
Ud. es hombre del neolítico y tiene 10 cabritos. Aunque no lo sepa, está en pleno inicio de la revolución agraria. Los llevará hacia la playa de un río (como vi hacer en Iruya, 40 años atrás, y en Yerba Buena, hace 7 años) y los expondrá al trueque. Los oferentes de canje han hecho igual con atados de leña, mantas, y frutos de la tierra y de los ríos. Ud. escoge a la tejedora de las mantas, inicia una propuesta: los 10 cabritos por dos mantas. Ella contrapropone: una manta por 8 cabritos. Ud. se hace el ofendido y sigue caminando por las arenas en busca de algo mejor. La tejedora, confiada, espera verlo regresar. Y ella tiene razón: Ud. vuelve y acepta el trueque. Cada quien se lleva su pertenencia, conforme. Cree que ha hecho un buen cambio: ahí están los 8 cabritos con su mirada tierna y su piel tibia en manos de la nueva dueña ahí está la manta que lo abrigará a Ud. en el invierno que se avecina. Cada quien cree que lo entregado vale menos que lo obtenido. La realidad parece señorear este intercambio. La fantasía sólo ha encendido la chispa de lo posible en Ud. y en la tejedora: ambos planean un hacer futuro con lo ganado desde el trueque.
Ahora Ud. camina por una feria medieval. Y lleva monedas de plata en su faltriquera. No hay playa de río sino sólido empedrado entornado de casas; los objetos son muy variados en esta feria. Y no se canjean: se compran con distintas monedas. Cada moneda es portadora de un valor. Las 10 coronas, que esta vez le piden a cambio de una manta que le gustó, no tienen la consistencia de sus 10 cabritos 8 mil años atrás: ni su mansa mirada ni su tibia piel. Esas 10 coronas, sin embargo, están auroleadas de un valor imaginario acordado por la comunidad que Ud. habita esta vez. Regatea con la nueva tejedora y tranza en 8 coronas por la manta. Se retira pensando, como antes, que ha ganado con el cambio. Y acaso lo roce este pensamiento: ¿cómo pude obtener una realidad -esta manta- con algo cargado de ficción como esas 8 coronas? Tal vez no lo sepa, pero está viviendo un anticipo de la revolución industrial de los tiempos modernos. Y en ella aparecen manufacturas que se adquieren con monedas de valor simbólico. La tierra ha dejado de ser tan importante como lo fue para el feudalismo, y quien desea acumular valores escoge monedas en lugar de tierras. Sin embargo, esas monedas conservan todavía la pretensión de “valer” en sí mismas: son de oro, plata o cobre, metales “valiosos en sí mismos”.
Ahora es Ud. un ciudadano americano de estos días. Tiene un sueldo modesto. Alguien de una agencia se acerca a ofrecerle un crédito para que compre su casa y abandone la que alquila. Ud. le responde que no dispone de dinero. El dinero es hoy un papel que circula en los intercambios humanos. Se llama dólar y no pretende tener “valor en sí mismo” como aquellas monedas o los antiguos cabritos que poseyó. El valor de ese papel está respaldado por la producción de bienes y servicios que se tranzan en la comunidad y por un Estado que le asegura la conservación de su poder de compra. El hombre de la agencia le explica que no importa, que basta su firma en un contrato donde se obliga a pagar durante 20 años los 100 mil dólares del valor de la casa, más un interés por el préstamo. Su nueva casa es real, semejante a sus dos mantas anteriores. Lo que Ud. entrega a cambio no; es una ficción. Es un papel. Y no tiene, como el dólar billete de su sueldo, por ejemplo, el respaldo del PBI de una sociedad y de un Estado, sino el de su voluntad de cumplir con la promesa de pago. El mercado está inundado de billetes (por la colocación de fondos asiáticos especialmente, en la expectativa de la alta productividad americana) y seguramente lo visite más de un oferente de crédito para su casa. Cuando recibe su préstamo por 100 mil dólares para adquirirla, le entregarán sólo 90, pues la institución que lo financia retira su comisión anticipada del 10%. Ud. firma el compromiso de pagar 150 mil dólares en 20 años. La agencia financiera que recibe sus papeles firmados, satisfecha ya con su ganancia de 10 mil dólares, ofrece ahora sus papeles firmados a eventuales compradores que esperan obtener en el futuro la cantidad que Ud. se comprometió a devolver.
La virtualidad imaginaria ahora señorea sobre la realidad: las casas reales han subido su precio, tal es el aumento de la demanda para adquirirlas por el exceso de créditos; hubo trabajos y ganancias. Pero Ud. y muchos otros se ven excedidos por el compromiso que asumieron y dejan de pagar sus cuotas. Entre tanto, los financistas han introducido en el mercado de valores los papeles que Ud. y muchísimos otros han firmado. Quienes adquirieron esos papeles procuran recuperar lo que pagaron por ellos, pero no pueden: era plata futura, imaginaria, sólo papel. Entre las financieras y quienes no pagaron, como Ud., han defraudado los futuros imaginados por otros, que rápidamente pasan a ser la mayoría de las sociedades.
Los defensores de una globalización anterior comienzan a hablar del fin de la globalización actual. Y, en efecto, el daño de una parte sobre el todo social obliga a recordar la defraudación habida en esa anterior globalización, la ocurrida entre 1917 y 1989 por el comunismo internacional. No sólo defraudó los futuros imaginados para las personas (libertad, justicia social; medicina, vivienda y educación gratuitas otorgadas graciosamente por el Estado, productor de abundancias). Además, ese fraude se hizo a sangre y fuego, costó 120 millones de seres humanos perseguidos, torturados y finalmente eliminados.
Quizás a Ud., que ahora tiene la memoria de la humanidad, le conviene recordar el costo de ambas globalizaciones.
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Jorge Estrella - Escritor, filósofo, ex profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Chile.







