
Gobernar es poblar. Pero, ¿qué es poblar hoy? Ya no se puede, evidentemente, pensar en traer contingentes de europeos necesitados de apoyo, cuando muchos de nuestros nativos están mostrando cada día que no se benefician con los derechos ni pueden cumplir con los deberes de pobladores de la Argentina. En 1879, José Hernández le hizo decir a su Martín Fierro (Canto XXXIII de La Vuelta/?), "debe el gaucho tener casa, /escuela, iglesia y derechos". Hoy, como entonces, debe el hombre tener básicamente eso: cierto supuesto mínimo de planificación social, vivir bajo el amparo de un diseño poblacional que reúna, como sustentos indispensables, el que proporciona la educación, el que conforta el espíritu por la fe y el que administra la Justicia.
Convengamos en que, en la sociedad del siglo XXI, los derechos de las personas incluyen también los relacionados con salud, servicios sostenidos y medios de comunicación: el esfuerzo de los pobladores y el apoyo de los gobernantes pueden y deben proporcionarlos actuando con firmeza y honestidad sin claudicaciones. Pero la célula social básica ha sido y es la familia, y por ello "poblar" no es construir barrios de ocupación circunstancial o fomentar la instalación de villas de emergencia. Poblar es crear instalaciones humanas con voluntad y posibilidad de permanencia, fundar aldeas orgullosas de su identidad, inventar nuevos "pagos" o "querencias" para la gente que ha perdido los de sus ancestros y que tiene derecho a recuperar una vida plena.
Los pueblos generados por esta acción han de volver a una estructura virtuosa, cuyo centro, espacio potenciado por los valores sacrales y simbólicos, será la plaza. Una instalación humana del tipo "barrio obrero", ubicada de modo que mire a una autopista, configura un espacio inestable. Se presenta como una alternativa circunstancial para la vida, de aceptación temporaria para quienes han de querer salir de ella para sumarse a los que -aunque vayan con su cruz a cuestas- se imaginan "dichosos" cuando, encerrados en cápsulas automotrices y con la vista fija en un utópico "más allá", se encaminan hacia la meca urbana donde están el fútbol y la televisión, entre otros paraísos artificiales forjados por lo que Umberto Eco llamó "la estrategia de la ilusión".
El motor de los pueblos
El diseño del poblado ideal, del "pago" que necesitamos como célula activa para la reunión de las familias, es aquel que se construye mirando hacia su mismo centro; orientado hacia su propia plaza, entendida como el espacio aceptado para la sociabilidad, para la solidaridad endógena, para la comunicación, para la fiesta y para el duelo compartidos por quienes se sientan procedentes de una tradición preexistente y resulten fundadores de nuevas tradiciones para el porvenir, como legítimos integrantes de una verdadera comunidad. El motor de la vida de esos pueblos no será el empleo: será el trabajo. Las artesanías tradicionales hallarán mercado para sus ancestrales maravillas así como también los subproductos de la gran producción agropecuaria que caractericen, por lo auténtico de sus técnicas y la calidad constante de sus materias primas, a cada pueblo o a cada área poblada del país y merezcan así ser garantizados con algún sello de autenticidad que aumentará su valor de venta. En todos los casos pensamos en productos con un alto valor agregado de manufactura y también por su presentación en envases lindos, prácticos y característicos, como existen ya en emprendimientos unifamiliares exitosos mediante compromisos contraídos entre personas responsables de las distintas etapas de realización.
Las políticas de apoyo a la comercialización en tiempo estratégico de los productos rurales sólo pueden ser efectivas si se fijan y se controlan bien de cerca. El desarrollo de la gobernabilidad regional con polos de conducción internos será instrumento de economía administrativa y el mejor medio para lograr la asistencia tecnológica y los subsidios o créditos adecuados a cada circunstancia particular.Dios estará entonces en todas partes pero no atenderá ya sólo en Buenos Aires, como ahora se dice. Por el contrario, será el turismo llegado de las ciudades -argentino y extranjero- lo que alimentará en gran parte la vida de esos pueblos. Pueblos que han de transponer pronto la barrera ominosa del hambre y donde el papel de la mujer será fundamental, porque este diseño está hecho a la medida de sus dotes integradoras y armonizadoras del conjunto social.
Nada habrá en ellos de xenofóbico o discriminatorio para el forastero. No serán poblaciones con identidad negativa, excluyente: esto no estuvo nunca en el estilo de los pueblos criollos argentinos. Todo recién llegado será allí bienvenido como visita y también como nuevo poblador, siempre que su conducta y su trabajo tengan las calidades éticas necesarias para ser aceptadas en el sencillo y justo tribunal de la plaza pueblera, donde cada uno, como siempre fue antes, no necesita más que su decencia para ser acreditado como persona de bien."En América, gobernar es poblar", sentenció Alberdi hace 155 años. Su voz resuena ahora como un desafío. ¿Pueblos fantasma a la vera de vías levantadas? ¿Emprendimientos -no redituables ya- que han dejado caminos olvidados? ¿Campos sin gente y gente que deambula por las ciudades con resentimiento y sin destino? Cada ciudadano que se duela por esto puede contribuir, de algún modo, a hacer realidad lo que hoy parece un sueño. © LA GACETA







