06 Julio 2008 Seguir en 

No suele celebrarse el cumpleaños de los libros. Los centenarios de un Quijote, o las cuatro décadas de Cien años de soledad, puede ser; pero que una obra de sólo una veintena de años merezca semejante distinción es, por cierto, un raro honor. Y lo mereció El alquimista (1988), de Paulo Coelho (1947): una gran-fiesta-gran que tuvo lugar este año en el Teatro Palacio Valdés de Avilés, en Asturias.
La nueva edición del relato que el escritor brasileño publicó en 1988 y que anda por las 65 traducciones y los 30 millones de ejemplares vendidos es parte de la celebración. Que esa difusión monumental despierte envidias y suspicacias es posible. Que me haya acercado al libro con una fuerte cuota de prejuicio es muy posible. Y si bien los ecos de obras de mayor solidez literaria me estropearon un poco la fruición de la lectura, debo admitir que este escritor brasileño maneja de maravillas el arte de narrar tal como debió de haber sido en sus orígenes: una historia sin elegancias retóricas ni profundidades psicológicas, pero con un argumento que incite a querer saber qué pasa y alguna dosis de experiencia vivencial que obre a modo de enseñanza. Una suerte de parábola extendida, bah?
Saint Exupery tiene la culpa. O el mérito. Su Principito cumple su periplo de descubrimiento en términos esenciales, y sus observaciones y aprendizajes llegan a la emoción de su amigo, el aviador, y del lector. La gran diferencia con este texto del muy prolífico Coelho está no sólo en la profunda poesía que el francés supo destilar, sino en su originalidad. Coelho, en cambio, con la excusa del homenaje, toma en préstamo abundante material ajeno para vestir el esquema básico de la trayectoria del héroe. El más obvio es Historia de los dos que soñaron, el apócrifo relato de tinte milyunanochesco que Borges incluye en su Historia universal de la infamia, parecido a su vez a la historia del rabino Eisik, de Cracovia, recogido por Martin Buber. Ahí anda, encapsulado, El juglar de Nuestra Señora, relato recogido por Anatole France y que, como otros que por allí asoman, proviene de la fértil sabiduría popular. Dime qué escribes y te diré qué lees.
El reciclaje de historias envuelve al joven que va a Egipto en busca del tesoro que lo espera, y para llegar a él debe vencer obstáculos y usar su ingenio y su perseverancia, sumando conocimiento y experiencia en su largo viaje desde Andalucía. El ensamble de viejas historias con material original, admitamos, está muy bien logrado, lo que convierte el texto -prosa sencilla, estructura lineal-, en agradable entretenimiento, ideal para ser leído en estado de inocencia literaria.
El alquimista, nos dice Coelho, es un libro simbólico. Más de lo que él cree. Porque así como ese personaje misterioso que ayuda al protagonista a llegar a destino domina los secretos de la alquimia, transmutando el metal en oro, Coelho transmuta viejas narraciones en un éxito, uno de los 16 hasta ahora. ¡Y también se convierten en oro! Feliz cumpleaños.© LA GACETA
La nueva edición del relato que el escritor brasileño publicó en 1988 y que anda por las 65 traducciones y los 30 millones de ejemplares vendidos es parte de la celebración. Que esa difusión monumental despierte envidias y suspicacias es posible. Que me haya acercado al libro con una fuerte cuota de prejuicio es muy posible. Y si bien los ecos de obras de mayor solidez literaria me estropearon un poco la fruición de la lectura, debo admitir que este escritor brasileño maneja de maravillas el arte de narrar tal como debió de haber sido en sus orígenes: una historia sin elegancias retóricas ni profundidades psicológicas, pero con un argumento que incite a querer saber qué pasa y alguna dosis de experiencia vivencial que obre a modo de enseñanza. Una suerte de parábola extendida, bah?
Saint Exupery tiene la culpa. O el mérito. Su Principito cumple su periplo de descubrimiento en términos esenciales, y sus observaciones y aprendizajes llegan a la emoción de su amigo, el aviador, y del lector. La gran diferencia con este texto del muy prolífico Coelho está no sólo en la profunda poesía que el francés supo destilar, sino en su originalidad. Coelho, en cambio, con la excusa del homenaje, toma en préstamo abundante material ajeno para vestir el esquema básico de la trayectoria del héroe. El más obvio es Historia de los dos que soñaron, el apócrifo relato de tinte milyunanochesco que Borges incluye en su Historia universal de la infamia, parecido a su vez a la historia del rabino Eisik, de Cracovia, recogido por Martin Buber. Ahí anda, encapsulado, El juglar de Nuestra Señora, relato recogido por Anatole France y que, como otros que por allí asoman, proviene de la fértil sabiduría popular. Dime qué escribes y te diré qué lees.
El reciclaje de historias envuelve al joven que va a Egipto en busca del tesoro que lo espera, y para llegar a él debe vencer obstáculos y usar su ingenio y su perseverancia, sumando conocimiento y experiencia en su largo viaje desde Andalucía. El ensamble de viejas historias con material original, admitamos, está muy bien logrado, lo que convierte el texto -prosa sencilla, estructura lineal-, en agradable entretenimiento, ideal para ser leído en estado de inocencia literaria.
El alquimista, nos dice Coelho, es un libro simbólico. Más de lo que él cree. Porque así como ese personaje misterioso que ayuda al protagonista a llegar a destino domina los secretos de la alquimia, transmutando el metal en oro, Coelho transmuta viejas narraciones en un éxito, uno de los 16 hasta ahora. ¡Y también se convierten en oro! Feliz cumpleaños.© LA GACETA







