Campesinos y villanos
Por Jorge Estrella para LA GACETA - Tucumán. Atacados por los burócratas villanos, nuestros herederos de la intemperie se alzaron con la fuerza de la razón. La calumnia no los enfureció, como enfurecieron a los villanos el coraje, la resistencia y la solidez de los motivos agrarios.
TODO UN ACONTECIMIENTO CULTURAL. Durante los cuatro meses que duró el conflicto por las retenciones, el campo le dio a la urbe una enorme lección de civilidad.DYN

Nuestra cultura conserva vestigios fuertes de esa oposición originaria. Civilización y barbarie, la bautizó Sarmiento. Y daba por sentado lo que para casi todo el mundo es una creencia fuera de toda duda: que la civilidad (la vida urbana o civil) es superior a la barbarie campestre. El filósofo Hobbes defendió este punto de vista en el siglo XVII, cuando sostuvo que en estado de naturaleza el hombre es un lobo para el hombre. No hay justicia en ese período; ella aparece cuando los individuos de una comunidad entregan su poder y sus decisiones a un soberano que gobierna e impone la ley por la fuerza.
En el extremo opuesto se halla Rousseau, filósofo del siglo XVIII. A su juicio, el hombre salvaje es naturalmente bueno y justo, pero la sociedad civil lo corrompe; genera desigualdades entre sus miembros y les quita la alegría de vivir. Nuestra lengua española conserva para la palabra "villano", precisamente, ese sentido: el hombre de la villa como peligroso a los ojos del campesino.
Pensemos como Sarmiento o como Rousseau, lo cierto es que nuestros campesinos argentinos son los herederos de la intemperie. Y también los autores de la producción de alimentos para los villanos.
Paradójica lección
Sin duda, entre el salvaje originario y nuestro campesino contemporáneo hay tantas diferencias como las que anotaríamos entre el villano inicial y el habitante actual de la megalópolis. Pero me atrevo a sostener que ambos siguen hilvanados desde madejas diferentes: el sentimiento generado por la naturaleza y sus ciclos; el esfuerzo físico; el aislamiento rural; las alegrías primarias; las expectativas ante el clima; el olor de la lluvia o de los brotes de la siembra o de la leche ordeñándose no son sensaciones usuales en la vida civil. La urbe tiene algo de burbuja que neutraliza precisamente ese orden de violencias y acogimientos ambientales con que debe vérselas el hombre de campo.
Esta somera descripción me servirá para señalar un acontecimiento cultural vivido estos últimos cuatro meses en nuestro país: la enorme lección de civilidad que el campo dio a la urbe. ¿No es esto paradójico? ¿No estoy deslizándome desde Sarmiento a Rousseau cuando digo esto?
Pero los hechos son inapelables: atacados por los burócratas villanos del Gobierno (en el peor estilo en que los señores feudales se apropiaban de los bienes de los campesinos), nuestros herederos de la intemperie se alzaron con la fuerza de la razón, no de la violencia; ofrecieron argumentos, no insultos; fueron maltratados y no devolvieron ese maltrato; la calumnia no los enfureció, como enfurecieron a los villanos el coraje, la resistencia y la solidez de los motivos agrarios. Ellos, del campo, dieron un ejemplo de coraje civil; mostraron a sus paisanos la importancia de someter a derecho las disputas; renunciaron a la horda y a las patotas; vivieron interminables noches de frío junto a las rutas y el desaliento no los doblegó; apostaron a no dejarse vencer, contra todo cálculo inicial. Y, lo que tampoco entraba en cálculo alguno, conmovieron a las gentes de la urbe, supieron mostrar a los argentinos que otro modo de convivencia no es sólo deseable sino posible cuando luchamos por él.© LA GACETAJorge Estrella -







