“ME RETIRO DE TODAS LAS ESTUPIDECES”. Hace dos años, Stephen King anunció que se jubilaba. Parece que no fue así.
30 Diciembre 2007 Seguir en 

La obra de un escritor que tiene que apelar a un seudónimo para poder adecuar el volumen de su producción a las necesidades comerciales de las empresas editoras tiene necesariamente que presentar altibajos en cuanto a su calidad. La cantidad de páginas que ha escrito Stephen King (y su alter ego, Richard Bachman) es tan impresionante que hubiera sido un milagro que el nivel se mantuviera inalterable a lo largo de los años.
El hombre de Maine, EE.UU, ha incursionado en cuanto soporte existe para la edición de sus escritos; además de los libros tradicionales, ha publicado en internet para ser descargado por los usuarios (con lo que provocó un sofocón entre los popes de la industria editorial); ha producido una novela por entregas (El pasillo de la muerte, en seis episodios); ha terminado hace un par de años la saga de La torre oscura (integrada por siete volúmenes) y ha entregado novelas que se convirtieron en sólidos guiones para el cine (entre otras, Carrie, El resplandor o Cuenta conmigo) y la televisión.
Sus novelas son esperadas con impaciencia por una legión de fanáticos que no siempre sienten que su autor favorito ha acertado, pero que jamás llegan a decepcionarse con el libro que tienen en sus manos.Stephen King ha logrado una suerte de complicidad con sus lectores, que saben de antemano que encontrarán en las páginas que están recorriendo los acostumbrados guiños del autor: descripciones que se cortan arbitrariamente para intercalar (en inquietante bastardilla) una reflexión que asalta la mente del protagonista; finales de capítulo que cierran parcialmente la historia, pero que introducen como al descuido un dato que preocupa al lector y lo impulsa a seguir leyendo para corroborar lo que intuye; drásticos giros en la trama que hacen pensar que el desenlace es inminente, si no fuera porque las más de 300 o 400 páginas que quedan por leer son una evidencia contundente de que todavía tienen que ocurrir muchas cosas más.En La historia de Lisey, King entrega uno de sus relatos más convincentes y profundos. Los paralelos entre el protagonista y el propio autor son de a ratos más que evidentes, al punto de que el lector acostumbrado a ponerles cara a los personajes no puede evitar imaginarse a Scott Landon con la fisonomía de Stephen King. Pero a poco de transitar las páginas de esta fascinante historia, son tantos los elementos que atrapan al lector que la única posibilidad que resta es la de dejarse llevar en la dirección que el autor decida. Es así como rápidamente se toma contacto con Lisey, la viuda de Scott Landon, un escritor de novelas de terror fallecido un par de años antes.
Lisey trata de ordenar los papeles de su marido, a través de los que evoca 25 años de un matrimonio en el que las cosas no siempre han andado sobre ruedas. Este proceso llevará a la mujer a descubrir nuevas facetas en la personalidad de su esposo y a vivir una serie de experiencias alucinantes en un riesgoso viaje a las profundidades del alma de la persona con la que compartió una relación de profunda intimidad. De paso, y sin dejar de fascinar al lector a medida que pasan las páginas, King aprovecha para reflexionar sobre los misterios de la creación artística, la delgada línea que traza la frontera entre el mundo de los cuerdos y el de los locos, y la comunión espiritual que pueden alcanzar dos personas unidas por algo más que una alianza matrimonial.
Para sus críticos, King sólo es un autor que vende millones de libros contando siempre las mismas historias; si esto es cierto, lo es también el hecho de que los fanáticos del escritor repiten la conducta de los chicos, que esperan noche tras noche el mismo cuento y lo escuchan con fascinación renovada. Siempre que esté bien contado.
La obra de Stephen King es copiosa y despareja. La historia de Lisey, editada después de que el autor anunció que se jubilaba ("Me retiro de todas las estupideces. No deseo otro contrato para un libro", declaró hace dos años), marca uno de los puntos más altos de su producción.© LA GACETA
El hombre de Maine, EE.UU, ha incursionado en cuanto soporte existe para la edición de sus escritos; además de los libros tradicionales, ha publicado en internet para ser descargado por los usuarios (con lo que provocó un sofocón entre los popes de la industria editorial); ha producido una novela por entregas (El pasillo de la muerte, en seis episodios); ha terminado hace un par de años la saga de La torre oscura (integrada por siete volúmenes) y ha entregado novelas que se convirtieron en sólidos guiones para el cine (entre otras, Carrie, El resplandor o Cuenta conmigo) y la televisión.
Sus novelas son esperadas con impaciencia por una legión de fanáticos que no siempre sienten que su autor favorito ha acertado, pero que jamás llegan a decepcionarse con el libro que tienen en sus manos.Stephen King ha logrado una suerte de complicidad con sus lectores, que saben de antemano que encontrarán en las páginas que están recorriendo los acostumbrados guiños del autor: descripciones que se cortan arbitrariamente para intercalar (en inquietante bastardilla) una reflexión que asalta la mente del protagonista; finales de capítulo que cierran parcialmente la historia, pero que introducen como al descuido un dato que preocupa al lector y lo impulsa a seguir leyendo para corroborar lo que intuye; drásticos giros en la trama que hacen pensar que el desenlace es inminente, si no fuera porque las más de 300 o 400 páginas que quedan por leer son una evidencia contundente de que todavía tienen que ocurrir muchas cosas más.En La historia de Lisey, King entrega uno de sus relatos más convincentes y profundos. Los paralelos entre el protagonista y el propio autor son de a ratos más que evidentes, al punto de que el lector acostumbrado a ponerles cara a los personajes no puede evitar imaginarse a Scott Landon con la fisonomía de Stephen King. Pero a poco de transitar las páginas de esta fascinante historia, son tantos los elementos que atrapan al lector que la única posibilidad que resta es la de dejarse llevar en la dirección que el autor decida. Es así como rápidamente se toma contacto con Lisey, la viuda de Scott Landon, un escritor de novelas de terror fallecido un par de años antes.
Lisey trata de ordenar los papeles de su marido, a través de los que evoca 25 años de un matrimonio en el que las cosas no siempre han andado sobre ruedas. Este proceso llevará a la mujer a descubrir nuevas facetas en la personalidad de su esposo y a vivir una serie de experiencias alucinantes en un riesgoso viaje a las profundidades del alma de la persona con la que compartió una relación de profunda intimidad. De paso, y sin dejar de fascinar al lector a medida que pasan las páginas, King aprovecha para reflexionar sobre los misterios de la creación artística, la delgada línea que traza la frontera entre el mundo de los cuerdos y el de los locos, y la comunión espiritual que pueden alcanzar dos personas unidas por algo más que una alianza matrimonial.
Para sus críticos, King sólo es un autor que vende millones de libros contando siempre las mismas historias; si esto es cierto, lo es también el hecho de que los fanáticos del escritor repiten la conducta de los chicos, que esperan noche tras noche el mismo cuento y lo escuchan con fascinación renovada. Siempre que esté bien contado.
La obra de Stephen King es copiosa y despareja. La historia de Lisey, editada después de que el autor anunció que se jubilaba ("Me retiro de todas las estupideces. No deseo otro contrato para un libro", declaró hace dos años), marca uno de los puntos más altos de su producción.© LA GACETA







