Creer en los Reyes Magos

Por Fernando Laborda (para LA GACETA - Buenos Aires). Nadie parece esperar una crisis en la Argentina que gobierna Kirchner. Sin embargo, habría que recordar, una y otra vez,

02 Abril 2006

Por lo general, nadie o casi nadie espera una crisis en un país cuya economía crece a lo largo de tres años consecutivos a tasas del 9 por ciento anual. Mucho menos cuando las fiestas del último fin de año exhiben un boom del consumo y la posibilidad de llevarse toda clase de artículos electrodomésticos en cómodas cuotas sin intereses.Alguien podrá esgrimir que los beneficios de esa supuesta bonanza económica sólo llegan a unos pocos, aquellos que se encuentran en los escalones más elevados de la pirámide social. Es cierto. Pero tampoco los sectores bajos aguardan en estos días una crisis. Los índices de desempleo podrán ser manipulados, pero no mienten demasiado: hay bastante más trabajo que en los peores días de la Argentina de 2001-2002 y, al mismo tiempo, muchos más fondos inyectados desde el Estado para ayuda social.Nadie parece esperar una crisis en la Argentina que hoy gobierna Néstor Kirchner. Sin embargo, habría que recordar una y otra vez que las crisis casi nunca son previsibles. Si siempre lo fueran, simplemente no existirían.Pero es difícil entender esto en la actualidad, frente al elevado respaldo de la opinión pública al gobierno nacional, que abruma a los refutadores de leyendas, siempre proclives, según sus adversarios, a los pronósticos agoreros.La tarea de estos refutadores de leyendas es tan compleja y desagradable como la de quien pretende convencer a un niño de que los Reyes Magos sólo existen en los cuentos y en el mundo de los sueños. Deben competir con avezados vendedores de ilusiones que reparten optimismo en la sociedad, como quien con facilidad difunde entre los chicos que hay ratones que dejan dinero bajo las almohadas si uno les pone un diente o que soplando panaderos se cumplirá cualquier deseo.El debate entre ilusionistas y agoreros acerca del devenir socioeconómico de la Argentina nos trae a la memoria la ancestral discusión sobre la existencia de los Reyes Magos, brillantemente graficada por el escritor Alejandro Dolina en sus Crónicas del Angel Gris. Allí, los hombres sensibles de Flores invitan a los niños a creer en los Reyes y en las hadas, a diferencia de los refutadores de leyendas. Estos últimos son acusados de obrar de este modo con el único propósito de ahorrarse el regalo en la noche del 6 de enero. Los refutadores, en cambio, esgrimen que muchos chicos sólo fingen creer, aun siendo escépticos, para encontrarse con la pelota o la muñeca junto a sus zapatitos.Es lindo creer en los Reyes Magos. Como también es lindo imaginar que nuestro país ha dejado atrás sus penurias y se encamina hacia la Argentina potencia que siempre soñamos. Más nada de eso es tan fácil como se supone.Evidentemente, la sociedad argentina necesita creer en algo, sobre todo después de la trágica crisis socioeconómica e institucional que la sacudió a fines de 2001. Y no puede resultar difícil entender en función de eso el amplio apoyo popular del que goza el gobierno kirchnerista. Del mismo modo, desde la Casa Rosada se cometería una tremenda equivocación si se creyera que los respaldos de la opinión pública son eternos.Las batallas políticas en nuestros días se definen con dos variables fundamentales: el bolsillo y las expectativas. De ahí que el gobierno nacional no repare en mecanismo alguno para controlar hasta el último centavo que se dirige a financiar una obra pública, aunque ello derive en rebeliones de gobernadores provinciales, como ocurrió con el santacruceño Sergio Acevedo. Y de ahí también que el Presidente de la Nación polemice casi a diario con comunicadores, diarios, empresarios y cualquier portador de una voz más o menos independiente que cuestione su gestión o advierta acerca de peligros inminentes para la economía. El manejo del dinero y el control de las expectativas sociales son la clave para las elecciones de 2007.El gran enemigo del gobierno hoy parece ser la inflación. Los voceros del Poder Ejecutivo insisten en que quienes hoy pronostican un estallido inflacionario son los mismos que vaticinaban una crisis energética que nunca se produjo. También explican que una inflación del 12 por ciento como la del año último con un