
Nuestro mundo, en los albores de 2006, es un paciente delicado cuya evolución, si fuera negativa, podría lindar con la gravedad y el peligro. Que eso no ocurra depende de factores que están completamente fuera del control de los argentinos, pero la impotencia no debe eximirnos de la lucidez, ya que seremos afectados por las consecuencias de todo lo bueno y lo malo que pueda acontecer.El dato central es el debilitamiento del presidente de los Estados Unidos. Este factor conduce inevitablemente a la disminución de su influencia sobre el Congreso de su país, lo que puede conducir a una parálisis de la superpotencia. En el pasado, esto ocurrió durante las gestiones de Harry Truman (por la guerra de Corea), de Lyndon Johnson (por la de Vietnam) y de Richard Nixon (por Watergate).
George W. Bush ha sido fuertemente dañado por su fracaso en la resolución de la crisis iraquí, por su manejo de la situación generada por el huracán Katrina, por el procesamiento del ex líder de la mayoría republicana de la Cámara de Representantes, y por las acusaciones contra sus consejeros y vicepresidente en el caso de la filtración de la identidad de una importante agente de la CIA. Bush todavía no está neutralizado, pero las encuestas demuestran que su base de apoyo ha quedado reducida a su propio partido. Si se resquebrajara el sostén de este, estaría perdido.
Esta cuestión tiene un fuerte impacto sobre la gobernabilidad del mundo. En Irak puede alimentar el caos. En el Extremo Oriente puede estimular nacionalismos agresivos. En la ex Unión Soviética ya está abriendo el camino para el embate ruso sobre recientes conquistas geopolíticas norteamericanas. En general, el margen de maniobra de las grandes potencias regionales frente a los EE.UU. tenderá a aumentar.
Por ejemplo, el resurgimiento de un nacionalismo militar japonés ha sido beneficiado por la parálisis parcial de la política exterior norteamericana. El primer ministro Junichiro Koizumi, un gobernante populista y personalista, ha consolidado su mandato con unas elecciones que le permiten controlar el parlamento con holgura. Está posicionado para concretar su sueño: reformar la Constitución eliminando el pacifista artículo 9, que impide a Japón poseer fuerzas armadas que puedan usarse ofensivamente. La superpotencia económica ya no soporta su condición de enano militar. Aun antes de modificar su Carta Magna, Koizumi está produciendo misiles de capacidad ofensiva. A la vez, este Sr. K del Extremo Oriente se dedica a provocar a sus vecinos visitando el controversial Santuario Yasukuni, donde (además de muchos héroes intachables) se venera a catorce criminales de guerra "clase A".
Los chinos, y los coreanos del norte y del sur están que trinan, y los planes de proliferación nuclear de algunos encuentran cada vez más justificativos, lo que a su vez alimenta la ambición militar nipona. Rápidamente aumenta el nacionalismo anti-japonés de estos países, nutrido por el recuerdo del viejo expansionismo del imperio del sol naciente. Y estos perniciosos fenómenos se vuelven más feroces cuando la crisis económica se agrava. Fuerzas navales chinas y japonesas ya se vigilan cara a cara en torno de plataformas petrolíferas offshore que los chinos instalaron demasiado cerca de aguas disputadas.
Por todo esto, cuanto más disminuya la influencia de los EE.UU., mayor será la probabilidad de que en esa región surja una configuración de circunstancias análogas a las de la Europa de los años 30. De allí al holocausto hay un corto paso.
Varias otras grandes potencias regionales, incluidas Rusia y China, tendrán márgenes de maniobra aumentados gracias al debilitamiento de la presidencia norteamericana. La excepción a esta norma será la Unión Europea, que también se encuentra paralizada debido a su propia crisis interna, producto de:
1) El rechazo del proyecto de constitución europea
2) La nueva inestabilidad política alemana, consecuencia del virtual empate electoral entre los principales partidos
3) Los temores de la "nueva Europa" frente a las incertidumbres en torno de la Unión Europea y del futuro alemán
4) El terrorismo fundamentalista islámico, protagonizado incluso por ciudadanos nativos de países como el Reino Unido
5) La tormenta social recientemente desatada en Francia y en Bélgica por jóvenes de origen principalmente musulmán de los suburbios pobres.
Por todo ello, comienza un año en que la influencia mundial de Occidente tenderá a disminuir. Esta merma puede ser meramente coyuntural, o por el contrario puede convertirse en la acentuación de una tendencia de largo plazo que ya se esbozaba anteriormente, con el ascenso de China y el desafío del fundamentalismo islámico.
