12 Octubre 2008 Seguir en 

El primer libro de un autor es, casi invariablemente, autobiográfico respecto de las vivencias y del subconsciente. Mónica Maud no queda fuera de esta generalización. Los 30 cuentos que componen su libro nos lo anticipan ya desde la absoluta subjetividad de su título.
La autora alude al sacrilegio como forma de "transgresión" (nombre de uno de sus cuentos) desde el primer relato As de corazones: "La noche había acabado pródiga de pecados", dice en él. En el cuento siguiente, Aquella franja gris, menciona "oscuros senderos de libres sacrilegios". Y ese viaje por el pecado, por la pérdida de la inocencia, por la culpa y por la expiación avanza en un libro sustancioso y de una sensibilidad valorativa y redentora notable. La alternancia de la voz narrativa -a veces intempestiva en su caso-, el lenguaje laberíntico, el simbolismo y la alusión parabólica de algunos relatos son elementos válidos y permitidos en la narrativa como recursos. Como contrapartida, la alinealidad resulta en desmedro de la velocidad de comprensión del lector medio. Afortunadamente, la versatilidad de Maud salva ese escollo con la inserción de diferentes estilos y situaciones. Y logra interpretaciones o adaptaciones de una belleza formal destacable, como en Eclipse de luz, la leyenda de la Telesita (Marcia), o Beatrice en Carnaval (o Penélope, Ulises y otros) pasando por la transparencia de cuentos como Inmolación, Trasgresión y Paradojal, en los que, superada la fase catártica, evidencia la excelencia del oficio sin desnudarse.
Sin embargo, según se avanza en la lectura, se extraña esa sed de poesía que ella sacia en el lector en cuentos tales como Orfandad, o el elemento oriental miliunochesco, los tiempos exagerados de algunos relatos, las recurrencias, la histeria femenina, el elemento onírico, los espejismos, la sensibilidad, la fértil imaginación, la pasión. Pero sólo ella tiene la llave de su cofre. Entonces volvemos a recorrer sus páginas buscándola, extrañándola, absolviéndola de sus sacrilegios.© LA GACETA
La autora alude al sacrilegio como forma de "transgresión" (nombre de uno de sus cuentos) desde el primer relato As de corazones: "La noche había acabado pródiga de pecados", dice en él. En el cuento siguiente, Aquella franja gris, menciona "oscuros senderos de libres sacrilegios". Y ese viaje por el pecado, por la pérdida de la inocencia, por la culpa y por la expiación avanza en un libro sustancioso y de una sensibilidad valorativa y redentora notable. La alternancia de la voz narrativa -a veces intempestiva en su caso-, el lenguaje laberíntico, el simbolismo y la alusión parabólica de algunos relatos son elementos válidos y permitidos en la narrativa como recursos. Como contrapartida, la alinealidad resulta en desmedro de la velocidad de comprensión del lector medio. Afortunadamente, la versatilidad de Maud salva ese escollo con la inserción de diferentes estilos y situaciones. Y logra interpretaciones o adaptaciones de una belleza formal destacable, como en Eclipse de luz, la leyenda de la Telesita (Marcia), o Beatrice en Carnaval (o Penélope, Ulises y otros) pasando por la transparencia de cuentos como Inmolación, Trasgresión y Paradojal, en los que, superada la fase catártica, evidencia la excelencia del oficio sin desnudarse.
Sin embargo, según se avanza en la lectura, se extraña esa sed de poesía que ella sacia en el lector en cuentos tales como Orfandad, o el elemento oriental miliunochesco, los tiempos exagerados de algunos relatos, las recurrencias, la histeria femenina, el elemento onírico, los espejismos, la sensibilidad, la fértil imaginación, la pasión. Pero sólo ella tiene la llave de su cofre. Entonces volvemos a recorrer sus páginas buscándola, extrañándola, absolviéndola de sus sacrilegios.© LA GACETA







