
Reza la vieja maldición china: que le toque vivir tiempos interesantes. Pues bien, luego del breve ínterin que siguió al colapso de la Unión Soviética, el mundo entero los está viviendo al chocar, con fuerza creciente, la globalización que, impulsada por el vertiginoso progreso de la tecnología, ya no depende de ningún país, gobierno o secta ideológica, contra la resistencia comprensible de millones a someterse a sus dictados. El frente de batalla está en todas partes: en las calles de Buenos Aires, donde los piqueteros manifiestan su furia frente al mundo que está configurándose; en los suburbios pobres y grises de París, territorio tomado por jóvenes musulmanes que no quieren oír nada de "integración"; en Londres, que en junio pasado fue el escenario de una nueva atrocidad terrorista y, huelga decirlo, en otras grandes ciudades como Washington, Bagdad, Tokio y Shanghai.
El frente también está en nosotros mismos. Las esperanzas brindadas por la aparición de oportunidades antes apenas concebibles están acompañadas por el temor a que un cambio de más nos prive de lo que necesitamos para subsistir, como en efecto sucedió en la Argentina hace cuatro años, cuando, de la noche a la mañana, fueron depauperados millones de personas al fracasar un nuevo intento de integrar la economía local a la internacional.
Para algunos, aquella pesadilla ya parece remota; pero -aunque según las estadísticas con las que nos bombardea día a día el Indec, el país se ha recuperado de la caída- esto no ha sido óbice para que la versión actual de la economía manifestara todas las características que, a juicio del presidente Néstor Kirchner, hacían tan odioso el "modelo menemista". A pesar del crecimiento macroeconómico vigoroso que se registró en el año que está por concluir, el panorama social sigue siendo deprimente. La riqueza está mucho más concentrada que en los años noventa. La brecha que separa a los acomodados de los pobres e indigentes es más ancha. El estado del sistema educativo es peor. Tal y como sucede en otras partes de América Latina, el gobierno kirchnerista trata de mitigar las tensiones con palabras altisonantes, diatribas contra presuntos malhechores y anuncios que jura son "históricos", como aquel con que declaró que la Argentina había recuperado su independencia al cancelar por anticipado su deuda con el FMI. No fue para tanto -no es nada fácil "liberarse del mundo"-, pero por lo menos sirvió para darle un respiro después de una serie de escandaletes.
¿Puede compensar la política como espectáculo la falta de desarrollo social? Parecería que sí. Con tal de que un gobierno logre hacer pensar que merced a sus esfuerzos el futuro será mejor que el pasado, pasarán inadvertidos detalles molestos que en otros tiempos le hubieran costado caro.Por causas no sólo internas sino también porque la economía mundial está disfrutando de una bonanza inédita, en América Latina 2005 resultó ser un buen año para la izquierda populista. El caudillo venezolano Hugo Chávez se vio beneficiado por el aumento notable del precio del petróleo; su aliado, el cocalero boliviano Evo Morales, por fin consiguió abrir la puerta de la presidencia de su país -en parte, porque muchos compatriotas se sentían hartos de los bloqueos de carreteras que había usado para demoler a varios gobiernos anteriores-, mientras que Kirchner, ayudado por el dinero generado por las ventas cuantiosas de soja y por el deseo de la mayoría de ahorrarse nuevas crisis, fue fortalecido por elecciones en las que se estima que el cuarenta por ciento de los votantes le manifestó su aprobación. Ya que Chávez, Morales y Kirchner creen que algo importante está en marcha, no sorprendería que en 2006 procuraran acelerarlo. En tal caso, las actitudes de quienes gobiernan en América del Sur divergirán aún más de las que imperan en los países más dinámicos del planeta, entre ellos Estados Unidos, China y la India.
Para desconcierto de muchos, este año la economía norteamericana amplió todavía más su ventaja sobre la europea: si el Reino Unido, Francia, Alemania y Suecia formaran parte de Estados Unidos, se encontrarían entre los cuatro o cinco Estados más pobres, como Alabama y Mississippi, mientras que España sería el más necesitado de todos. Con todo, los norteamericanos tienen motivos para inquietarse. Además de saberse amenazados por los militantes islamistas y sentirse abrumados por las dificultades que enfrentan en Irak, están dándose cuenta de que, si bien la globalización consiste en buena medida en la difusión por el mundo entero de su cultura popular, sus modalidades políticas y sus normas económicas, esto no quiere decir que se encontrarán entre los más beneficiados por su propio "imperialismo". Antes bien, al exportar el capitalismo liberal a China y a la India, Estados Unidos dio a sendos gigantes las armas que andando el tiempo podrían permitirles poner fin al orden unipolar que fue posibilitado por la desaparición de la Unión Soviética.
En 2005, se hicieron un poco más nítidas las facciones del orden tripolar así supuesto. Al rechazar los franceses y los holandeses una constitución para la Unión Europea que fue hecha a la medida de Francia, informaron a los "burócratas de Bruselas" y a sus admiradores mediáticos que el sueño de un superestado europeo capaz de rivalizar con el monstruo trasatlántico es una quimera. Y el letargo de las distintas economías europeas -en primer lugar, de la italiana, para la cual el euro está resultando ser tan molesto como en 2001 fue el uno a uno aquí- ha intensificado el pesimismo. Para colmo, los atentados de Londres, más semanas de disturbios en los alrededores de París, subrayaron la ingenuidad de quienes creían que a las sociedades europeas, liberadas de la historia, no les sería tan difícil asimilar a los más de veinte millones de musulmanes que ya viven en su seno. Europa, donde comienza a hacerse sentir el envejecimiento de la población causado por la negativa de sus habitantes nativos a procrear, se prepara para un período muy agitado, signado por el estancamiento económico y por conflictos religiosos, que podría ver renacer demonios que se suponían muertos para siempre.
¿Y América Latina? Está en vías de marginarse. Aunque la región sigue siendo mucho más rica que China y la India, sólo el Brasil y, con más realismo, Chile parecen convencidos de que por fin están encaminados a dejar atrás el subdesarrollo. En los demás países, entre ellos la Argentina, las elites están más interesadas en defender lo que ya tienen que en adaptarse al orden que está gestándose. De prolongarse mucho más el boom mundial que se inició en marzo de 2003, la Argentina podrá erigirse en una potencia mediana agroexportadora, lo que tendrá sus méritos pero que dista de ser el destino que preferirían el presidente Kirchner, sus colaboradores y sus simpatizantes.En cambio, si, como vaticinan algunos agoreros, nos aguarda una nueva crisis internacional, estaría entre los países más perjudicados por depender tanto de lo que sucede en el exterior. (c) LA GACETA







