
Desde lo elaborado por Freud, existe una vasta bibliografía referida al trauma, que en esa disciplina significa, sintéticamente, el efecto de episodios ominosos en un individuo o en grandes masas humanas. Resulta obvia, pues, la importancia que en el tratamiento adquiere la identificación correcta de este disparador. ¿Pero es esto siempre posible, o "algo" inherente a esos episodios puede sabotear la tentativa, total o parcialmente, por ejemplo, arribando sólo a una versión deformada del trauma?
Dominick LaCapra -profesor de historia de la universidad de Cornell- ha construido una singular tesis referida al modo, inconscientemente distorsivo, de vivenciar y verbalizar lo traumático, tanto por parte del paciente como del mismo operador psicoanalítico, abriendo cauce a una poco transitada argumentación que pone en jaque ciertos presupuestos "objetivistas".
Sin embargo, esa es sólo una parte de las ideas contenidas en este libro. La otra, tanto o más significativa, es su propósito de cuestionar también la validez de la historia, en tanto -deduce- ella se presenta "contaminada" por un sistema interpretativo igualmente empañado por la distorsión. El exigente revisionismo que propone y la agudeza con que lo formula, explican por qué LaCapra es considerado en la actualidad un referente sustantivo de varios enfoques profesionales; entre ellos, naturalmente los del psicoanálisis, pero además los de la historiografía, la filosofía, la literatura y la evaluación del fondo y la forma de los productos de aquella, es decir, la crítica literaria.
Acontecimiento paradigmático de su investigación es el Holocausto. Una secuela que el máximo horror masivo registrado en el mundo contemporáneo dejó en los sobrevivientes de los campos de exterminio nazi, advierte el autor, es la modificación del relato como forma de evitar la re-presentación de los hechos, pero también el analista hace lo propio, en una suerte de estrategia de autodefensa. Mientras que el historiador, por lo general, el más alejado de la escena generadora del trauma, llega a situarse en un posicionamiento aun más subjetivo que, además, puede agregar puntos de vista no exentos del tamiz de un compromiso ideológico.
Y la respuesta en el terreno social, sobre todo si se plantea el tema en cualquier paraíso artificial creado precisamente como propuesta para soslayar la realidad, es absolutamente predecible. Como bien ejemplifica el mismo LaCapra, "en Disneylandia no se puede hablar del Holocausto". (c) LA GACETA







