
¿Nada nuevo en la Universidad? Nada nuevo, salvo la incidencia de la crisis que por una parte hace más difícil la gestión y por otra incita a renovarse y a innovar, como nos ocurre a todos. Aunque parezco poco atinado, he vuelto a mis notas de treinta años atrás -1972 nada menos- sobre el libro de Hervé Carrier. Era rector de la Universidad Gregoriana, una expresión de calidad conseguida por la Iglesia en Roma.
El título era sugestivo: "La Universidad entre el compromiso y la libertad". Y, efectivamente, todos ven a las universidades como muy comprometidas, pero con sus problemas internos, más que con la sociedad. Y lo que llamaba la atención del rector de la Gregoriana era esa contradicción de cumplir libremente sus tareas culturales, pero adaptándose a un medio cada vez más socializado, a pesar del individualismo que prevalece en Occidente.
Hace mucho -y los cordobeses lo sabemos bien- ha concluido la pacífica soledad de las universidades. Es una institución pública, de gestión estatal o privada, y como tal debe redefinirse en relación con los dinamismos y con los conflictos de la sociedad global. La matrícula universitaria ha crecido en todo el mundo en proporción casi siempre inesperada. La UNESCO decía que la Universidad nacida en un claustro se ha convertido en un ágora.
Pero como el poder en la sociedad industrial y posindustrial nace del saber, la presión no viene sólo de las ideologías, sino también de la tecnología. Todo entra en la Universidad: la clonación, el genoma humano, etcétera.
Y es una contradicción frecuente, que la Universidad se cierre sobre sí misma en una autonomía tan amplia que niega a la sociedad. Desde luego, este pensamiento de Alfred Seuvy no pretende restringir la autonomía, sino mantener abierta la casa de altos estudios a la sociedad que la necesita.
Porque la Universidad -toda Universidad- es parte del proyecto nacional, tiene responsabilidad en su desarrollo. La necesidades humanas son determinadas por la demanda o por la presión pública, pero la Universidad debe tener presentes las necesidades que van más allá de la presión social. Es el caso de la excelencia, que no nace de las pretensiones sociales, sino de la realidad, como está clamando la actual situación argentina.
La función crítica
Se sabe que la Universidad debe cumplir una función crítica del sistema social. La crítica nace del ejercicio de la libertad intelectual pero ha sido copada por la lucha reivindicativa. En esa particular situación, Mannheim la describe como el carácter frenético de una mentalidad utópica. Y así suele tomar un carácter anticultural, curiosamente.
Pero estos excesos -dice Carrier- no deben hacer olvidar que la función crítica de la Universidad es un servicio que no sólo nace de la confrontación de las generaciones, sino de la aptitud de la enseñanza y de la investigación para esclarecer y promover las prioridades de la Nación. Y no es exigido sólo por las ideologías sino por la evolución de las ciencias y los modos actuales del saber humano.
Las consecuencias pedagógicas de lo que decimos están a la vista: una personalización creciente de alumnos y profesores, que ha flexibilizado las relaciones; una democratización del gobierno de la comunidad universitaria, que debe respetar la primacía del que enseña; una concepción orgánica de la pedagogía que debe considerar a cada estudiante agente primordial de su propia formación; una estimación del dinamismo de la juventud con una nueva sensibilidad para superar la brecha de las generaciones que quizás está en aumento.
Mis anotaciones de entonces sobre el libro de Carrier siguen y no podré repetir todas. En la era del cambio planificado y globalizado, emerge un proceso tendiente a provocar directamente el cambio mismo. Vaya si hay tema para otro artículo...
Al comienzo del artículo previne que la autonomía de la Universidad, tanto de gestión estatal como privada, no debe cerrarse a la sociedad, porque toda Universidad es un proyecto. Es un instrumento del desarrollo social, político y económico. Recordé que tiene también una función crítica que no debe ejercerse unilateralmente, sino para superar las falencias de la sociedad. O sea, no como los sindicatos, que deben dar prioridad a su clase, sino como los gobiernos, que deben mirar más allá.
Nuestras universidades estatales no tienen cupo ni arancel. Se invoca a la Constitución y es cierto, pero respecto del arancel, está abierta la opción, porque nuestra ley fundamental habla de equidad. También de gratuidad. La primera es el género, la segunda, la especie. Una interpretación armónica de la Constitución hace aceptable el arancel para quienes tienen recursos.
El problema crucial es conciliar la apertura de la Universidad a todos sus aspirantes, con la excelencia que dé a la sociedad profesionales idóneos, investigadores a la ciencia y una permanente indagación de la verdad en todos los campos. O sea que son indisociables la democratización de la Universidad y la excelencia. No parece así en muchas casas de estudio. Pero no podemos renunciar a ese elevado rol de la Universidad y dejárselo a favor de los empresarios o al marketing.
La participación en la Universidad no debe cansar a sus protagonistas: hay que superar el conflicto con la solidaridad, y si se toma parte en las decisiones no se puede rechazar las responsabilidades que de ellas se derivan. "La colegialidad debe continuar -dice Carrier- pero la calidad de la participación es una conquista consciente".
Las conclusiones de Carrier, rector que fue de la Gregoriana, son compartibles:
-El carácter perecedero de algunos conocimientos -cada vez más- exige la educación permanente.-Como el estudiante es más protagonista, puede crearle más ansiedad que cuando se apoyaba en el profesor.
El dinamismo que adquieren la investigación y la enseñanza en la nueva pedagogía (New Learning) acentúa el carácter crítico de la Universidad, aparte de las ideologías.
-La fragmentación de los conocimientos exige apoyarse más que antes en un humanismo integral y en las razones de vivir.
-Por fin, la relación profesor-discípulo se despersonaliza.
Estas advertencias de Carrier debieran impulsarnos a redescubrir lo humano en la sociedad tecnológica y desde luego en la Universidad.
De pronto, he recordado la noticia de que la obra completa de Xul Solar, artista argentino ya fallecido, se exhibirá en el Museo Reina Sofía de Madrid. Esta obra revela cierto esoterismo de la sociedad contemporánea, pero trasmite una cierta espiritualidad en su lenguaje de signos. Yo elijo sus escaleras, que permiten o ascender a la verdad, o a la utopía. Y entre las dos, la opción es ineludible: ascender a la verdad. Si alguien prefiere la utopía, que sea correctiva de la realidad.Corregir la realidad parece ser la misión de este tiempo argentino. Debemos convertirnos para que la austeridad, la solidaridad y el trabajo bien hecho, en una sociedad con los menores conflictos posibles, nos devuelvan la seguridad jurídica, y con ella, el estado de derecho. Y no hay estado de derecho sin justicia y no hay justicia sin perdón. Pero no hay sociedad en desarrollo sin Universidad. (c) LA GACETA







