
Hace poco más de un año abordé en estas páginas la posibilidad de una "caída" de los Estados Unidos como poder hegemónico global (¿Está llegando el ocaso de los EE.UU.?, LA GACETA Literaria, 30 de setiembre de 2007). Hoy la pregunta ya no es si estamos o no en problemas. El interrogante del momento es el que apunta, por un lado, a desentrañar la gravedad de las complicaciones que indudablemente debemos enfrentar y, por otro, a averiguar si existe una solución. La crisis de la economía en general y la del sistema financiero en particular son sistémicas y sobrepasan el marco geográfico de los Estados Unidos. Sin embargo, el país donde vivo juega un rol central y determinante en la futura configuración del capitalismo.
Los últimos días han sido atrapados por una aceleración histórica sorprendente. Muchos presupuestos se han quebrado, y con estas rupturas ha desaparecido la relativa claridad que ofrecía el horizonte próximo. Los días negros, que en el mundo financiero estaban referidos a jornadas con caídas bursátiles extraordinarias, se multiplicaron, y con ello ha aumentado geométricamente la dificultad para prever los escenarios que nos esperan. Todo lo que los analistas sostienen hoy puede resultar extemporáneo y desacertado mañana.
No es sencillo saber hacia dónde vamos. El germen de nuestro destino se encuentra en la coyuntura que estamos atravesando; allí se prepara el veneno que nos afectará a todos, pero también su cura. ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Qué explica la crisis en la que estamos inmersos? Voy a señalar aquí sólo dos instancias de cambio, y voy a añadir a las dos la percepción del público, que es también un motor sustancial de la transformación histórica a la que asistimos.
El gasto militar
En primer lugar, hemos peleado guerras con dinero prestado y esto, dejando de lado los hoy irrisorios créditos ingleses y franceses para Vietnam, no tiene precedentes. La Casa Blanca, pensando en la reelección del partido gobernante, se rehusó en 2002 a aumentar los impuestos, como hizo durante guerras anteriores. En lugar de eso, otorgó bonos del tesoro a China, y en parte a la India, para subsidiar la guerra de Irak (95.000 millones de dólares anuales; 120.000 si sumamos Afganistán). Y esto no es todo. Nuestras 877 bases militares alrededor del mundo (en 130 países) y los dos millones de soldados que tenemos en ellas nos cuestan 100.000 millones extras si agregamos los gastos médicos y las pensiones de los veteranos de guerra, más el presupuesto "oculto" de la Casa Blanca para financiar la lucha contra el terrorismo. Como estos gastos eran "invisibles" para la mayoría de la ciudadanía, ya que nuestros impuestos todavía no han subido, esta ha sido una crisis "cubierta". Pero no lo es más. Todos sabemos hoy lo que esto significa: si fuéramos a pagar esa deuda, como cualquier ciudadano del mundo que debe pagar las suyas, cada norteamericano debería poner 50.000 dólares de su bolsillo. Nuestro déficit no tiene antecedentes en la historia reciente del capitalismo norteamericano: cuando George W. Bush accedió a la presidencia hace ocho años, ya teníamos una deuda de la que no se hablaba; seis millones de millones de dólares a un interés del cinco por ciento. Hoy debemos esa cifra con un uno adelante y a una tasa más alta.
La cara financiera
Por otro lado, tenemos el ya famoso financial meltdown. El intervencionismo estatal de las últimas semanas ha obligado a quemar muchas bibliotecas liberales. ¿Por qué se rompieron los dogmas? Porque se quiere "corregir" un mercado que engendró dos burbujas peligrosísimas: la de las .com de la década del 90 y la más reciente de los bienes raíces. Las burbujas se crean cuando las falsas promesas de un mercado se mantienen artificialmente para beneficio de los especuladores. Y los especuladores, en estos dos casos, no fueron pequeños actores: fueron grandes accionistas e instituciones financieras con vínculos internacionales.
El Congreso motorizó el viernes de la semana pasada un "salvataje" de 700.000 millones de dólares que finalmente se sacarán de nuestras jubilaciones, nuestros seguros sociales y nuestros impuestos. No parecía haber alternativa; aprobábamos la ley, como dijeron tanto republicanos como demócratas, o el sistema económico colapsaba. Los bancos carecerían de liquidez suficiente; los préstamos se congelarían y los consumidores quedarían paralizados. Los ciudadanos percibieron la ley como un arbitrario rescate a los generadores del desastre financiado por los damnificados. Los inversores, para colmo, lejos de festejar la inyección financiera, se asustaron por el tamaño de la aguja.
Política y economía de mercado, como siempre, son inseparables. Grandes bancos ganaron sumas astronómicas concediendo préstamos hipotecarios a personas que no podían pagar por ellos. El mes pasado, en medio ya de esta crisis y cuando bancos importantes llegaban al límite de su liquidez y eran comprados (con ayuda federal) por otras entidades financieras, las comisiones de los operadores de Bolsa exitosos ascendían a la suma de ¡100.000 millones de dólares! Las dos instituciones financieras (Fanny Mae and Freddy Mac) que garantizaban un 82% de los contratos de préstamos hipotecarios de todo el país tuvieron también que ser rescatados por el gobierno. El torbellino global que siguió resulta difícil de digerir, pues un 56% de la inversión extranjera en este país estaba conectada a estos créditos hipotecarios. En medio del pánico bursátil, en un día como el lunes de esta semana, muchas instituciones hicieron fortunas.
Lo que viene
¿Qué pasará en los próximos días? Hemos perdido 850.000 puestos de trabajo solamente en el mes pasado y seguiremos perdiéndolos en los próximos meses. La campaña presidencial se concentrará más en la economía, lo cual beneficia a Obama porque la ciudadana lo considera el más apto de los dos candidatos para lidiar con la crisis. El paquete empezará a abrirse, junto a nuevas medidas que resultarán imprescindibles, pero no sabemos cómo reaccionará la economía. Los consumidores posiblemente se mantendrán expectantes hasta el 4 de noviembre. Lo que sí sabemos es que en menos de un mes el próximo presidente heredará un país que, de todos los problemas que están sobre la mesa, no podrá, en el corto plazo, solucionar ninguno. La imagen que los ciudadanos tienen de su porvenir guarda una relación directa con lo que les espera a los países que conforman. Si las perspectivas que tenemos son difusas, nuestro presente inevitablemente será inestable, errático, incierto. La confianza esencial en la que se apoya cualquier sistema se quebró. Es necesario restaurarla con garantías sólidas y, especialmente, con una nueva visión de lo que debe ser un país y el mundo. © LA GACETA
Fernando López - Alves - Ph. D. en Ciencias Políticas, profesor titular de Estudios Globales de la Universidad de California, investigador de la Universidad de Princeton, ex asesor del ex vicepresidente Al Gore. Recientemente integró el equipo de asesores de campaña de Barack Obama. Su último libro en castellano es Sociedades sin destino (Buenos Aires, Taurus)