Lo que ocurra en Irak es especialmente importante, porque de ello dependerá que se profundice o no la crisis de la presidencia norteamericana, que es la causa más importante de esta invisible inestabilidad global. Una extraña dialéctica ata los asuntos internos de los EE.UU. con los del país mesopotámico. En este, mal pueden prosperar las negociaciones entre sunnitas, chiítas y kurdos, si las partes perciben que Bush no puede garantizar los acuerdos que se alcancen, ni castigar a quienes violen sus promesas.
Aunque suene extraño en nuestro remoto rincón del planeta, las facciones iraquíes observan atentamente las encuestas norteamericanas y operan en consecuencia. El debilitamiento de la presidencia de los EE.UU. disminuye las posibilidades de acuerdo entre esas banderías, porque con ella aumentan los incentivos de los insurrectos sunnitas para destruir todo acuerdo posible. Cuanto más caiga Bush en la estima de su gente, mayor será la tentación de los insurrectos de castigar a los sunnitas dispuestos a colaborar con los chiítas que dominan el gobierno. A su vez, si este proceso se acentuara, el presidente perdería aún más apoyo en su propio país, y se retroalimentaría la disminución del poder imperial.
Esta compleja dialéctica afecta a toda la coalición en la región. La disposición de sauditas, paquistaníes y egipcios a colaborar con los norteamericanos disminuirá en proporción a la pérdida de poder de Bush. Los chiítas iraquíes, mayoría en su país, se verán tentados a recostarse más en Irán y menos en la Casa Blanca, que paradójicamente posibilitó el actual predominio de esa mayoría sobre sus antiguos opresores sunnitas. Toda la estructura de alianzas emergida de las acciones bélicas posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001 corre el peligro de ser desbaratada.
En este proceso, serán cruciales las elecciones legislativas norteamericanas del año próximo. Pero no sólo en términos de sus resultados. Las posturas de los senadores y de los representantes republicanos frente a la Casa Blanca en las vísperas de los comicios será otro dato central. Si para aumentar sus probabilidades de ganar, los congresistas de su propio partido se alejaran públicamente de Bush, la influencia de los EE.UU. en el mundo disminuiría aún más.
El mayor beneficiario de todo lo malo que acontece en Irak es Irán, que tiene cada vez más influencia sobre la mayoría chiíta de aquel. En realidad, es esto lo que ha impedido que los persas fueran condenados por el Consejo de Seguridad de la ONU a raíz de su política nuclear. Aunque la retórica norteamericana contra los ayatolas continúa, las verdaderas negociaciones transcurren por canales reservados, a pesar de las tenebrosas amenazas recientes contra Israel.Como consecuencia, el Estado judío puede sentirse más aislado y tentado a adoptar decisiones unilaterales frente al peligro de un Irán que, con ayuda rusa, aspira a convertirse en potencia nuclear. Es así como el vacío de poder engendrado por la crisis de la presidencia norteamericana puede producir un estallido de consecuencias imprevisibles. Ese desenlace no es probable sino tan sólo posible. Pero si se concretara, el escenario sería aterrador. Y cosas mucho menos probables se han materializado en el mundo en que vivimos.
Finalmente, la cuestión de las elecciones legislativas de diciembre en Irak, que teóricamente representan su refundación política, pone sobre el tapete el cuestionable objetivo de instaurar la democracia en un país cuya realidad tribal y multiétnica no puede transformarse mediante la sanción de una constitución que nada tiene que ver con su cultura, y donde los lugareños votan según las instrucciones de su señor y no por los intereses e ideas en pugna.
Algo similar ocurre en Afganistán, donde con las elecciones de octubre pasado, la etapa de transición se acerca a su fin. La caza de Osama bin Laden continuará tanto allí como en Pakistán, pero la tarea principal consistirá en hacer funcionar la nueva república, instalando el parlamento y las legislaturas provinciales. La elección de legisladores no se realizó sobre la base de partidos políticos, sino que se jugó en términos de prestigios personales. Ahora se pretende negociar, con esos hombres, la formación de bloques legislativos al estilo occidental.
Claramente, estamos frente a uno de los mayores experimentos socio-políticos de la historia humana, similar al que simultáneamente se lleva a cabo en Irak. Según lo que emerja de esos escenarios, sabremos en qué medida, con el concurso de fuerzas militares masivas, la ingeniería institucional puede prevalecer sobre culturas milenarias antitéticas a la democracia. Para colmo, la crisis norteamericana reduce a casi cero la probabilidad de éxito de este embate democratizador, pero no sus costos materiales y humanos, que aumentan. El carácter de cruel experimentación de estos ensayos pasa inadvertido gracias a que quedan encubiertos por la guerra, que impide que se perciban como un engendro digno de Goebbels.(c) LA GACETA







