INTIMO. El poeta y ensayista colombiano habla de la enfermedad que lo aqueja y confiesa que, aún en el dolor del diagnóstico, se maravilló ante frases como “resonancia magnética” y píldoras llamadas “Lyrica”.

Sin confinamientos de épocas o geografías, nos habla de Tomás Eloy Martínez, Zalamea, Amado, Arturo, García Márquez, Borges, Chejov, Naipaul, Gide; de la perseverancia de las mujeres en la novela colombiana y de la centralidad de París para los escritores del siglo XIX. Ante todo, nos interpela: ¿por qué leer literatura, o lo que en su corazón anida, la poesía? ¿Por qué hacerlo en un mundo que concilia sus gustos y necesidades con la inmediatez de la imagen o el ritmo vertiginoso de la comunicación virtual? Aun en nuestras carreras humanistas, somos testigos de cómo las literaturas capitulan ante el avance de disciplinas consideradas socialmente más utilitarias. Entonces, ¿por qué leer narraciones que mienten y se contradicen, o se refieren circularmente a sí mismas en un infinito juego de autoreflexión? Para Cobo Borda, justamente allí reside la necesidad de tal lectura.
La literatura, con su permeabilidad, no conoce de límites espaciales o temporales. Si "miente", es para decir su verdad, ofreciéndonos una comprensión de un mundo de fragmentaciones, desde el orden que la imaginación le confiere, completando la visión histórica o prestándole cuerpo a la filosofía. Se pregunta el autor "¿Debemos leer literatura para captar la sólida mentira que alienta debajo de la elusiva verdad?".
El remedio de la literatura
Cobo Borda valora el coraje del lenguaje directo en las denuncias de los intelectuales de nuestro tiempo -Sontag, Mailer o Vidal-; no obstante, observa que lo que subsiste en nuestro espíritu con fuerza "es un crimen gratuito en una granja de Kansas, contado durante seis, siete años, por un maniático perseverante: Truman Capote y su A sangre fría. Con dicha novela él protestó, y en qué forma, sobre las ?reinantes piedades autoritarias? y nos dio la más certera, fría y apasionada visión de un país y un mundo".Si bien existe una escritura literaria, hay también un modo de leer literariamente que implica abrir el lenguaje hasta el fin de todos sus sentidos. Una práctica de la que el autor no se despoja, ni siquiera en una situación límite. En la entrevista final, a modo de epílogo, habla de la enfermedad que lo aqueja y de cómo aun en el dolor de un diagnóstico, rodeado del prosaísmo de clínicas, inyecciones, medicinas, es capaz de maravillarse ante frases como "resonancia magnética, potenciales evocados" o "una pastilla para el dolor llamada Lyrica".
La literatura se presenta como esa "pastilla" contra los afanes diarios, las arbitrariedades del poder y sus miserias, y el ineluctable desposeimiento final: "a la tumba sólo descenderemos con un verso, una oración o un salmo. Con apenas una última palabra balbuceante como cuando niños".© LA GACETA







