02 Abril 2006 Seguir en 

Dijo Auguste Comte que la demografía es el destino. El pensador francés exageraba -bien que mal, la historia no se reduce a una nota al pie de la página de una recopilación de estadísticas-, pero no lo hacía por mucho. Las vicisitudes demográficas nos ayudan a entender el porqué del ascenso de Roma y el ocaso de Grecia que, despoblada y desmoralizada, formaría una parte menor de su imperio creciente. También tuvo que ver con el agotamiento de España luego de su hora de esplendor, su reemplazo como la "superpotencia" reinante por Francia primero e Inglaterra después y, por fin, el gran desafío que plantearía el surgimiento de Alemania.
Pues bien, la demografía está por cobrar una víctima ilustre: Europa. Hace poco se informó que la tasa de nacimientos en Alemania ya es de apenas 1,36 hijo por cada mujer. Pero los alemanes no son los únicos que se niegan a procrear. Para los italianos y rusos, la tasa correspondiente es 1,2; para los españoles, es 1,1. Aunque Europa es más próspera que nunca, ostenta tendencias demográficas apropiadas para una época de grandes plagas, como la peste negra. Puesto que para que una población se mantenga estable es necesario que por promedio haya 2,1 hijos por mujer, se estima que dentro de un par de generaciones algunos pueblos europeos "nativos" constituirán minorías en sus propios países.
Lo que está sucediendo es tan desconcertante que pocos quieren pensar en las connotaciones. Mas convendría que lo hicieran. A menos que se produzca muy pronto un cambio radical -y harto improbable- en la conducta de quienes están en condiciones de procrear, la Europa que conocemos desaparecerá antes de que se hayan jubilado algunos lectores de este comentario. Podrán visitar París, Londres, Florencia o Madrid, pero para entonces, con escasas excepciones los parisienses, londinenses, florentinos y madrileños no tendrán mucho en común con sus homónimos actuales, porque los habrán reemplazado personas muy diferentes oriundas de otras latitudes.
Para atenuar los problemas que causaría el déficit demográfico, en especial el supuesto por la imposibilidad matemática de mantener por mucho tiempo más los arreglos previsionales generosos que se crearon cuando se suponía que los jóvenes siempre abundarían, los gobiernos europeos, respaldados por las elites académicas y mediáticas, decidieron hace varias décadas aprovechar el superávit en el mismo rubro del Tercer Mundo. Pensaban que los inmigrantes no tardarían en adaptarse a las pautas europeas. En los años sesenta y setenta, les parecía que todo funcionaba como habían previsto. Para su satisfacción, los marroquíes, argelinos, pakistaníes y turcos, que conformaban el grueso de los recién venidos, aceptaron sin chistar ocupar un lugar modesto en la sociedad y se suponía que sus hijos serían buenos europeos.
Pero entonces algo inesperado sucedió. Aunque las elites estaban preparadas para enfrentar la resistencia de obreros y burgueses de actitudes, a su juicio, retrógradas a "la invasión" de millones de inmigrantes procedentes de Africa del Norte y del Medio Oriente, no preveían que no sólo los inmigrantes de la primera generación sino también sus descendientes serían reacios a integrarse. Lo mismo que los europeos de siglos anteriores que obligaron a países asiáticos a cederles derechos extraterritoriales porque les era inconcebible someterse a las leyes feroces de países como China o el Japón, los musulmanes que conformaban el grueso de los recién venidos también querrían mantenerse fieles a sus propias costumbres y a tradiciones legales derivadas del Alcorán.
Para hacer todavía más difícil la integración, Irán, Pakistán y todos los países árabes no tardarían en verse agitados por una renovación religiosa -un "revival"- de la clase que con cierta frecuencia ha convulsionado el mundo islámico. Una vez más, predicadores furibundos llamarían a los creyentes a una guerra santa contra los cristianos, judíos, hindúes y ateos infieles. Merced a la televisión satelital y a internet, sus palabras llegarían a los oídos de los jóvenes musulmanes europeos.
Como es natural, muchos se sentirían vindicados al ser informados de que, lejos de ser inferiores a sus vecinos cristianos o poscristianos, eran en realidad superiores y que un día las banderas del Islam flamearían sobre los palacios y parlamentos de Europa. Algunos miles -tal vez, decenas de miles- se unirían a Al-Qaeda o a células locales de aspiraciones similares. Otros se limitarían a amenazar a sus vecinos con una muerte terrible si osaran mofarse del profeta Mahoma u opinaran que demasiados musulmanes son proclives a la violencia.
