SIN PESIMISMOS. Con profundidad y belleza, Kovadloff plantea que el sufrimiento es el dolor reinterpretado, asumido como propio y pleno de significado.LA GACETA / HECTOR PERALTA
03 Agosto 2008 Seguir en 

Una idea central preside este sugerente libro: el rescate y la transfiguración de nuestra condición carnal y finita por el sufrimiento. Lejos de todo pesimismo, con profundidad y belleza, el autor nos hace comprensibles los resortes de nuestra condición humana. El dolor (físico o psíquico) es la irrupción de un extraño que hiere nuestro ser y nos transfigura, se autoimpone al sujeto. Pero dolor y sufrimiento no son lo mismo; el paso de uno al otro es un camino de transformación para alcanzar la más alta dignidad humana y su dimensión ética. Se trata de un "tránsito enigmático que la voluntad no puede producir y que remite a energías secretas e intransferibles" (p.27).
El sufrimiento es el dolor reinterpretado, asumido como propio y pleno de significado. Es el momento en que reconocemos -con lucidez y dignidad- lo ineludible: la muerte, la vejez, la ausencia, la pérdida irreparable, en definitiva, los límites. Este ahondamiento del dolor que toma la forma del sufrimiento no puede ser explicado, porque el lenguaje no alcanza, pero sí comprendido. Hace patente el enigma de la existencia. Nada de abstracciones, nos dice; se trata de cada uno de nosotros en nuestra más rotunda individualidad. Dar este paso es una tarea no siempre lograda, pero siempre buscada.
A partir de esta tesis, Kovadloff trae a colación ejemplos históricos. Así, aparecen en orden cronológico la difícil relación de Caín -quien nunca logra escapar del dolor del resentimiento- con Abel, y el que sufre Job, quien ante el castigo incomprensible transforma el dolor en la experiencia del sufrimiento como ofrenda a Dios. La desenfrenada pasión de Eloísa y Abelardo, y la transformación -en Eloísa- sólo por amor a su amado. Descartes, síntesis de la razón y las pasiones que deben ser dominadas. Montaigne, el ensayista y el dolor de ser la "otra modernidad".
Se destaca el relato sobre la transformación del dolor de una madre -por la desaparición de su hijo- en el sufrimiento colectivo de las "Aparecidas de Plaza de Mayo"; reflexiona con coraje sobre lo inédito de esa situación: la carencia de categorías en la sociedad para pensar lo que ellas representaban. El abordaje de este tema y el de Job son, quizás, los más logrados, sin que ello desmerezca el nivel de los otros. No falta la mirada sobre el peso de la vejez y la reflexión ecológica ante el abuso de la tierra.
Así como el orfebre domina el metal con el que trabaja y lo fuerza -con maestría- a tomar la forma que quiere, Kovadloff domina la palabra haciéndola decir con elegancia, sensibilidad e inteligencia lo que se propone. Libro que deja huella. Puede ser leído de corrido con placer, pero sin duda se puede volver cada tanto para abrevar en él. Transmite sosiego, aleja de las urgencias cotidianas e invita a pensar en algo siempre soslayado en los tiempos actuales: el sufrimiento como momento de máxima riqueza personal. © LA GACETA
El sufrimiento es el dolor reinterpretado, asumido como propio y pleno de significado. Es el momento en que reconocemos -con lucidez y dignidad- lo ineludible: la muerte, la vejez, la ausencia, la pérdida irreparable, en definitiva, los límites. Este ahondamiento del dolor que toma la forma del sufrimiento no puede ser explicado, porque el lenguaje no alcanza, pero sí comprendido. Hace patente el enigma de la existencia. Nada de abstracciones, nos dice; se trata de cada uno de nosotros en nuestra más rotunda individualidad. Dar este paso es una tarea no siempre lograda, pero siempre buscada.
A partir de esta tesis, Kovadloff trae a colación ejemplos históricos. Así, aparecen en orden cronológico la difícil relación de Caín -quien nunca logra escapar del dolor del resentimiento- con Abel, y el que sufre Job, quien ante el castigo incomprensible transforma el dolor en la experiencia del sufrimiento como ofrenda a Dios. La desenfrenada pasión de Eloísa y Abelardo, y la transformación -en Eloísa- sólo por amor a su amado. Descartes, síntesis de la razón y las pasiones que deben ser dominadas. Montaigne, el ensayista y el dolor de ser la "otra modernidad".
Se destaca el relato sobre la transformación del dolor de una madre -por la desaparición de su hijo- en el sufrimiento colectivo de las "Aparecidas de Plaza de Mayo"; reflexiona con coraje sobre lo inédito de esa situación: la carencia de categorías en la sociedad para pensar lo que ellas representaban. El abordaje de este tema y el de Job son, quizás, los más logrados, sin que ello desmerezca el nivel de los otros. No falta la mirada sobre el peso de la vejez y la reflexión ecológica ante el abuso de la tierra.
Así como el orfebre domina el metal con el que trabaja y lo fuerza -con maestría- a tomar la forma que quiere, Kovadloff domina la palabra haciéndola decir con elegancia, sensibilidad e inteligencia lo que se propone. Libro que deja huella. Puede ser leído de corrido con placer, pero sin duda se puede volver cada tanto para abrevar en él. Transmite sosiego, aleja de las urgencias cotidianas e invita a pensar en algo siempre soslayado en los tiempos actuales: el sufrimiento como momento de máxima riqueza personal. © LA GACETA







