Agudo estudio sobre el pensamiento de Leo Strauss

Por Coriolano Fernández. Con sus "nobles mentiras", el filósofo contribuye a la estabilidad de la "polis".

18 Diciembre 2005

Se trata de lo siguiente: Nicolo Macchiavelli, Thomas Hobbes, John Locke y Baruch Spinoza son pensadores decisivos en la constitución de la modernidad. Leo Strauss los lee desplegando una hermenéutica de prosa difícil, a veces cercana al esoterismo filosófico. Ahora Claudia Hilb lee a Strauss, y lo descubre para nosotros porque primero lo descubrió para ella.
Es un trabajo minucioso, documentado, que respira la amplia solvencia de quien se mueve con experiencia en el ámbito académico y el entusiasmo de quien está apasionada en su tarea. Y si Strauss escribió un libro sobre el "arte de escribir", ella escribe un libro sobre el "arte de leer". Es su tesis doctoral en la Universidad de Buenos Aires.¿Quién es el personaje? Leo Strauss nació el 20 de setiembre de 1899 en Kirchhain, en el Estado alemán de Hesse. Estudió en la Universidad de Marburgo, donde había brillado el neokantiano Hermann Cohen, a quien no llegó a conocer, pero la estrella del neokantismo se eclipsaba ante el avance de la fenomenología de Edmund Husserl.
Completa su doctorado en Hamburgo con una tesis sobre Friedrich Jacobi (1743-1819). Sigue cursos de Martin Heidegger y Werner Jaeger, y su juicio es taxativo: Heidegger es infinitamente mejor. Conoce a Franz Rosenzweig, a Alexandre Kojève y a Hans Gadame, y en 1932 está estudiando en París; allí se casa con Miriam Berenson; la pareja sigue luego a Londres y en 1937 viajan a Estados Unidos, donde se quedarán.
Strauss enseñó en Chicago y Stanford y finalmente en el Saint John?s College de Annapolis, muy cerca de Washington. Allí murió el 18 de octubre de 1973, dejando una obra muy importante y una gran influencia en los sectores políticamente conservadores y en los de fe religiosa judía.
En última cifra, el pensamiento de Strauss se articula en torno de las relaciones entre la razón y la fe, esto es, entre la filosofía y la revelación bíblica.
Strauss hace historia de la filosofía política reconstruyendo la estructura de algunos textos capitales del pasado, estableciendo líneas de diálogo y árboles genealógicos entre filósofos, todo ello en una constante polémica contra el historicismo y el positivismo, en los que ve el fruto de la modernidad y los responsables intelectuales tanto del relativismo de los valores como de los totalitarismos del siglo XX.
Para comprender a Strauss, dice Hilb, debía partir de una hipótesis: que Strauss podía tener razón y, por ende, un retorno al pensamiento premoderno es posible.
Esa oposición a la modernidad la describe Hilb desde tres ángulos. Uno es la comprensión del hombre, pues el humanismo moderno, según Strauss, implica la ruptura de la concepción finalista o teleológica del universo. Dicha ruptura genera la tesis igualitaria, propia del Iluminismo. Otro ángulo es la idea de que la modernidad prescinde de la teología, no en virtud de una refutación argumentada sino de un rechazo dogmático.
Y el tercer ángulo es que para Strauss la modernidad desconoce la jerarquía natural entre los hombres. Mientras la antigüedad clásica hace residir la índole humana en una finalidad que trasciende a los seres humanos y los conduce hacia su perfección, la modernidad la hace residir en lo que todos los humanos tenemos en común: las pasiones.
Y entra Hilb en la lectura del gran lector, que aquí sólo podemos mencionar. Primero, el pensador italiano, en un largo capítulo que la autora llama "Maquiavelo, maestro del mal". Le siguen "Hobbes: las aporías del dogmatismo moderno" y luego, "Locke o la ética maquiaveliana y espíritu del capitalismo".
Ahora bien, el primer libro que escribió Strauss versaba sobre Spinoza. Cohen había sostenido que Spinoza refutaba la ortodoxia religiosa y Strauss señalaba que Cohen estaba equivocado. Hilb retoma el asunto en "Strauss, de Jerusalén a Atenas", capítulo donde aparecen Maimónides y la lectura que Al-Farabi hace de Platón; en síntesis: Strauss ve una clara concordancia entre Maimónides y Platón.
Lo más importante para nosotros, dice, consiste en buscar el conocimiento de lo más importante... y no es un juego de palabras. Es la filosofía. Pero la filosofía es posible sólo si existe un horizonte absoluto o un orden natural eterno, a diferencia del horizonte histórico, siempre cambiante. A través del filosofar, el alma humana se torna bien ordenada y, así, se asocia al orden eterno del universo. Sin embargo, agrega Strauss, no es menester hacer esta suposición para ser un filósofo.
Acá anota Hilb lúcidamente una consecuencia aporética: la superioridad de la vida filosófica, ultima ratio de la defensa straussiana del mundo clásico, termina siendo un aserto dogmático y no un aserto teóricamente demostrable. La filosofía no puede probar su superioridad. En breve fórmula, la filosofía es un acto de voluntad del eros filosófico.
Pero esto el filósofo en rigor debe ocultarlo. ¿Por qué? Porque de Strauss se desprende, dice Hilb, que con sus "nobles mentiras" el filósofo contribuye a la estabilidad de la ciudad, entendiendo "ciudad" en el sentido de polis, o sea el Estado
La razón no puede contra la revelación, la filosofía es incapaz de refutar a la teología. No olvidemos que Torah significa enseñanza y Ley.
Hubiera sido útil una tabla de nombres y materias. (c) LA GACETA

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