20 Abril 2008 Seguir en 

El hombre tenía barba larga y rubia, sombrero aludo, mochila de explorador, botas de cuero, una piqueta de escalada. En su campera de cuero había un bolsillo frontal de donde sobresalía un libro.
Cuando llegó a ese pueblo ágrafo, los niños lo siguieron como a un animal desconocido pero manso. Por señas se entendieron y el hombre pudo vivir entre ellos.
Los niños advirtieron que el hombre sacaba su libro del bolsillo de la chaqueta, se sentaba sobre el tronco de un árbol umbroso y se quedaba horas ante ese objeto cuyas hojas volvía una y otra vez.
- ¿Qué hace? - se preguntaron en viva curiosidad reflejada en el blanco enorme de sus ojos asombrados.
- ¿No será un espejo donde se mira? - propuso uno.
- ¿Tanto tiempo precisa mirarse? - le objetaron.
- Tal vez sea un amuleto y necesita tocarlo mucho para que le traiga suerte.
- Y entonces, ¿por qué necesita mirarlo tanto? - le objetaron- Si es un amuleto, bastaría con que lo toque.
Los niños recurrieron al chamán de la tribu y le preguntaron:
- Señor chamán, el forastero alto y de barba rubia tiene en el bolsillo de su chaqueta un objeto habitado por muchas hojas como un árbol. Lo saca de allí y se está horas mirándolo. ¿Por qué lo hace?
- Para saberlo debo ver al hombre - propuso el Chamán; se incorporó de su choza y caminó con su bastón hacia el árbol del forastero.
Los niños esperaron mientras el chamán se alejaba con lentitud. Lo vieron detenerse a distancia del hombre sentado y con su libro entre manos. Lo vieron rascarse la cabeza, pensativo, dar la vuelta y regresar sin prisas.- ¿Pudo descubrir qué hace él con ese objeto entre las manos, señor chamán? - le preguntaron cuando estuvo cerca de ellos.
- Sí, hijos. Pude. El forastero tiene una enfermedad en los ojos y ese objeto extraño le procura alivio.
Los niños asintieron, maravillados por la sabiduría del Chamán. Como los niños sabían de otras personas en la tribu que padecían de mal en los ojos, resolvieron acercarse al forastero y pedirle que les ayudara a curarlos con la visión de ese objeto habitado como los árboles, por muchas hojas. Encargaron al más listo de entre ellos para que explicara al hombre lo que necesitaban pedirle. Con ojos y dientes blanquísimos, abiertos en una sonrisa confiada, el niño se aproximó a quien tenía entre sus manos ese objeto que atendía con tanta concentración. Los otros chicos miraron los gestos que hacían ambos para entender sus preguntas y respuestas.
Repentinamente, vieron que el forastero lanzaba una carcajada. Los niños no entendieron qué motivo de risa podía haber en el pedido de su compañero. Tampoco comprendieron que el hombre tomara cariñosamente al niño por los hombros e iniciara una larga explicación de señales. Vieron también que el niño asentía, como si entendiera perfectamente la explicación sobre ese objeto de su extrañeza, poblado en su interior por muchas hojas, como los árboles. Al cabo, el niño regresó a su grupo y les aclaró:
- No es una cura para los ojos, como pensábamos -les dijo-. El forastero acaba de explicarme que otro hombre lejano le está contando una historia en esas hojas.
- ¿Como las que el viento le cuenta al árbol cuando mueve sus hojas? - preguntó otro niño, con aire soñador y lejanías en su mirada.- Algo así - le respondió su compañero.
- Entonces -dijo el niño con lejanías en su mirada- voy a pedirle al forastero que me deje escuchar la historia que ese hombre lejano está contándole.
Y se acercó al forastero, le pidió el libro y se lo pegó al oído derecho para escuchar la historia prometida.© LA GACETA
Cuando llegó a ese pueblo ágrafo, los niños lo siguieron como a un animal desconocido pero manso. Por señas se entendieron y el hombre pudo vivir entre ellos.
Los niños advirtieron que el hombre sacaba su libro del bolsillo de la chaqueta, se sentaba sobre el tronco de un árbol umbroso y se quedaba horas ante ese objeto cuyas hojas volvía una y otra vez.
- ¿Qué hace? - se preguntaron en viva curiosidad reflejada en el blanco enorme de sus ojos asombrados.
- ¿No será un espejo donde se mira? - propuso uno.
- ¿Tanto tiempo precisa mirarse? - le objetaron.
- Tal vez sea un amuleto y necesita tocarlo mucho para que le traiga suerte.
- Y entonces, ¿por qué necesita mirarlo tanto? - le objetaron- Si es un amuleto, bastaría con que lo toque.
Los niños recurrieron al chamán de la tribu y le preguntaron:
- Señor chamán, el forastero alto y de barba rubia tiene en el bolsillo de su chaqueta un objeto habitado por muchas hojas como un árbol. Lo saca de allí y se está horas mirándolo. ¿Por qué lo hace?
- Para saberlo debo ver al hombre - propuso el Chamán; se incorporó de su choza y caminó con su bastón hacia el árbol del forastero.
Los niños esperaron mientras el chamán se alejaba con lentitud. Lo vieron detenerse a distancia del hombre sentado y con su libro entre manos. Lo vieron rascarse la cabeza, pensativo, dar la vuelta y regresar sin prisas.- ¿Pudo descubrir qué hace él con ese objeto entre las manos, señor chamán? - le preguntaron cuando estuvo cerca de ellos.
- Sí, hijos. Pude. El forastero tiene una enfermedad en los ojos y ese objeto extraño le procura alivio.
Los niños asintieron, maravillados por la sabiduría del Chamán. Como los niños sabían de otras personas en la tribu que padecían de mal en los ojos, resolvieron acercarse al forastero y pedirle que les ayudara a curarlos con la visión de ese objeto habitado como los árboles, por muchas hojas. Encargaron al más listo de entre ellos para que explicara al hombre lo que necesitaban pedirle. Con ojos y dientes blanquísimos, abiertos en una sonrisa confiada, el niño se aproximó a quien tenía entre sus manos ese objeto que atendía con tanta concentración. Los otros chicos miraron los gestos que hacían ambos para entender sus preguntas y respuestas.
Repentinamente, vieron que el forastero lanzaba una carcajada. Los niños no entendieron qué motivo de risa podía haber en el pedido de su compañero. Tampoco comprendieron que el hombre tomara cariñosamente al niño por los hombros e iniciara una larga explicación de señales. Vieron también que el niño asentía, como si entendiera perfectamente la explicación sobre ese objeto de su extrañeza, poblado en su interior por muchas hojas, como los árboles. Al cabo, el niño regresó a su grupo y les aclaró:
- No es una cura para los ojos, como pensábamos -les dijo-. El forastero acaba de explicarme que otro hombre lejano le está contando una historia en esas hojas.
- ¿Como las que el viento le cuenta al árbol cuando mueve sus hojas? - preguntó otro niño, con aire soñador y lejanías en su mirada.- Algo así - le respondió su compañero.
- Entonces -dijo el niño con lejanías en su mirada- voy a pedirle al forastero que me deje escuchar la historia que ese hombre lejano está contándole.
Y se acercó al forastero, le pidió el libro y se lo pegó al oído derecho para escuchar la historia prometida.© LA GACETA







