollos en las fluctuaciones entre la historia de August Brill y la de Owen Brick, el personaje cuyo periplo se va devanando en la noche insomne, configurando una ucronía que nos remite al Borges de “El milagro secreto” o de “Las ruinas circulares”. Brick tiene también sus propios sueños mientras es soñado por Brill, soñador que está a su vez siendo soñado por Paul Auster. Lo lúdico no invalida lo metafísico: más bien lo intensifica al mencionar a Giordano Bruno (1548-1600), el monje que pagó en la hoguera su pasión por la verdad, y cuya tesis de un Dios infinito hacedor de mundos infinitos se equilibra con su propuesta de un mundo humano en armonía con la naturaleza.
La Historia afecta a los personajes no sólo en el presente de la narración, sino desde la invisible urdimbre del pasado. La misma existencia individual es posible gracias a -o por culpa de- infinitas conexiones de causa y efecto, casi todas ignotas. La libertad individual es quizás una ilusión, pero vale la pena apostar por ella. Como dice el protagonista, “La vida es decepcionante”, y agrega, dirigiéndose mentalmente a su hija: “Pero yo también quiero que seas feliz”.
Creo ver en esta novela que Benito Gómez Ibáñez tradujo con algunos hispanismos inevitables y unos pocos evitables desaciertos, una lúcida aceptación de la realidad del mal atravesada por un acercamiento a la esperanza. ¿Se trata de una tendencia recurrente en la literatura actual? Sería deseable que fuera, más que una moda, un síntoma.
© LA GACETA








