Bienvenido libro acerca del lenguaje, el tiempo y el deseo

Por Ivonne Bordelois. "Particularmente sustanciosas resultan las reflexiones con las que Bulacio se interna en la diferencia entre verdad y sentido".

PROSA SERENA. “Pensaba que el poeta es aquel hombre/  que como el rojo Adán del Paraíso/ impone a cada cosa su preciso/ y verdadero y no sabido nombre”, escribió Borges en un poema que inspira el título de la obra de antropología filosófica de Bulacio. PROSA SERENA. “Pensaba que el poeta es aquel hombre/ que como el rojo Adán del Paraíso/ impone a cada cosa su preciso/ y verdadero y no sabido nombre”, escribió Borges en un poema que inspira el título de la obra de antropología filosófica de Bulacio.
27 Julio 2008
Un libro que nos hable de lenguaje, tiempo y deseo puede resultar, en el mundo sobrecargado de jergas pretenciosas y oscurantistas en el que vivimos, un embeleco más. Pero lo primero que despiertan estas páginas, claras, mesuradas y distintas, es agradecimiento. Cristina Bulacio comparte una mirada serena, profunda y refrescante a la vez -y este "a la vez" es una de las cualidades cada vez más ausentes en la prosa filosófica de nuestros días- con el lector, un lector que ella ha sabido escoger y que abarca la gama del curioso auténtico, del estudioso experimentado, del transeúnte ingenuo pero de buena fe que quiera embarcarse en su texto luminoso.
Esta amplitud de radar, este cuidado por incluir antes que excluir a los que preguntan de corazón es un gesto tan raro como necesario y precioso en nuestro ambiente intelectual, y la ausencia de pedantería que lo anima es también encomiable: en ninguna parte asoman la estéril voluntad de polémica, el "yo lo vi, lo dije antes", la referencia hermética, la patada encubierta, la tiniebla disfrazada de hondura. A este libro se llega como a un oasis después de atravesar el espinoso desierto que nos suele infligir la literatura académica -nacional o extranjera- en nuestros días.
Particularmente sustanciosas resultan las reflexiones con las que Bulacio se interna en la diferencia entre verdad y sentido, una distinción que no existe con la misma latitud en las lenguas germánicas. (Creo que sentido tiene en español un propósito de dirección que sense no presenta en inglés. En español tenemos sentimiento, sentido y sensatez, y en inglés feeling y sense solamente; y el sense inglés parece apuntar ante todo hacia la sensatez y no al sentido. La sensatez es la forma doméstica de la razón, al alcance de todo el mundo; pero el sentido envuelve además algo así como una predestinación misteriosa de que no es siempre capaz, acaso, el talento serio y pragmático de los británicos).
Aunque parezca frívolo o desplazado, creo que es necesario decir que la amabilidad y la elegancia con que ha sido encarado este texto señalan la persistencia de un espíritu de ágora clásica que nos consuela y nos alivia en gran medida de la hojarasca circundante.
Porque no se trata aquí de amabilidad de salón, sino de la que proviene de un largo, sostenido y amoroso diálogo con las ideas más centrales de nuestra historia intelectual, incluyendo la referencia a la biología y a la evolución en los primeros capítulos: un diálogo que se comparte con el lector sin atropellos ni hermetismos. No se trata de falsa elegancia erudita, sino de la familiaridad con un estilo de síntesis que ha aprendido a perfilar con destreza y solvencia las salientes, los escollos y los enigmas aún irresueltos de las grandes filosofías que nos interpelan: Platón, Nietzsche, Wittgenstein, Marcel, Heidegger. De este último se destaca el rescate del logos no sólo como palabra o razón, sino como lugar de reunión de lo fenoménico o disperso, acaso, inclusive, superación de la dualidad platónica cuerpo-alma.
Bienvenidas también las referencias a los mundos de poesía y tragedia que acompañan, inspiran o ilustran a estas metafísicas: Borges -de quien proviene, extraída de un poema célebre, la cita que da nombre al libro:
"Pensaba que el poeta es aquel hombre/ que como el rojo Adán del Paraíso/ impone a cada cosa su preciso/ y verdadero y no sabido nombre."
Asimismo, en el caso de Sófocles, muy relevante resulta la discusión de la traducción del término griego to deinotaton como admirable o pavoroso, y acertada en su audacia la elección de pavoroso como atributo específico del ser humano.
"Muchas cosas hay pavorosas en el mundo, pero nada sobrepasa al hombre en pavor", dice Creón en Antígona, y en nuestros tiempos esta es la versión que resuena indudablemente como auténtica.
Las buenas preguntas, según Gadamer (citado por Manuel Cruz en su prólogo), son las que ofrecen el riesgo de dejarnos sorprender por la respuesta. Y en verdad, sorpresa y apertura a nuevas preguntas nos brinda este libro atesorable. © LA GACETA

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