
Ian Fleming concibió al agente secreto 007 hace más de medio siglo. Sus novelas lo hicieron popular, pero el cine lo convirtió en un mito que parece no tener fin.
Los personajes que acceden a la categoría de ídolos populares acuñan muletillas que generan entre los fanáticos un sentimiento de pertenencia a un determinado grupo y, a la vez, una auténtica y legítima emoción. Una de esas frases es la legendaria "mi nombre es Bond? James Bond" . Y así como a los niños les gusta más que les cuenten el mismo cuento que escuchar uno nuevo, a los espectadores les fascina reconocer los rasgos distintivos y los parlamentos característicos de sus personajes favoritos. Por eso, ese momento era uno de los más celebrados en cada una de las películas de 007.
En 1962 se estrenó El satánico Dr. No; Sean Connery (joven, atlético, con una mata de pelo negro sobre la frente y con la apostura y el encanto que los años no han conseguido quitarle) comenzaba a darle existencia física a un personaje que ya había alcanzado la fama desde las páginas escritas por Ian Fleming, al punto que el entonces presidente norteamericano, John F. Kennedy, había declarado que esas novelas eran sus preferidas. El Bond que empezó a mostrar el cine era un indestructible "play boy" que se las componía para cumplir con sus arriesgadas misiones sin privarse de los placeres de la vida mundana. Así, el público comenzó a familiarizarse con el champagne Dom Perignon (cosecha 53 en los filmes, 46 en las novelas), el martini seco (agitado, no batido), las pistolas (Walther PPK 7.65 mm o Beretta 25 automática), el caviar (Royal Beluga, del Caspio) y los autos deportivos (Aston Martin, Lotus, BMW) con armamento sofisticado a bordo. Y también comenzó a esperar la presencia de las "chicas Bond"; aliadas o enemigas, rubias o morenas, caucásicas, orientales o afroamericanas, las bellezas femeninas fueron a lo largo de cuatro décadas un elemento indispensable en las películas del agente secreto.
Casi medio siglo después de la aparición de Bond en escena, todo ha cambiado: los patrones estéticos, la manera de hacer cine, los gustos y las costumbres del público, y, fundamentalmente, el escenario internacional del mundo. Nacido en plena guerra fría, cuando el archienemigo de Occidente era la Rusia comunista, Bond empezó su carrera en las pantallas enfrentando villanos de rostro pálido y con corazones más helados que las estepas de su país; hoy, los pillos son miembros de corporaciones que pretenden quedarse con los recursos naturales estratégicos del planeta. Es cierto que las cosas se siguen resolviendo como siempre, en emocionantes escenas de acción, entre explosiones y peleas cuerpo a cuerpo. Pero es mucho lo que ha cambiado para poner al Bond del nuevo milenio a tono con la realidad con la que convive el público que hoy concurre a las salas de cine.
Bond versión siglo XXI
El gran cambio comenzó a vislumbrarse hace dos años, en Casino Royale. La historia recomenzó de cero, con un Bond rubio, menos glamoroso y más rudo que sus predecesores. Quedaron en el recuerdo las proezas inverosímiles que fueron una constante en las cuatro décadas anteriores; también se fue perdiendo la costumbre de Bond de rematar cualquier situación con un comentario irónico o humorístico. En la última entrega de la saga, recién estrenada en todo el mundo, hasta las aventuras eróticas del agente (condimento que parecía irreemplazable) aparecen reducidas a la mínima expresión. En cambio, aparece un Bond serio, atormentado por la idea de la venganza (busca a los responsables de la muerte de Vesper Lynd, la espía que le robó el corazón en Casino Royale), que no hace alarde de la ironía y mucho menos del buen humor, y que trata de cumplir con su misión aunque eso signifique dejar expuestos a algunos de sus propios superiores. Un Bond más cercano al de las páginas de Fleming que a sus anteriores versiones en la pantalla.
James Bond se ganó un lugar privilegiado en las preferencias de los espectadores desde su primera aparición, hace casi medio siglo. En algún momento, dio la sensación de haber agotado las posibilidades de sorprender al público. Desde hace un par de años, se ha propuesto redescubrir sus propias posibilidades y conquistar nuevamente las audiencias, aunque, para hacerlo, tenga que apostar a cambios fuertes. En la última película, el público espera vanamente: Daniel Craig, en la piel del agente, nunca dice "mi nombre es Bond? James Bond".
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