El cineasta relata con fuertes ecos autobiográficos

Por Juan Carlos Di Lullo. Obra que empezó como novela, se transformó en filme y volvió a ser novela.

18 Diciembre 2005

El cineasta Mario Sabato propone al lector este trabajo, que comenzó siendo novela; se transformó en película y volvió a ser novela, según su propia confesión. En efecto, comenzó a escribir; interrumpió la tarea para filmar la película que lleva el mismo nombre -estrenada en 2003-, y retomó la escritura para redondear el libro. Y esas idas y venidas quedan bastante claras a lo largo del relato. El autor se mueve entre la descripción minuciosa -que remite inmediatamente a un guión cinematográfico- y los recursos eminentemente literarios, sin decidirse por un tono constante para su novela. No hace falta leer la aclaración de que necesitó apenas unos meses para escribir el relato, pero que debió vivir intensamente 40 años para poder hacerlo; salta a la vista que las anécdotas que cuenta están sacadas de su propia experiencia de vida. Los puntos de contacto entre el protagonista de la novela y el autor resultan más que evidentes. Pero esto no quiere decir que el relato carezca de interés; por el contrario, resulta atractiva y amena la lectura de la historia de este realizador cinematográfico desempleado a los 63 años, casado con una mujer con la que ya es imposible la convivencia, con una hija que no lo comprende, y que sólo encuentra cierta paz en la compañía de su perro y en la intimidad de su "guarida", una habitación de la casa en la que refugia su soledad y comienza a rumiar la idea de terminar con su existencia. Sabato se preocupa por matizar el relato con momentos de humor, a pesar de que el tono general de la historia tiene un tinte marcadamente dramático, que se profundiza hacia el final. Haciendo honor a su condición de realizador cinematográfico, el autor presta especial interés a los personajes secundarios, que tienen una importancia fundamental dentro del desarrollo de la novela. Los tipos humanos que pinta presentan matices muy atractivos, sobre todo su amigo Quirno -un ex rockero sesentón que no pierde las esperanzas de volver a tocar con su ya disuelta banda-, y Oscarcito, el maestro admirado y, a la vez, tremendamente exigente con su discípulo. No puede sorprender que le resulte sencillo a Sabato pintar con precisión los detalles del mundo de la realización cinematográfica, porque lo conoce perfectamente. Tal vez pueda reprochársele cierta previsibilidad en la descripción de la relación entre el protagonista y su nieto adolescente -nudo central de la trama- porque la progresión desde la desconfianza mutua al entendimiento casi sin palabras sigue patrones reiteradamente transitados tanto en la literatura como en el cine. Sabato tampoco se sustrae de la tentación de plantear raccontos cinematográficos para recrear anécdotas de la niñez o de la juventud temprana; de una de estas surge el críptico título de la novela. Y pinta al protagonista con algunos rasgos que no escapan del estereotipo. Este viejo realizador detesta las cámaras digitales y se niega a aprender a usarlas, aborrece los videoclips y abomina del cine iraní. Parecen demasiadas declaraciones de guerra hacia las nuevas generaciones de realizadores. La identificación autor-personaje lleva a Sabato a quedar demasiado en evidencia a la hora de dejar sentadas algunas definiciones con respecto al cine argentino, a los problemas de los cineastas y a las crueles condiciones que el mercado impone a los creadores, al punto de poner en peligro -y a veces, frustrar- las posibilidades de realización artística de los directores. El autor ha sido -como el protagonista- realizador de películas comerciales filmadas con seudónimo; el protagonista se arrepiente de haberlas dirigido y trata de olvidarlas. ¿Sabato también? (c) LA GACETA

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