Algo más acerca del lenguaje

Por Zulma Ozán para LA GACETA - Tucumán. "No tener palabras para adjetivarlos sentimientos significa no poder apropiarse de ellos, es padecer alexitimia. Porque el problema en el sujeto de hoy es el de las relaciones de la palabra y el lenguaje, la promiscuidad de las palabras en la extroversión de la interioridad".

LAS PALABRAS NO VIVEN FUERA DE NOSOTROS. La cuestión es considerar el lenguaje como un fenómeno colectivo. LAS PALABRAS NO VIVEN FUERA DE NOSOTROS. La cuestión es considerar el lenguaje como un fenómeno colectivo.
03 Agosto 2008
Carezco de la riqueza literaria que posee Alina Diaconú, a quien admiro profundamente, pero me sentí invitada a responder a su nota sobre el lenguaje (El lenguaje zarpado, LA GACETA Literaria, 13 de julio pasado).
Coincido con su calificación de patética oralidad. Es sabido que actualmente, con el advenimiento de lo que diversos autores denominan posmodernidad, nos encontramos ante un nuevo panorama histórico-filosófico, cuyas manifestaciones más relevantes tienen que ver con el surgimiento de nuevos modos de socialización e individualización y con la emergencia de una cultura de masas universal, determinada por los medios de comunicación. Estos convierten la mercancía en imágenes y palabras, creando un mundo aparente, una ficción reemplazante de la realidad.
"Hoy, ni escena ni espejo, sino pantalla y red. [?] Ya no nos proyectamos en nuestros objetos con los mismos afectos, las mismas fantasías de posesión, de pérdida, de duelo, de celos: la dimensión psicológica se ha esfumado, aunque podamos descubrirla en el detalle", denuncia Baudrillard. Podría decirse que la función del discurso moderno era dar cuenta de una dimensión ideológica, histórica, para dar a entender una inscripción identitaria. Pero definir hoy con madurez las propias características emocionales y cómo se construye la subjetividad es un ejercicio relegado: existe un estilo comunicativo caracterizado por la inhabilidad para verbalizar sentimientos y discriminarlos, por el cual las personas despliegan una tendencia a la acción frente a situaciones conflictivas. Entonces, no tener palabras para adjetivar los sentimientos significa no poder apropiarse de ellos, es padecer alexitimia. Porque el problema en el sujeto de hoy es el de las relaciones de la palabra y el lenguaje, la promiscuidad de las palabras en la extroversión de la interioridad, que condena las emociones a una muerte verbal.

El mundo de las palabras
Cuando se conoce el significado de las palabras se tiene la capacidad de utilizarlas como representación de la vida cotidiana. Los significados suponen marcos de re[di]ferencias y la construcción de un sentido. Ese proceso de construcción de un sentido es una acción compartida que requiere, además de la mediación lingüística, la trama social, la que determinará significativamente las funciones subjetivas. La internalización de las estructuras objetivas del mundo social a partir de la interacción lingüística propiciará que el sujeto exceda su dimensión personal y se ubique en un contexto estructurante en relación con otros. Las expresiones lingüísticas subjetivas son expresiones de doble sentido con las que el hombre se pone en relación con una realidad fundamental. Doble sentido porque la expresión subjetiva lleva implícita la relación entre el contenido manifiesto, audible, del discurso, y su contenido latente, como el mito y el sueño. Porque lo que se encuentra en circulación son "conjuntos de textos, conjuntos de prácticas textuales" portadores de muchos mensajes, "tanto en sentido sincrónico como diacrónico".
Las palabras no viven fuera de nosotros; cada letra, cada sílaba nos revela un mundo nuevo, por eso nosotros somos su mundo y ellas el nuestro. No se trata de ser joven, o adulto, o viejo; tampoco de exhibir un despliegue de prejuicios frente a cada modo particular de lenguaje. Se trata de considerarlo un fenómeno colectivo que nos inscribe en una tradición social, en un universo simbólico y significativo a quo, más allá de la practicidad que aduce Chomsky para intentar curar la gangrena sin mutilarlo.© LA GACETA

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