Clamor formulado desde la lucidez y la inteligencia

Por Horacio Semeraro. Acaso la literatura sea la verdadera crónica humana, y la historia sólo una ficción.

31 Diciembre 2005

En letra grande tiene como leit motiv la exaltación de los escritores que, a criterio del autor, merecen la relevancia a la que se hicieron acreedores, pero a la que no siempre accedieron. Considerado así, el libro en su conjunto, más que un alegato, es un clamor, desde la lucidez y la inteligencia que caracterizan su obra, para que dicha consigna se cumpla.
Intercalando valiosas, memorables experiencias de vida con los escritores a quienes tuvo ocasión de tratar personalmente (Borges, Nalé Roxlo, Arlt, Di Benedetto, Carpentier, Neruda, Sarduy, Nabokov, Heidegger, Cortázar, Cioran) aborda temas tales como: reflexiones sobre los escritores ("Ser escritor", pág. 9 a 29); la novela y sus autores ("Del lado de la novela, pág. 37 a 119); Borges ("El planeta Borges", pág. 127 a 145); la poesía y sus autores ("Luz de poetas", pág. 151 a 203) y los filósofos ("Filósofos emboscados", pág. 205 a 275) que estructuran las cinco partes que componen la obra. Logra un conjunto homogéneo y erudito: un ensayo sobre la subvaloración cultural, la economía de mercado, el exitismo, la búsqueda de réditos editoriales en muchos casos, que condujeron al secular olvido de autores magistrales que el autor rescata de la letra chica. Esto, entre infinidad de factores que Posse trata sin tibiezas y con mano firme, aplicando el escalpelo de su análisis.
Se pregunta el autor en su prólogo si "la ficción, la poesía, el pensar, no serán la verdadera crónica humana, y la historia -la realidad- una ficción que usurpa los prestigios de la verdad". Quizás sea una exageración que puede llegar a irritar a los historiadores, jamás un sofisma; es que Abel Posse es un apasionado de la literatura y por ello, a veces, en el extenso temario que trata el libro, entre sus innumerables y lúcidas opiniones, aparecen algunas aseveraciones que pueden parecer de tono omnisciente. En la lista de autores latinoamericanos escogidos por él como los mejores -elección a la que seguramente tanto críticos como lectores nos adherimos en gran medida- faltarán muy probablemente nombres. Es que se trata de un tema altamente subjetivo; el autor está en pleno derecho de conformar su lista. Cuando trata de los argentinos, sucede algo similar con alguna ausencia notable (por ejemplo, con Marco Denevi). Acaso sea una elección personal, por lo tanto no cuestionable.
Entre los temas que trata el libro en profundidad merecen citarse: el balance del siglo XX ("La literatura occidental y el siglo terrible", pág. 11 a 16), un exhaustivo, acertado análisis, realizado además con admirable poder de síntesis; el rescate de la primacía creativa de los poetas (pág. 19); la Generación del 98 en España, con autores como Valle Inclán, Eugenio d?Ors, Gómez de la Serna y el "Agónico buscador del Dios huidizo que es Azorín". En "Ser escritor" (pág. 29 a 35), rememorando elípticamente su propia historia, con matices poéticos se introduce en el alma y en la piel del escritor de manera conmovedora.
En el capítulo "Del lado de la novela", dedica su análisis a los escritores que crearon lenguaje sentando precedentes: los estilistas del siglo XX, cuyo ejemplo perdura hasta nuestros días, como ocurre con Flaubert o con Proust, liberados de la mediocridad o del simplismo de la novela francesa de entonces. Así, resalta la suntuosidad parnasiana de la obra de Carpentier, con su lenguaje hecho de luces y sombras contrastantes, de vericuetos mágicos. Analiza la obra maestra de Vladimir Nabokov, Ada o el ardor, una de las novelas más bellas y cuidadas de su época, plagada de connotaciones políticas, sociales y psicológicas, con las que Nabokov se situó entre los creadores del lenguaje. La novela fue reconocida por los críticos ingleses y norteamericanos como una obra maestra, a diferencia de los de otros países que tardaron en encontrar sus valores. Otro tanto ocurrió con Hermann Broch y La muerte de Virgilio, o con Hesse y El juego de las perlas. Y en España, con Gómez de la Serna y Valle Inclán. Mientras tanto, Latinoamérica se desperezaba de su larga siesta, y escribía la segunda parte del Siglo de Oro, con Borges, Carpentier, Rulfo, Lezama Lima, Guimaraes Rosa. Hemingway, con su mejor libro, El viejo y el mar (y su novela menos brillante, Del otro lado del río y entre los árboles). Faulkner -quien, como lo manifestaron Camus y Malraux, "enalteció el género novelístico con un dejo de tragedia griega"- está analizado por Posse con perfección detallista y visionaria.
La trágica muerte de Manuel Scorza, la evocación de Severo Sarduy, el reconocimiento de la excelencia de Roberto Arlt -cuya obra, como la de Nietzsche o de Rimbaud, parece tan actual como cuando fue escrita- y sus costados criticados. La evocación de Juan Rulfo, que supo conferir a la literatura iberoamericana -con las pocas páginas de Pedro Páramo, su mejor libro- la gravedad de lo trágico. Evalúa a Cortázar, a quien trató en París y efectúa el análisis de su obra, en particular de la inolvidable Rayuela. Otras menciones destacables: las semejanzas y diferencias entre el Martín Fierro y Don Quijote, el idealismo y la originalidad de dos grandes; la transcripción de un revelador diálogo con Borges; la curiosa similitud entre Borges y Kafka (Borges / Praga / Kafka), y la notable e inteligente semejanza entre El Golem y Adán y Eva; Rilke y su mística de lo real (frase que parece una aporía); sus recuerdos y encuentros con los poetas ya eludidos, particularmente Heidegger, estudiado (y recordado emotivamente) con maestría. Su encuentro con Cioran; Jünger y el nihilismo occidental, y el universo de Nietzsche completan un libro brillante, emotivo, revelador. (c) LA GACETA

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