FILOSOFOS DE LA ESCUELA DE ATENAS, EN UN FRESCO DE RAFAEL.

Enseñar filosofía es comparable con la hazaña de caminar sobre un puente muy delgado, a cuyos costados se encuentran dos precipicios: uno simboliza la oscuridad, el carácter abstracto y críptico del discurso filosófico, fundamentalmente inútil para cualquier comercio con la vida cotidiana y las prácticas de los hombres. El otro abismo simboliza la trivialidad cuando, en aras de la claridad, se afirman meras banalidades. Ahora bien, la filosofía no es lo uno ni lo otro, y la claridad no está reñida con la profundidad.Se insiste en que "enseñar filosofía es enseñar a pensar"; pero pensar no es tarea exclusiva de especialistas, sino un menester que los hombres hacemos diariamente. La filosofía invita a pensar sobre los grandes problemas que tienen que ver con el conocimiento, la verdad, la naturaleza del mundo exterior, la vida, la muerte, la libertad, la razón, el propio yo. Inquietudes que acosan a los niños, quienes atormentan a los adultos con interrogantes que, muchas veces, no sabemos cómo responder.
Ahora bien, cuando a alguno de nosotros, que nos dedicamos a la filosofía, se nos pregunta por nuestra ocupación, nuestra respuesta provoca el silencio y la perplejidad del interlocutor. Debemos, pues, lidiar con la mala prensa que lleva la filosofía sobre sus espaldas y que opera como obstáculo para su aprendizaje y para su enseñanza. En el imaginario colectivo sobrevuela el peso de los prejuicios que vinculan la filosofía a un quehacer extraño, ajeno a las inquietudes de hombres y mujeres, abstracto, mera repetición de palabras a las cuales sólo tiene acceso un grupo de elegidos. Pero también se relaciona la filosofía con la banalidad, al punto que a alguien que está consternado por algún problema se le aconseja que "tome las cosas con filosofía", es decir, livianamente.Una de las formas de desmontar esta forma de concebir la filosofía es mostrar su operatividad y su fecundidad. Por cierto, las ideas y los pensamientos son lentes a través de las cuales vemos el mundo, y la filosofía se ocupa precisamente de esos anteojos, que ante una mirada ingenua aparecen imperceptibles. Esto no significa pretender enfrentar el mundo desde un lugar no contaminado por ideologías, sino saber que esas preconcepciones existen y que hay que tomar recaudos para evitar una visión sesgada del mundo, con las consecuencias nefastas que esto trae consigo.
Wittgenstein, uno de los filósofos más lúcidos del siglo XX, a la pregunta por la misión de la filosofía, responde: "Enseñar a la mosca la salida de la botella cazamoscas" (1). Esta sugerente metáfora indica la función liberadora de la reflexión filosófica, aunque el filósofo vienés es consciente de que es imposible la salida total de la botella. En todo caso, el papel de la filosofía es mostrar que las paredes del envase encierran a la mosca y que es importante el deseo de salir de los encierros, y muy especialmente, de los encierros mentales.
Simon Blackburn en Pensar. Una incitación a la Filosofía (2) observa que lo que pensamos influye en lo que hacemos y en cómo actuamos; compara el pensamiento con un edificio, que cuando es estrecho, las personas viven estrechamente; nadie desconoce, por cierto, que la intolerancia y los prejuicios son cadenas mentales que producen monstruos, y que reflexionar es dar un paso atrás y tomar distancia de ellos.
Lo cierto es que se ha cristalizado una forma particular de concebir la filosofía, de la cual ella misma y quienes la enseñamos somos responsables. Por ello, considero esencial la pregunta por la utilidad de esta disciplina que, paradójicamente, se ha pensado a sí misma como un saber inútil.
En lo que sigue, esbozo algunas de sus utilidades:
1. Uno de los rasgos más atractivos de la filosofía es el de producir un goce intelectual. Por cierto, el científico siente placer cuando descubre en su laboratorio un modo de corroborar su teoría; del mismo tenor es el disfrute que brinda haber dilucidado un intrincado texto filosófico después de varias noches de insomnio, o el placer del escultor al plasmar en el objeto su idea originaria.La filosofía no se origina solamente en la razón sino que se acompaña de imaginación, de creatividad, como la ciencia, y, también, de pasión. La verdad es el producto de una conquista permanente que pone en juego pasión, afanes y también razón e inteligencia; de allí su comparación con la actividad de cazar. Es fundamentalmente el deseo lo que mueve a Eros -que encarna al filósofo en el mito platónico- a sobrepasar su finitud y a buscar lo que no tiene.
