Gran novelista, aun sin el comisario Maigret

Por María Eugenia Valentié. Cuando una condesa alemana alteró la tranquilidad de la isla.

24 Diciembre 2005

La sed es otra demostración de que Simenon, aun sin Maigret, es un excelente novelista. También el ámbito donde se desarrollan los acontecimientos es distinto del que nos tiene acostumbrados, esas viejas ciudades europeas de provincia. En cambio aquí todo ocurre en un islote del Archipiélago de las Galápagos. Pero no se trata de una isla tropical, como aquellas cuyos paisajes deslumbran en las ilustraciones de las guías de agencias de turismo. Mucho menos, las que pintó Gauguin. No hay lagos, palmeras, ni flores tropicales. Sólo rocas, soledad y un débil riachuelo que casi desaparece en la temporada seca.
Hay cinco habitantes en la isla: un famoso médico y filósofo alemán que está escribiendo un libro que considera obra fundamental en la expresión de su pensamiento. Lo acompaña Rita, una joven bastante menor que él, que lo admira profundamente. Ambos llegaron a la isla cuando el marido de Rita se fugó con la mujer del profesor. Son los primeros habitantes y mantienen una relación muy extraña: aunque andan desnudos y duermen en una sola cama con una separación, no se tutean, ni parece haber ninguna intimidad entre ellos. Se tratan con una perfecta buena educación, y si uno está enamorado del otro se guarda muy bien de expresarlo.
Más tarde llegarán los Hermann, un matrimonio alemán con un hijo débil mental, que padece diversas enfermedades y que difícilmente pueda adaptarse a la vida de ciudad. El señor Hermann, deslumbrado por la fama del profesor, trata de mantener largas conversaciones con él, pero nunca llega a conseguirlo. Así pasan años en la isla. Son pocos los que la visitan, salvo, quizás, Larsen, un pescador noruego, y el barco que cada seis meses trae desde Guayaquil una provisión de alimentos y agua potable para la temporada seca.
Pero la tranquilidad de la isla termina con la aparición del yatch de una condesa alemana, millonaria, frívola y atractiva, que queda encantada con la "vida natural" y se propone hacer construir una gran casa en la parte más alta de la isla, donde se instala con dos de sus gigolós. Hasta ese momento no existía allí ningún artefacto eléctrico, pero ahora una música estruendosa no deja dormir a nadie; además, se suceden las orgías y las peleas. La bella condesa ha concebido la idea de construir un hotel llamado "Volver a la naturaleza", donde sus amigos viajeros podrán pasar temporadas.
Uno de los mayores escándalos para los antiguos habitantes es ver subir una bañera para la condesa, pues todos se bañan en el mar y reservan el agua para la temporada de sequía. Mientras tanto, el barco que debe venir desde Guayaquil se está demorando. Se ponen letreros en la playa pidiendo ayuda, pero nadie aparece. Las plantas se marchitan, los animales mueren de sed. Entonces comienza la tragedia anunciada por el título del libro.
Aunque no se trate de una obra del género policial, siempre es de mala educación contar el final de una novela. Así que sólo me resta recomendar su lectura. (c) LA GACETA

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