Particular universo fantástico y onírico del autor

Por Gustavo Pablos. Episodios inesperados y el intento de resolver el enigma del desequilibrio.

31 Diciembre 2005

Desde la década del sesenta, Abelardo Castillo viene sorprendiendo al lector argentino con cuentos y novelas rigurosamente trabajados que le confirieron un lugar de privilegio en la narrativa nacional. El presente volumen es el tomo V de ese libro único al que dio el nombre de Los mundos reales.
En esta serie continúa con la creación de ese particular universo fantástico y onírico que le permitió obtener, hace más de cuarenta años, el premio Casa de las Américas con los cuentos de Las otras puertas. Por lo tanto, las piezas de este libro son fieles a las directrices del género fantástico, ese espacio de la ficción donde se instaló cómodamente poco después de un inicio donde aquel convivía con ciertas formas del realismo. El primer cuento, "La cosa", es de factura bien fantástica y desde el mismo título alude a una presencia inquietante, entre real e imaginaria; un fantasma privado que va cambiando de dueño y toma la forma que este le asigna. En "La mujer de otro" se relata el encuentro de dos hombres que, en el pasado, amaron a una misma mujer.
A su vez, en "El tiempo de Milena" el protagonista se enamora en la década del sesenta de una joven, y mientras el tiempo pasa para él, la amada mantiene su edad. Como dice el narrador: "Claro que el tiempo de Milena y el mío no corrían de la misma manera, ni siquiera, quizás, en el mismo sentido. Pero esto lo comprendí del todo mucho tiempo después". Sin embargo, en una clásica resolución de cambios y pasajes de secuencias espacio-temporales, se le otorga la oportunidad de ingresar en una semana de la vida de esa muchacha. En "La calle Victoria", un hombre del presente se encuentra con una mujer de hace varios años. Los otros textos del volumen se sitúan, con matices, y cada uno a su manera, en esa delgada línea que separa o incluye lo convencional o cotidiano de lo maravilloso y excepcional.
Los cuentos de Castillo no innovan sino que confirman un universo propio que tiene como constante la irrupción de episodios inesperados y el intento -logrado o no- de resolver o de adaptarse al enigma que ese desequilibrio instaura. No obstante, en estos delicados y pulidos textos que oscilan entre lo imaginario y lo real, lo fantástico y lo extraordinario, el autor ha encontrado un margen -indefinido porque no puede resumirse en una receta, sino que se aprecia en una forma original de ver y de disponer ese material- que le permite llevar los textos más allá de las convenciones y de los lugares comunes del género. El oficio, la capacidad para sorprender y el dominio casi perfecto en la construcción de tramas ajustadas son precisamente recursos con que construye ese margen. Ante la excesiva proliferación de libros con piezas que sólo saben adecuarse a dóciles reglas generales de composición, los relatos de Castillo tienen esa generosa cualidad que reside en ofrecer elementos para poder vivir un tiempo más extenso en la memoria de sus lectores. (c) LA GACETA

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