La revolución de la pobreza

Por Alvaro José Aurane para LA GACETA - Tucumán. Con la oficialización de los denominados "pecados sociales", la pobreza confirma la expansión de sus fronteras. Ya no se limita a lo material, sino que ha llegado al campo de la espiritualidad. Luego, no se contenta con ser sólo un elemento de la realidad: aspira a dominar la realidad misma.

04 Mayo 2008
"Un hombre muy pobre y su pequeño hijo, naturalmente más pobre que el padre, encontraron unos hombres que transportaban un cuerpo. ?¿Adónde llevan ese muerto?? -preguntó el niño con la única neurona que no había sido disminuida por el hambre. ?Lo llevamos a un lugar donde no hay nada de comer, ni de beber. A un lugar donde no hay tejado, ni fuego, ni tapices, ni esteras?, le contestaron. ?Entonces -dijo el niño-, lo están llevando a mi casa?." Jean-Claude Carrière, "El Círculo de los mentirosos".

El chiste llegó por correo electrónico. Consiste en que la maestra da a los chicos una tarea (pensar que antes se llamaban deberes) que los tuviera ocupados toda la jornada. Tenían que escribir una composición que incluyera cuatro temas que prometían desde ensayos hasta novelas: crimen, monarquía, religión e intriga (esto último era redundante, porque sin intriga no hay crimen, monarquías ni religiones, pero el chiste es así). Y, tal vez porque era una docente sobradora, o porque era perversita, les aclara a sus angustiados alumnos que quien terminara semejante trabajo podía irse. Entonces aparece él. El antihéroe barrial por antonomasia. El vivo. Ningún otro sino Jaimito. En menos de un minuto, escribe, entrega la hoja y se va. He aquí su obra: "Mataron a la reina. ¡Dios mío! ¿Quién fue?".Después de la carcajada, viene la nostalgia. Algo le pasó a ese Jaimito en la actualidad argentina. Algo por lo cual dejó de ser el pícaro. El águila. Uno de los primeros en notarlo fue Martín Caparrós, cuando su hijo le contó otro chiste del mismo personaje. En ese, la educadora pide a los chicos que cuenten qué cenaron. Y cuando Jaimito revela que tomó mate cocido, sus compañeros se burlan de él. Ya en casa, su madre le recomienda, mientras le sirve el yerbeao, que diga que comió salchichas con puré. Y eso repite en el aula. Cuando le preguntan cuántas comió, él contesta: "dos tazas".Jaimito ya no es más el sinvergüenza nacional. No. Ahora es pobre.
"Percibe su pobreza como algo inconveniente, inconfesable y trata de disimularla -describe Caparrós-. En realidad, son sus compañeros quienes le hacen entender con sus carcajadas que debe disimularla. El chiste no sólo cuenta que hay que ocultar la propia pobreza, que es una vergüenza; también dice que es un problema privado, que los que no la sufren no tienen por qué ayudar o, al menos, compadecer a los que sí".
La pobreza está instalada a sus anchas ya no sólo en la realidad cotidiana de millones de argentinos, sino también en colectivos identitarios del imaginario social. Junto con el "deme dos" se extinguieron, también, el "rico como argentino" y la "viveza criolla".
De no ser porque la expresión es, en sí misma, una contradicción, incluso un oxímoron (y, sobre todo, por temor a que el absurdo pudiera ser admisible), hasta podría hablarse de una verdadera revolución de la pobreza. Para peor, una que se está imponiendo. Porque la pobreza está ampliando sus fronteras más allá de lo material y ha llegado a la espiritualidad misma. Hace un mes, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana terminó de oficializarlo. Y ya no con la metáfora de los pobres de espíritu. Lo hizo nada menos que mediante la actualización de los pecados.

