El di­rec­tor Ist­van Sza­bo se­lló su pac­to con el dia­blo

18 Febrero 2008
Budapest.- El director húngaro Istvan Szabo, quien cumple  hoy 70 años, logró por primera vez renombre internacional en 1981 con su película "Mephisto". Con el extraordinario Klaus Maria Brandauer en el papel principal, la cinta relata la historia de un artista y actor que adula a los nazis para seguir dedicándose a su profesión, presuntamente sin problemas. El guión se basa en la novela del mismo título de Klaus Mann, quien a su vez copia la contradictoria carrera del actor alemán Gustaf Gründgens.  Por "Mephisto", Szabo recibió el Oscar a la mejor película extranjera.
En un momento en el que los regímenes comunistas en la mitad oriental de Europa parecían inamovibles, nadie podía suponer cuán profundo se enraizaba el conflicto fundamental de esa película en la personalidad de su creador. A comienzos de 2006, es decir 17 años después del retorno a la democracia, el crítico de cine húngaro Andras Gervai reveló que Szabo, en su juventud -de manera similar que el artista de "Mephisto"- selló su propio pacto con el diablo: como estudiante de la academia de cine se postuló en los años 50 como informante de la seguridad estatal comunista y elaboró informes sobre estudiantes y profesores.
Szabo, quien nació en Budapest, es co-creador del nuevo cine húngaro en los años 60. Con sólo 26 años se le brindó la oportunidad de filmar su primer largometraje. El filme "Age of Illusions" (1964), un doloroso enfrentamiento con las ilusiones y los procesos de maduración y adaptación de su generación, fue destacado por la crítica como la primera contribución original húngara al cine de autor.
Tras la caída de los regímenes comunistas sugieron "Sunshine - El amanecer de un siglo", en 1999, el retrato transgeneracional de una familia judía de Budapest, "Taking Sides", en 2001, y "Rokonok", en 2006. Sin embargo, lo central de su producción sigue siendo la trilogía de Szabo, que además de "Mephisto" incluye a "Coronel Redl”, de 1985, y "Hanussen", de 1987. Allí se muestran cuadros sociales ejemplares. Los protagonistas interpretados por Klaus Maria Brandauer son nuevos ricos, ascendentes sociales, que quedan finalmente enrededados en las trampas del poder, al que con tanta complaciencia sirven.
Con el conocimiento actual sobre todo el pasado de Szabo, queda aún más claro con cuánta agudeza presentan las biografías de la trilogía los mecanismos de poder característicos también en la patria entonces comunista de Szabo. El público húngaro entendió por supuesto de esta manera sus películas. La censura las dejó pasar porque las evidencias políticas subversivas estaban empaquetadas en parábolas históricas y porque la función de válvula de una práctica de concesión "más liberal" era mejor evaluado que el peligro de mensajes subversivos. La práctica de la "tolerancia represiva" ejercida en la Hungría comunista tardía permitió a Szabo y otros cineastas una constante empresa arriesgada entre preservación de la soberanía y adaptación. Lo que se sabe en la actualidad es que Szabo no sólo mantenía su soberanía artística contra el sistema, sino que también, aceptó de alguna manera, una complaciente adaptación. (DPA)

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