Sobre personajes del mundo y del país

Por Federico Abel. Recopilación donde conviven el periodismo con la medicina.

02 Abril 2006

La faja turquesa colocada publicitariamente sobre el lomo de este libro resalta con rutilancia -y en amarillo- que el trabajo ya va por su sexta edición, de 40.000 ejemplares. El éxito, en ocasiones, resulta incomprensible; pareciera tener su propia y caprichosa lógica. Porque lo más interesante de este texto, para no decir que todo se acaba allí, es el prólogo. En él, Castro se justifica a sí mismo: explica cómo y por qué, habiendo estudiado Medicina y habiéndose especializado en Neurología (en Ohio, Estados Unidos), desembocó en el periodismo. El razonamiento que usa es atractivo, aunque luego falla cuando tiene que probar su aplicación a los hombres de poder que estudia. Afirma que, mientras el médico estudia y previene las enfermedades que padecen las personas, el periodista husmea en los hechos producidos por esas mismas personas, muchas veces condicionadas por los males físicos que las afectan. Luego combina esta teoría con otra, aún más interesante -al menos para el cronista- y supuestamente difundida por el escritor Ernest Hemingway. Según este, los políticos que llegan a los máximos cargos terminan enfermándose de poder y los síntomas de este padecimiento son la hipersensibilidad, la incapacidad para soportar las críticas y la convicción de que son imprescindibles para el curso de la historia. A ello hay que sumar que los gobiernos, cuando sus máximos líderes son internados en un hospital o sanatorio, la mayoría de las veces suelen minimizar el hecho y reducirlo a mero chequeo de rutina, cuando no a ocultarlo deliberadamente, olvidando que la salud de un presidente es también una cuestión de Estado, como bien recuerda el autor. Semejante planteo al comienzo genera expectativas y hace presumir un desarrollo igual de consistente, pero no. Todo termina en un apretado y apurado catálogo de carreras políticas y enfermedades, casi al borde de lo hipocondríaco.
En la primera parte, dedicada exclusivamente a personajes argentinos, Castro diagnostica sobre el caso de diez presidentes, de Manuel Quintana a Néstor Kirchner, pasando por Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón, naturalmente. En la segunda, se aboca a once líderes internacionales, todos ellos decisivos para el derrotero del siglo XX: Lenin, Adolf Hitler, Winston Churchill, Franklin Roosevelt, John Kennedy y Juan Pablo II, entre otros. Con suerte irregular, el autor intenta diseñar el perfil médico-político (pato-biografía, dirían algunos) de cada uno de ellos. Pero no hay un argumento o hilo conductor que permita justificar la selección de los casos expuestos o, inversamente, que la descripción de sus vidas permita inferir que sus padecimientos terminaron por condicionar sus acciones públicas o, bien, que terminaron enfermos de poder, como sugiere el confundidor título del libro. Más bien parecería que Castro se ha propuesto escribir un texto para que en él, por fin, puedan convivir, aunque forzadamente, sus dos amores: el periodismo y la medicina, lo que, por cierto, no merece ningún reproche. Ocurre que en cada semblanza, el cronista se detiene minuciosamente en los avatares que llevaron al poder al sujeto en cuestión -Roque Sáenz Peña, por ejemplo-, pero de pronto hace un alto y le cede la pluma al galeno, que con precisión científica desmenuza en qué consiste la hipertensión arterial (a propósito del militar procesista Roberto Eduardo Viola), un soplo carotídeo sobre el lado derecho del cuello (a propósito de la supuesta gripe que había contraído el ex presidente Carlos Menem en octubre de 1993), o un neumotórax, como el que sufrió Fernando de la Rúa en noviembre de 1999, apenas fue electo presidente (aún no había asumido) y antes de que se supiera que también padecía de arterioesclerosis (incluso política).
En definitiva, se trata de una prolija recopilación, posible base para un estudio más profundo y con un argumento nítido, que se desembaraza y que no concreta las buenas intenciones puestas de manifiesto en el prólogo. Estas desavenencias quedan al descubierto en el título ("Enfermos de poder"), que sugiere hombres ebrios y ávidos por controlar todo; en ese caso, el Estado, cosa que no se prueba en el texto, y, por ello, Castro tiene que recurrir al menos pretencioso subtítulo: "La salud de los presidentes y sus consecuencias". Más sincero y ajustado a la realidad (del libro) hubiera sido efectuar un simple cambio de preposiciones ("con" por "a"), pero seguramente habría sido un título menos publicitario. Y menos vendible, por cierto. (c) LA GACETA

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