crecimiento económico simultáneo del 9 por ciento, está lejos de ser un problema, porque es un simple costo de ese crecimiento.Los escépticos, en cambio, recuerdan la anécdota del médico que recurrentemente le decía a un fumador empedernido que si no dejaba de fumar iba a morirse de cáncer. Y cada año, el fumador visitaba a su médico y le decía: "vio que no me morí". Hasta que un día falleció como consecuencia de un cáncer pulmonar.Las herramientas del gobierno para frenar el aumento del costo de vida parecen limitarse a la extensión de los poco originales acuerdos de precios a cada vez más sectores de la economía; a evitar cualquier incremento en las tarifas de servicios públicos residenciales y a algo a lo que ya nos acostumbramos: la pretensión de bajar los precios a los gritos. Claro que, recientemente, se produjo una innovación: la prohibición de exportar carne por 180 días a los efectos de aumentar su oferta en el mercado doméstico y generar una baja en su precio, a costa de consecuencias nefastas para la seguridad jurídica y la estabilidad de las reglas de juego.Todo el mundo espera otra cosa. Concretamente, señales que incentiven al único remedio contra la inflación: el aumento de la inversión. Sin él, y en un contexto de creciente demanda de bienes y servicios, los precios de la economía seguirán disparándose y más aún con una política monetaria expansiva.Pero la inversión no llega de la forma en que debería llegar. Hoy la Argentina atrae menos inversión extranjera directa que México, Brasil y Chile, al tiempo que dos empresas europeas de pasta celulósica prefirieron desarrollar sus proyectos en la vecina orilla del Uruguay.¿Por qué no se produce el tan esperado salto argentino en materia de inversiones? ¿Qué tiene que hacer la Argentina para convencer a los inversores después de tres años de crecimiento ininterrumpido al 9 por ciento anual? Sin dudas, no alcanza con el crecimiento económico ni con la rentabilidad. Hacen falta seguridad jurídica y calidad institucional. ¿Acaso un potencial inversor puede apostar por un país en el que su principal autoridad pública parece decirles a los empresarios que si les va bien y aumenta la demanda de sus productos, deberán bajar los precios o dejar de exportar? Nuestro problema no es económico. Es moral.Hacia fines del año último, el Congreso sancionó una nueva prórroga de la ley de emergencia económica, en virtud de la cual se le asignan al presidente de la Nación facultades extraordinarias para tomar las medidas necesarias para superar esa situación excepcional. El hecho de que se haya cancelado al contado, y sin que hubiera urgencia de ningún tipo, el total de la deuda con el FMI, por unos 9.000 millones de dólares, no sólo parece desmentir la existencia de esa supuesta emergencia económica. También parece indicar que una de las peores emergencias por las que atraviesa nuestro país guarda relación con el engaño y con la vocación oficial por gozar de la suma del poder público.Días atrás, accidentalmente, descubrí un caso sorprendente, aunque seguramente lejano a lo singular. Bombardeado por una campaña de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), dirigida al blanqueo del trabajo doméstico, un conocido le comentó a su empleada por horas que, a partir de ahora, debía hacerle un aporte a la seguridad social para que tuviera los beneficios de una obra social y de una futura jubilación. La respuesta de la empleada, habitante de una de las zonas más humildes del Gran Buenos Aires, no se hizo esperar: "se lo agradezco mucho, señor. Pero mejor sería dejar todo como está. Porque si me hace aportes, se van a dar cuenta de que tengo un trabajo y no me pagarán más los 200 pesos del Plan Familias". No hubo forma de convencer a la mujer: no necesita obra social para atenderse en el hospital público o en la sala de primeros auxilios de su barrio y la jubilación le parece algo muy lejano todavía.El ejemplo no sólo demuestra cuánto ha prendido la cultura del clientelismo y del prebendarismo en vastos sectores de nuestra población, al punto de envolverlos en sus inmoralidades emergentes. También nos permite desentrañar dónde está la verdadera tragedia argentina. Está en cada uno de nosotros. No tiene sentido esperar una crisis. La crisis nunca nos abandonó.(c) LA GACETA

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