16 Marzo 2008 Seguir en 
“La Caldera” no fue el horno donde la familia tucumana acostumbra a masticarse las uñas. Tampoco fue el albergue de un nerviosismo típico de una instancia final. Nada de eso. La de ayer, fue una tarde distendida y amena, en la que el público pudo gozar de un espectáculo con todas las letras; ese que muchas veces no se disfruta porque los suspiros, ante cada ataque rival, paralizan los latidos del corazón rugbístico. Pero el asedio enemigo no inquietó y los rostros tranquilos, las miradas dispersas y las risas entre amigos fueron el color que ofrecieron las tribunas de Lawn Tennis. Todo era confianza y paz, ambiente que sólo se rompía con alguna escapada de Aníbal Terán, que provocaba los aplausos de los presentes.
Los suplentes “naranjas” fueron espectadores de lujo en la tarde del Parque 9 de Julio. Charla va, charla viene, hasta que el primer try, a minutos de iniciado el juego, terminó por inclinar la balanza en favor del anfitrión. Una vez más, aplausos, conversión de Mas y “alcánzame si puedes”.
En la tribuna este, Ricardo Le Fort y Alejandro Molinuevo disfrutaban del juego de sus dirigidos, ese que le permitió a La “naranja” hacer su negocio. Como también lo hicieron los vendedores de helados, gaseosas y golosinas, que no tuvieron descanso en una tarde hecha a su medida.
La familia del rugby tucumano fue a disfrutar y vaya que lo hizo. Los nervios se aproximan. Las semifinales están a la vuelta de la esquina y los corazones, tranquilos por ahora, sueñan con explotar al compás de una “naranja” infalible, sendienta de títulos.
Desde el litoral, veinte hombrecitos vestidos de celeste llegaron al parque 9 de Julio felices y contentos, con la ilusión de llevarse del “Jardín de la República” una flor llamada triunfo. Pero terminaron pidiendo los boletos de regreso a casa en carácter urgente. Lejos de su hogar y sin la fe que predica el nombre de su provincia, los hombres del “Yankee” no entendieron el mensaje del ex Puma y lo pagaron caro: una cuarentena de puntos en contra y la desilusión de saber que la derrota les costó la vida en el Argentino y, por supuesto, el pase a semifinales. Y la culpa de todo ese pesar la tienen ellos, los anfitriones, hombres de armas llevar y de sueños ajenos coartar. Porque si de algo viven estos soldados es de la fe que ellos se tienen a sí mismos, siempre.
No viven en Santa Fe, son de Tucumán, un jardín lleno de sueños por cumplir.
Los suplentes “naranjas” fueron espectadores de lujo en la tarde del Parque 9 de Julio. Charla va, charla viene, hasta que el primer try, a minutos de iniciado el juego, terminó por inclinar la balanza en favor del anfitrión. Una vez más, aplausos, conversión de Mas y “alcánzame si puedes”.
En la tribuna este, Ricardo Le Fort y Alejandro Molinuevo disfrutaban del juego de sus dirigidos, ese que le permitió a La “naranja” hacer su negocio. Como también lo hicieron los vendedores de helados, gaseosas y golosinas, que no tuvieron descanso en una tarde hecha a su medida.
La familia del rugby tucumano fue a disfrutar y vaya que lo hizo. Los nervios se aproximan. Las semifinales están a la vuelta de la esquina y los corazones, tranquilos por ahora, sueñan con explotar al compás de una “naranja” infalible, sendienta de títulos.
ANALISIS
Por: Leo Noli - Redacción LA GACETA - lnoli@lagaceta.com.ar
“La santa fe”
Por: Leo Noli - Redacción LA GACETA - lnoli@lagaceta.com.ar
“La santa fe”
Desde el litoral, veinte hombrecitos vestidos de celeste llegaron al parque 9 de Julio felices y contentos, con la ilusión de llevarse del “Jardín de la República” una flor llamada triunfo. Pero terminaron pidiendo los boletos de regreso a casa en carácter urgente. Lejos de su hogar y sin la fe que predica el nombre de su provincia, los hombres del “Yankee” no entendieron el mensaje del ex Puma y lo pagaron caro: una cuarentena de puntos en contra y la desilusión de saber que la derrota les costó la vida en el Argentino y, por supuesto, el pase a semifinales. Y la culpa de todo ese pesar la tienen ellos, los anfitriones, hombres de armas llevar y de sueños ajenos coartar. Porque si de algo viven estos soldados es de la fe que ellos se tienen a sí mismos, siempre.
No viven en Santa Fe, son de Tucumán, un jardín lleno de sueños por cumplir.