"La plata no se hace trabajando"
El arzobispo Gianfranco Girotti, director de la Penitenciaría Apostólica, anunció los siete "pecados sociales", tres de los cuales están vinculados con la pobreza: contribuir a ampliar la brecha entre ricos y pobres, acumular riqueza excesiva y generar pobreza. "Uno no sólo ofende a Dios y al prójimo -agregó- si roba, o si jura en el nombre del Señor en vano, o si desea la esposa de otro". Teóricamente, no dijo nada nuevo. En primer lugar, no puede dejar de notarse que (aunque no haya sido planteado en estos términos) se está ante un rescate de la noción de pecado social, que se alumbró con los Documentos de Puebla, durante el papado de Pablo VI. En segundo término, la definición de pecado del Catecismo de la Iglesia Católica ya menciona connotaciones que trascienden la individualidad: "es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana".
Pero lo implícito ya no alcanza. Y la cuestión de que se haya hecho necesario explicitar estos tres "pecados sociales" hace patente que la pobreza ya no es sólo un elemento de la realidad, sino que aspira a dominar la realidad misma. La pobreza tiene aspiraciones de paradigma. Y que nadie se declare sorprendido: el triunfo de la pobreza es un proceso inclaudicable.
Por cierto, aquello de que "pobres hubo siempre", lejos de ser un atenuante, es la confirmación de que la evolución natural es más veloz que la evolución social. Contra la prepotencia de la eternidad, alcanza con remontarse un cuarto de siglo para dimensionar el avance del flagelo. En 1974, el 10% más rico de la población argentina ganaba ocho veces más que el 10% más pobre. Hoy gana 32 veces más. En otros términos, fueron 24 años durante los cuales los pobres descubrieron que el único resultado de trabajar fue, para millones de argentinos, terminar más pobres que antes. De modo que el progreso era mentira; y la miseria, verdad. Al punto de que también era verdad aquella miseria de que "la plata no se hace trabajando". Porque, debe especificarse, los pudientes no son los mismos. Por el contrario, la política alumbró toda una casta de nuevos ricos. Muchos de los cuales abandonaron la pobreza de la noche a la mañana.Así fue como el continente en el que viven los que poseen se fue alejando cada vez más del continente de los desposeídos. Hasta que se perdieron definitivamente de vista. Y hoy las cosas han cambiado sustancialmente en uno y en otro lado del mundo.
Por un lado, la pobreza ya no es la misma. Se lo ve en sus protagonistas. Antes, los pobres eran los miembros de la clase obrera. Tenían un trabajo que definía su posición en la sociedad. Por supuesto, eso era ningún lujo. Pero tampoco eran desclasados.
Habrá que aclarar aquí que no se trata, ni mínimamente, de suponer que existe una filosofía de la miseria o de la pobreza, como tampoco de pretender que había una maravillosa pobreza en el pasado. En todo caso, se trata de advertir que hasta el concepto de pobreza se ha empobrecido. Porque hoy, para decirlo en los términos de Santiago Kovadloff, los pobres carecen de estatuto. Y cuando el que dice es nadie, lo que se oye es nada. Por eso, cuando se siente desbordado, cuando lo van a desalojar de la piecita doblada de madera y cartón en la que vive sobre un terreno usurpado, el pobre sale a buscar una posición desde la cual hacerse ver y oír: el piquete. Sólo ahí sale de la invisibilidad.

