
El progreso y el adelanto relativo de un país respecto de los demás se prueba con lo que se ha denominado el voto con los pies. Eran entonces los europeos los que emigraban a la Argentina en busca de la libertad de la que carecían en la Francia del Segundo Imperio y de las comunas de París, así como en la Alemania bismarckiana, a la que el propio Hitler consideró el Segundo Reich. Y por supuesto, no olvidemos a la Madre Patria, que logró llevar la Edad Media hasta el siglo XX.
El drama en la actualidad es la ausencia del ausente en Argentina por más de 70 años. Esa ausencia se ha traducido en una Argentina decadente, empobrecida y oprimida. Pero antes de seguir hablando de Alberdi, permítanme dejarlo hablar a él. Así, voy a comenzar con una cita que deja a las claras la lucidez de su visión sobre la libertad; más aún: de su percepción histórica de las facetas del totalitarismo que, surgido de Europa, pondría al mundo en el siglo XX al borde del apocalipsis.
Las palabras que siguen fueron parte de una observación hecha a Sarmiento respecto del concepto mismo de barbarie. Esas palabras no descalifican en modo alguno la figura ni la labor eximia de Sarmiento respecto de la educación, sino que reflejan la aguda percepción de Alberdi sobre el perjuicio histórico que habría de sobrevenir como consecuencia del racionalismo surgido de la llamada Ilustración. Así dice: "Tenga cuidado, señor Sarmiento, en vista de los ejemplos célebres que acaban de probar ante el mundo aterrorizado que se puede ser bárbaro sin dejar de ser instruido, y que hay una barbarie letrada mil veces más desastrosa para la civilización verdadera que la de todos los salvajes de la América desierta".
En ese pensamiento, Alberdi, observando los desastres de las comunas de París, cuando los primeros marxistas quemaban la Ciudad Luz, preveía el futuro de los totalitarismos europeos que hicieron eclosión en el siglo XX. Era evidente para él que las comunas representaban los prolegómenos de ese proceso filosófico que derivaría en lo que he denominado el oscurantismo de la razón y que produjo, por tanto, el terror racional, que es otra forma de fanatismo occidental. Alberdi reconoce y explica la diferencia sustancial entre la libertad interna y la libertad externa. O sea, entre el respeto y la defensa de los derechos individuales, y la independencia, y en ese sentido escribe: "La Patria es libre cuando no depende del extranjero, pero el individuo carece de libertad cuando depende del Estado de una manera omnímoda y absoluta". En esta observación ya debatía con Hegel, según quien el individuo no tenía más razón de ser que su pertenencia al Estado. Y, asimismo, discrepaba con el concepto de soberanía tal como había sido definido por Rousseau en el Contrato Social.
Vemos, en cambio, que había tomado en cuenta el principio fundamental de Locke del que surge la razón de ser de la limitación del poder político, y que lo expresa cuando dice: "Los monarcas también son hombres". La importancia de este principio la reconoce Alberdi y así sigue diciendo: "La omnipotencia del Estado o el poder omnímodo de la Patria respecto a los individuos que son sus miembros tiene por consecuencia necesaria la omnipotencia del gobierno en que el Estado se personifica, es decir, el despotismo puro y simple".
Alberdi había tomado conciencia de que la diferencia entre la libertad interna y la externa no era conocida en Europa y, por tanto, tampoco entre nosotros, y al respecto dice: "América del Sur se liberará el día que se libere de sus liberadores." Y ahondando en el tema se refiere al carácter de lo que denomina la libertad latina y afirma:"¿Cuál es la índole de la libertad latina? Es la libertad de todos refundida y consolidada en una sola libertad colectiva y solidaria, de cuyo ejercicio exclusivo está encargado un libre emperador o un zar liberador. Es la libertad del país personificada en su gobierno, y su gobierno todo entero personificado en un hombre". Y cita sin nombrarlo a Luis XIV: el Estado soy yo.
Había comprendido la falacia que entraña la entelequia del Estado. Por tanto, descreía de la supuesta eticidad de aquellos que pretendían actuar por el bien público descalificando moralmente los intereses particulares como expresión del egoísmo frente a la virtud de la solidaridad. Y al respecto escribe: "El egoísmo bien entendido de los ciudadanos sólo es un vicio para el egoísmo de los gobiernos que personifican a los Estados".
La seguridad y la justicia
Sigamos el análisis de la filosofía alberdiana, cuya ignorancia, a nuestro juicio, ha sido determinante de la decadencia argentina.
Nos referiremos al problema de la seguridad y al de la justicia. Señala Alberdi: "He vivido veinte años en el corazón del mundo civilizado, y no he visto que la civilización signifique otra cosa que la seguridad de la vida, de la persona, del honor y de los bienes". Ya, pues, conocía la esencia de los derechos individuales. "Pero así como toda la civilización política de un país está representada por la seguridad de que disfrutan sus habitantes, así también toda su barbarie consiste en la inseguridad, o lo que es igual, en la ausencia de la libertad de ser desagradable al que gobierna sin riesgo de perder por eso su vida, su honor o sus bienes como culpable de traición al país", añade más adelante. Esta es la barbarie de la tiranía y del totalitarismo surgidos del racionalismo moral.
Consecuentemente, Alberdi se refiere a la importancia decisiva de la justicia, que, por supuesto, no confunde con la justicia social: "La propiedad, la vida, el honor son bienes nominales donde la justicia es mala. No hay aliciente para trabajar en la adquisición de bienes que han de estar a merced de los pícaros? La ley, la Constitución, el gobierno son palabras vacías si no se reducen a hechos por la mano del juez, que en último resultado es quien lo hace ser realidad o mentira", asegura.
Es evidente que esta situación prevista por Alberdi se vive hoy en Argentina, donde la Justicia depende del Ejecutivo, que es lo mismo que decir que no existe. Ya se han levantado algunas voces exponiendo esta realidad oprobiosa. Es a causa de estas circunstancias que el campo se ha rebelado, poniendo de manifiesto el estado de indefensión judicial que vive la ciudadanía en general, por más que pocos se hayan atrevido a cuestionarla. Las retenciones son la forma hipócrita de violar los derechos de propiedad, tal como lo señaló Alberdi: "Hasta aquí, el mayor enemigo de la riqueza del país es la riqueza del fisco".
Por todo lo dicho anteriormente, me atrevería a decir que la Argentina, hoy más que nunca, necesita el reencuentro con el pensamiento del gran ausente, cuyas ideas produjeron el milagro argentino de la Constitución de 1853. © LA GACETA