Es verdad que sólo se trata de una minoría, pero de una que, además de ser bastante nutrida, disfruta de la simpatía de la mayoría de sus correligionarios: según una encuesta organizada hace poco por el diario londinense "The Times", el 37 por ciento de los 1,6 millón de musulmanes británicos cree que es legítimo atacar a sus compatriotas judíos porque todos serían sionistas, mientras que un 16 por ciento manifiesta su aprobación de las "bombas humanas".
La reacción inicial de las elites europeas frente a la irrupción de la militancia islámica fue de incredulidad. Se resistieron a tomarla en serio porque en el "viejo mundo" posmoderno los más dan por descontado que la religión es una reliquia bárbara. Además, les parece malo sugerir que una cultura determinada, sobre todo la propia, podría ser mejor que otra. También se enorgullecen de su pacifismo: quieren creer que en el fondo todos anhelan la paz y que, en vista de que Europa logró purgarse de sus viejos instintos bélicos, el mismo fenómeno debería reproducirse en otras partes del mundo.
Por lo tanto, los dirigentes europeos no respondieron a los yihadistas como hubieran hecho sus antepasados. Prefirieron preguntarse: ¿qué hicimos para enojarlos?; ¿qué podríamos hacer para que nos amen? Huelga decir que tanta humildad envalentonaría todavía más a los paladines de la guerra santa cuyos líderes ya ni siquiera procurarán disimular su intención de difundir su fe severísima por todos los medios; sobre todo, por el terror.
¿Podrá Europa recuperarse antes de que sea demasiado tarde? Es poco probable. En las democracias laicas y libertarias, tratar de persuadir a la gente a procrear por la patria, o incluso para salvar al Estado benefactor, provocaría más carcajadas que nacimientos. En cuanto a la inmigración como panacea, acaso serviría si no fuera por el hecho de que en el caso de Europa los países donantes, por llamarlos así, son casi todos musulmanes. Al igual que los europeos cristianos de antaño que estaban pletóricos de confianza en su propio estilo de vida, muchos musulmanes creen que su religión, la que desde su origen es aún más guerrera e imperial que el cristianismo de los días de la Iglesia militante, está destinada a heredar la Tierra, comenzando con aquella parte que se les escapó de las manos algunos siglos atrás. Aunque es de suponer que los europeos se defenderán, tal y como están las cosas las aspiraciones de los islamistas distan de ser delirantes. (c) LA GACETA
Pues bien, la demografía está por cobrar una víctima ilustre: Europa. Hace poco se informó que la tasa de nacimientos en Alemania ya es de apenas 1,36 hijo por cada mujer. Pero los alemanes no son los únicos que se niegan a procrear. Para los italianos y rusos, la tasa correspondiente es 1,2; para los españoles, es 1,1. Aunque Europa es más próspera que nunca, ostenta tendencias demográficas apropiadas para una época de grandes plagas, como la peste negra. Puesto que para que una población se mantenga estable es necesario que por promedio haya 2,1 hijos por mujer, se estima que dentro de un par de generaciones algunos pueblos europeos "nativos" constituirán minorías en sus propios países.
Lo que está sucediendo es tan desconcertante que pocos quieren pensar en las connotaciones. Mas convendría que lo hicieran. A menos que se produzca muy pronto un cambio radical -y harto improbable- en la conducta de quienes están en condiciones de procrear, la Europa que conocemos desaparecerá antes de que se hayan jubilado algunos lectores de este comentario. Podrán visitar París, Londres, Florencia o Madrid, pero para entonces, con escasas excepciones los parisienses, londinenses, florentinos y madrileños no tendrán mucho en común con sus homónimos actuales, porque los habrán reemplazado personas muy diferentes oriundas de otras latitudes.
Para atenuar los problemas que causaría el déficit demográfico, en especial el supuesto por la imposibilidad matemática de mantener por mucho tiempo más los arreglos previsionales generosos que se crearon cuando se suponía que los jóvenes siempre abundarían, los gobiernos europeos, respaldados por las elites académicas y mediáticas, decidieron hace varias décadas aprovechar el superávit en el mismo rubro del Tercer Mundo. Pensaban que los inmigrantes no tardarían en adaptarse a las pautas europeas. En los años sesenta y setenta, les parecía que todo funcionaba como habían previsto. Para su satisfacción, los marroquíes, argelinos, pakistaníes y turcos, que conformaban el grueso de los recién venidos, aceptaron sin chistar ocupar un lugar modesto en la sociedad y se suponía que sus hijos serían buenos europeos.
