EN ESCENA. Alcón (izquierda) encarnó a Willy Loman, la semana pasada, en el teatro Alberdi.

Un domingo como hoy, pero de hace algo más de cuatro décadas, estaba reunido en mi casa de Yerba Buena con un grupo de actores y con un colaborador fundacional de estas columnas, el tan inteligente como desconcertante profesor Ricardo Casterán, que desconocía e interrogaba incesantemente a uno de ellos sobre su oficio. Este le mencionaba los nombres de obras que había representado y de películas de cine en las que había sido protagonista, en un estéril intento por orientar a su interlocutor. El actor al que acosaba Casterán con sus preguntas era Alfredo Alcón, quien ya se había constituido en uno de los grandes intérpretes de nuestro país. En aquella noche que se hizo madrugada, hablamos de Muerte de un viajante, una obra que había marcado a toda nuestra generación, y traté de imaginarme cómo encarnaría Alcón a Willy Loman, el personaje principal. Hace algunos meses, en un teatro de Buenos Aires, pude comprobarlo, al igual que los tucumanos que lo vieron actuar en el teatro Alberdi, la semana pasada. Hasta ese momento, Loman tenía para mí la cara de Dustin Hoffman. A partir de entonces, y seguramente para siempre, tendrá la de Alcón.
Desde su estreno, en 1949, Muerte de un viajante probablemente nunca tuvo tanta vigencia como en estos días de 2008. Willy Loman tiene 63 años, acaba de ser despedido, no puede pagar su hipoteca y tiene dos hijos fracasados. Esta es su realidad pero también es lo que no puede aceptar. Cuando su mundo presenta todas las señales de un derrumbe, él potencia sus fantasías. Habla de inexistentes contactos que tiene por todo Estados Unidos y evade toda conversación sobre sus deudas. Impulsa a su hijo mayor, que en el pasado fue capitán del equipo de fútbol americano de la secundaria pero que no alcanzó a graduarse, a que imagine grandes e inviables negocios. Willy ha entregado su vida por el “sueño americano” y ha inculcado sus preceptos a su familia. Lo único importante es ser un número uno, convertirse en un “don nadie” es un destino inaceptable, el dinero y el consumo son las medidas exclusivas del éxito.
El protagonista se reúne con sus dos hijos en un restaurante para celebrar un emprendimiento inexistente del mayor de ellos. Este, incapaz ya de sostener la farsa en la que han vivido por décadas, le dice a su padre: “No soy un gran hombre, Willy Loman, y tampoco lo eres tú. ¡Nunca has sido más que un viajante que ha trabajado sin reposo y que ha acabado en el cajón de la basura!... ¡Papá, no soy nada! ¡absolutamente nada! ¿No puedes comprenderlo?”. El menor intenta mediar pero no hace más que atraer el ataque contra sí mismo. “¡Grandísimo embustero!... ¡Prácticamente estás hinchado como una pompa de jabón! ¡Todos lo estamos!”, reacciona su hermano.
Willy Loman no puede admitir que habitaba una burbuja y que esta se ha pinchado; la ficción no puede sostenerse más y tampoco su vida. En su entierro, Charly, su único amigo, dice: “Willy era un viajante. Y para un viajante no hay tierra firme en la vida… Es un hombre en el aire, cabalgando en una sonrisa y en el brillo de unos zapatos. Y cuando no le devuelven la sonrisa, se produce el terremoto. Y cuando aparecen un par de manchas en el sombrero, está acabado. Nadie puede acusar a este hombre. Un viajante tiene que soñar.”
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