El infierno no tan temido
La riqueza también mutó. Y se divorció de su histórica pareja: la ostentación. Porque la riqueza era ostensible. Hasta el Gobierno hacía ostentación de su riqueza, con grandes obras públicas y suntuosos edificios estatales. Como la Casa de Gobierno de Tucumán o el sarmientino Palacio de las Aguas en Buenos Aires. La riqueza particular también era motivo de orgullo y, por tanto, se mostraba. Lo prueban hoy la Recoleta porteña, y a modesta escala, las tucumanas avenidas Mate de Luna y Aconquija. Había, entonces, una cierta pedagogía de la riqueza. Unos dirán que alimentaba el ideario de nación en la que se podía prosperar. Otros sostendrán que esta ostentación era el acicate de "m´hijo el dotor". Y estarán los que adviertan que la riqueza actuaba como una amansadera colectiva que prometía que los sumisos podían participar, algún día, de la riqueza de los dueños del sistema al que había que someterse.
Ahora, en cambio, la riqueza se tapa. Se esconde detrás de tapias. Es agrupada en countries y alejada de la vista de todos. Claro está, se esgrimen obvias razones de seguridad para justificar esta conducta. Pero en esencia, la riqueza debe ser ocultada. Es como si, por un instante, se concediera que no está del todo bien. Como si se asumiese que tiene algo de inconveniente. De inconfesable. Como si hubiera que disimularla. Lo mismo que con la pobreza de Jaimito, en el chiste que no está hecho para reír.Las sociólogas Amalia Eguía y Susana Ortale detallan varias visiones para definir la pobreza: las que la identifican con la dificultad para satisfacer necesidades; las que ponen el acento en los marginados de las relaciones de producción; y las que apuntan a los ingresos. A la par, Paul Spicker identifica a la pobreza con necesidad, recursos insuficientes, carencia de seguridad básica, privaciones múltiples, falta de titularidades, exclusión, desigualdad, dependencia y padecimientos inaceptables. Y está la definición del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que refiere a la incapacidad de las personas de vivir una vida tolerable. Menciona, entre otras imposibilidades, llevar una vida larga y saludable, y disponer de educación, libertad política, respeto de los derechos humanos, seguridad personal, acceso al trabajo productivo bien remunerado y participación en la vida comunitaria.
Estremece recordar que el economista chileno Manfred Max-Neef pautó que las necesidades básicas son internas e invariables en el tiempo y en las culturas. Las identificó como la protección, la subsistencia, el afecto, el entendimiento mutuo, el ocio, la creatividad, la identidad y la libertad. Y recalcó que reentender la pobreza es asumir que estas necesidades actúan como un sistema. Y que es pobre cualquiera que tenga postergada alguna de ellas. Porque una persona no sólo se muere de hambre.
En este punto, la generación de pobreza y de desigualdades, que desde la perspectiva moral son pecados, adquiere otras dimensiones en el plano social. En las que el arrepentimiento tal vez pueda ser un comienzo, pero no alcanza para la absolución. Por cierto, habrá que puntualizar que los "pecados sociales", en lo que refiere al escarnio de la pobreza, son un valioso móvil para el examen de conciencia. Pero también deben precisarse los alcances de declarar pecaminosas las grandes fortunas y hasta debe llenarse de contenido ese concepto. De lo contrario, la contrición no irá mucho más allá.
Para el caso, hay antecedentes de antiguas creencias en las que la riqueza siempre está maldita. En no pocas versiones orales, el perro familiar, para no ir más lejos, está al servicio de terratenientes que le vendieron su alma al diablo. Pero contra las leyendas, la riqueza demostró en los hechos que no se parece al infierno de la pobreza. Y, de hecho, también ha obligado a revisar dogmas. Porque podría decirse que los "pecados sociales" no aparecen urgidos sólo por el imperio de la pobreza, sino también por el embate de los mensajes propagandísticos de la riqueza.
A Oscar Wilde, quien planteó que las dos grandes tragedias de la vida son o no obtener todo lo deseado o sí conseguirlo, le atribuyen a la advertencia en tiempos victorianos de que los pecados capitales (descritos hace 1.500 años por el Papa Gregorio I y recuperados en el Siglo XIV por Dante en la Divina Comedia) eran contradictorios y hasta excluyentes entre sí. Sobre esa idea cabalga a diario, casi publicitariamente, la dialéctica de los materialistas (que no es lo mismo que el materialismo dialéctico). Porque la moraleja del hedonismo, primer motor y fin último de las sociedades consumistas, plantea que alguien que disfruta de la pereza, la lujuria y la gula, y que tiene suficiente dinero para caer en la avaricia, no tiene nada que envidiar a nadie.

BIBLIOGRAFIAMartín Caparrós, Qué país, Planeta (2002)
Amalia Eguía y Susana Ortale, Los significados de la pobreza, Biblos (2007)
Oscar Wilde, El abanico de lady Windermere, Andrés Bello Mexicana (1999)
Diario La Gaceta

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