2. Todo saber tiene implícitamente connotaciones filosóficas: el físico, al tratar con fenómenos naturales, sustenta un determinado modo de concebir el espacio, el tiempo, la materia; lo mismo le sucede al matemático al determinar la naturaleza de los números. Por su parte, las Ciencias Sociales sostienen una concepción antropológica, ética, filosófica, desde la cual construyen su discurso. Y es precisamente la filosofía la encargada de mostrar cómo se van configurando esas imágenes que, una vez cristalizadas, asumen un carácter natural y un nivel de esencialidad e inmutabilidad no contaminadas por la diversidad de los grupos humanos o de los cambios epocales.
3. La filosofía tiene un importante papel en la educación. Si tenemos en cuenta que la educación argentina se plasmó con el modelo del Positivismo, que privilegiaba el cálculo, la verificación; que entronizaba una determinada ciencia y un método como modelos, y que sostenía que el conocimiento se reducía a reflejar el objeto, sin intervención del sujeto, la filosofía tiene la misión de señalar las debilidades de este pensamiento simplificador del mundo, del hombre y de la sociedad.
4. Otra utilidad no menor es alertar sobre la falsa separación entre teoría y práctica; una larga tradición sobrevaluó la actividad teórica, y confinó la práctica al ámbito de la pura irracionalidad. La filosofía, a lo largo de su historia, ha mostrado que las acciones humanas y la razón entablan un permanente diálogo.
Por cierto, replantear los modos en los cuales se transmite la filosofía no es un problema ajeno a la filosofía misma, ni un problema menor, sino que está en una íntima relación con la concepción de la filosofía desde la cual se parta. La filosofía tiene la particularidad de no dejar nada como está, lo que significa que es un proceso de investigación permanente, que desmonta prejuicios y supuestos; que busca problemas más que soluciones; que abandona el verbalismo estéril que confunde profundidad con oscurantismo academicista; que flexibiliza las propias certezas, siempre y cuando cada proposición sea fundamentada. En suma, la filosofía es contradictoria con cualquier forma de dogmatismo.
Sería interesante ensayar un salto que vaya de una concepción de filosofía que prioriza los contenidos y la teoría, a una que privilegia la actividad filosófica; que presenta las ideas y los programas filosóficos en sus respectivos contextos, vinculándolos a la práctica social y a las restantes disciplinas, y que tiene en cuenta la enciclopedia personal y la vida común de las personas.
La filosofía genera impactos, posibilita cambios, abre caminos y genera nuevos interrogantes, siempre comprometida con las urgencias vitales y dispuesta a dar respuesta a las preguntas que acosan a la condición humana.
Este peculiar menester requiere frenar la pulsión por eliminar la contradicción de su seno; por el contrario, los grandes sistemas filosóficos encierran contradicciones. ¿No es, acaso, parcelada y sesgada la caracterización de la Ilustración como edad de las luces, con el consiguiente endiosamiento de la razón, ocultando y solapando la impronta de los sentidos, del sentimiento, que caracterizó a muchos filósofos de ese período? ¿No es una visión parcial incorporar a Descartes como representante del más acérrimo racionalismo, descuidando el papel de la experiencia en su programa filosófico?
La matriz misma de la filosofía es reacia a encasillamientos, y pretender dar de ella y de los filósofos una caricatura en aras de explicarlos con facilidad sólo contribuye a la confusión.
Con estas ideas, espero haber contribuido a repensar críticamente nuestro papel como profesores, como maestros, y a desmitificar la filosofía y, muy especialmente, la imagen que la sociedad tiene de ella, para que podamos contagiar la pasión por este oficio. (c) LA GACETA
NOTAS:
(1) Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas, Crítica, México, 1989 (par. 309, p. 253)
(2) Simon Blackburn, Pensar. Una incitación a la Filosofía, Contexto, Bs. As., 2001