Pero entonces algo inesperado sucedió. Aunque las elites estaban preparadas para enfrentar la resistencia de obreros y burgueses de actitudes, a su juicio, retrógradas a "la invasión" de millones de inmigrantes procedentes de Africa del Norte y del Medio Oriente, no preveían que no sólo los inmigrantes de la primera generación sino también sus descendientes serían reacios a integrarse. Lo mismo que los europeos de siglos anteriores que obligaron a países asiáticos a cederles derechos extraterritoriales porque les era inconcebible someterse a las leyes feroces de países como China o el Japón, los musulmanes que conformaban el grueso de los recién venidos también querrían mantenerse fieles a sus propias costumbres y a tradiciones legales derivadas del Alcorán.
Para hacer todavía más difícil la integración, Irán, Pakistán y todos los países árabes no tardarían en verse agitados por una renovación religiosa -un "revival"- de la clase que con cierta frecuencia ha convulsionado el mundo islámico. Una vez más, predicadores furibundos llamarían a los creyentes a una guerra santa contra los cristianos, judíos, hindúes y ateos infieles. Merced a la televisión satelital y a internet, sus palabras llegarían a los oídos de los jóvenes musulmanes europeos.
Como es natural, muchos se sentirían vindicados al ser informados de que, lejos de ser inferiores a sus vecinos cristianos o poscristianos, eran en realidad superiores y que un día las banderas del Islam flamearían sobre los palacios y parlamentos de Europa. Algunos miles -tal vez, decenas de miles- se unirían a Al-Qaeda o a células locales de aspiraciones similares. Otros se limitarían a amenazar a sus vecinos con una muerte terrible si osaran mofarse del profeta Mahoma u opinaran que demasiados musulmanes son proclives a la violencia.
Es verdad que sólo se trata de una minoría, pero de una que, además de ser bastante nutrida, disfruta de la simpatía de la mayoría de sus correligionarios: según una encuesta organizada hace poco por el diario londinense "The Times", el 37 por ciento de los 1,6 millón de musulmanes británicos cree que es legítimo atacar a sus compatriotas judíos porque todos serían sionistas, mientras que un 16 por ciento manifiesta su aprobación de las "bombas humanas".
La reacción inicial de las elites europeas frente a la irrupción de la militancia islámica fue de incredulidad. Se resistieron a tomarla en serio porque en el "viejo mundo" posmoderno los más dan por descontado que la religión es una reliquia bárbara. Además, les parece malo sugerir que una cultura determinada, sobre todo la propia, podría ser mejor que otra. También se enorgullecen de su pacifismo: quieren creer que en el fondo todos anhelan la paz y que, en vista de que Europa logró purgarse de sus viejos instintos bélicos, el mismo fenómeno debería reproducirse en otras partes del mundo.
Por lo tanto, los dirigentes europeos no respondieron a los yihadistas como hubieran hecho sus antepasados. Prefirieron preguntarse: ¿qué hicimos para enojarlos?; ¿qué podríamos hacer para que nos amen? Huelga decir que tanta humildad envalentonaría todavía más a los paladines de la guerra santa cuyos líderes ya ni siquiera procurarán disimular su intención de difundir su fe severísima por todos los medios; sobre todo, por el terror.
¿Podrá Europa recuperarse antes de que sea demasiado tarde? Es poco probable. En las democracias laicas y libertarias, tratar de persuadir a la gente a procrear por la patria, o incluso para salvar al Estado benefactor, provocaría más carcajadas que nacimientos. En cuanto a la inmigración como panacea, acaso serviría si no fuera por el hecho de que en el caso de Europa los países donantes, por llamarlos así, son casi todos musulmanes. Al igual que los europeos cristianos de antaño que estaban pletóricos de confianza en su propio estilo de vida, muchos musulmanes creen que su religión, la que desde su origen es aún más guerrera e imperial que el cristianismo de los días de la Iglesia militante, está destinada a heredar la Tierra, comenzando con aquella parte que se les escapó de las manos algunos siglos atrás. Aunque es de suponer que los europeos se defenderán, tal y como están las cosas las aspiraciones de los islamistas distan de ser delirantes. (c) LA GACETA







