Una índole heredada

Por Jorge Emilio Gallardo, Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

EL QUIJOTE. El y España no son simples sucesiones de hechos. AMERICO CASTRO (arriba der). Un libro con conceptos de hondura poco frecuente. MIGUEL DE UNAMUNO. “¡Que inventen ellos!” EL QUIJOTE. El y España no son simples sucesiones de hechos. AMERICO CASTRO (arriba der). Un libro con conceptos de hondura poco frecuente. MIGUEL DE UNAMUNO. “¡Que inventen ellos!”
11 Diciembre 2005
Para aproximarnos fugazmente al fenómeno del absolutismo religioso español, del cual derivó la particular índole del nacionalismo argentino -hispanista él mismo-, será útil que nos remitamos a algunos de sus datos constitutivos.
Lo propio del catolicismo español -distinto del romano, francés o europeo- se alinea junto a lo más característico del mundo peninsular: su lengua y su expresividad sin límites (ninguna manifestación católica se parece a la Semana Santa andaluza). A principios del siglo XIX aquella fe recibió en España reflejos de reacciones suscitadas a raíz de la irreligiosidad de las Luces y de las persecuciones desatadas por la Revolución Francesa. No faltaron, en el curso del siglo, nuevas explosiones de violencia y agravios a las instituciones en la Francia de 1871.
Ya Unamuno había declarado la insularidad hispana con una de sus memorables expresiones: ¡Que inventen ellos!, referida a un supuesto diafragma cultural que a sus ojos separaba a la Península de otro mundo, caracterizado por la inventiva técnica. Américo Castro, cuyo libro escrito en 1946 y editado por primera vez en 1948 contiene conceptos de hondura poco frecuente, sostuvo que la "religión española (...) ha de ser referida a los 900 años de entrelace cristiano-islámico. La teocracia hispánica, la imposibilidad de organizar a España o a Hispano-América como un Estado puramente civil, afirmado en intereses y realidades y no en magias personales, no es sino un remoto eco del espíritu islámico y del judaico" (1).
Visiblemente inspirado en este pensador español, el pernambucano Gilberto Freyre hizo suyas estas concepciones cuando esbozó una honda descripción de la índole cultural lusobrasileña (2).
Antes de ahora hemos aprovechado algunas de estas caracterizaciones esenciales de lo que podríamos llamar el genio iberoamericano, enriquecidas, entre otros autores, por juicio del venezolano Arturo Uslar Pietri y por cubanos de cronología sucesiva como José Martí, Jorge Mañach y Alejo Carpentier (3). Entre nosotros, Jorge Reinaldo Vanossi pasó revista a lo que opinaron sobre la Argentina destacados visitantes del siglo XX e indagó en nuestra idiosincrasia a la luz de textos de nuestros mayores literatos (4).Lo propio de España -esclareció Américo Castro, que en los años de exilio meditó profundamente acerca de su patria- fue que allí la Iglesia continuaba en mitad del siglo XX plantada ante el Estado de un modo desconocido en otros grandes países católicos de Europa. Complementariamente escribió: "el hombre hispano es capaz de matar y matarse en defensa de ?su? religión, de aquel mundo suyo en el cual reinan su voluntad, su sueño y su capricho".
Los cristianos españoles fueron vistos por él como singulares colonizadores de los musulmanes, colonizadores culturales a su vez: "...los sarracenos se impusieron y se opusieron a los cristianos, y éstos imitaron y a la vez se defendieron desde dentro de la misma postura vital que los musulmanes les habían impuesto, es decir desde dentro de una ?creencia?, de una creencia en un poder ultraterreno".
En un mundo tal no era cuestión de hacer o de pensar en común, sino de creer en común. "La persona así desligada del trato directo con las cosas se replegaba en sí misma, y tensaba su alma en proporción directa del vacío de sentido en torno". En apoyo de la referida influencia islámica descubrió don Américo que en español se maldice el alma ("¡Maldita sea tu alma!") y también se dice que a determinada persona, ocasionalmente, "se le pasea el alma por el cuerpo". Por no existir estas expresiones en lenguas exteriores a la Península aquel autor dedujo su posible origen en la tradición sufí.
El mismo maestro hizo notar que entre los siglos XI y XVII España conservó casi inalteradas su lengua, su creencia y la actitud frente a la vida, y para ello comparó significativamente la temática de Lope de Vega con la del Romancero. A sus ojos, Quijote y España no constituyen simples sucesiones de hechos, sino el propósito de ser ellos mismos a través del tiempo. "La forma hispánica de vida se defendió con el mismo tesón con que don Quijote protegió su quijotismo frente a todos los curas, barberos, bachilleros y canónigos de la racionalidad". Así, "mucho más importante que ser Quijote (puede haberlos y los hubo en muchos sitios) es la voluntad de sostener el propio quijotismo, lo que se quiere ser, aun a riesgo del propio existir".
Tal España "uniévica" fue, pues, una conciencia inmutable, apenas rasgada a fines del siglo XVIII por el librepensamiento de cuño francés. "A mediados del siglo XX (dicho autor lo escribió en 1946) lo que sigue ofreciendo aire característico de España -por dentro y por fuera- sería el carlismo (un neoimperialismo de la creencia religioso-monárquica) y el anarco-sindicalismo, empeñado en estructurar al país mediante la concomitancia de unidades humanas en las que vivan centáuricamente la violencia material y el ensueño ideal".
"Ganar honra y mantener señorío" fueron consignas de nuestros antepasados hispanos al bajar a América, y en la visión de Castro la creencia, el "hidalguismo" y el espíritu de casta fueron una misma cosa durante novecientos años de contextura cristiano-islámico-judía. El terror al Santo Oficio inhibió hábitos que pudieran haber sido confundidos con ideas o ritos prohibidos y desalentó el desarrollo del pensamiento. El peligro de supuesta heterodoxia inhibió, entre otros, a los intérpretes de las Escrituras. Esto, es claro, roza o pertenece ya a aquella disciplina que ciertos hispanistas, incluso argentinos, dieron en denominar "la leyenda negra", que atribuyeron predominantemente a Inglaterra y se empeñaron en refutar copiosamente. Sólo en el siglo XVI algunos escritores satirizaron la situación y llegaron a señalarla como una causa de decadencia, hasta que el fin de la era de Franco estableció las libertades en la Península. (c) LA GACETA

NOTAS
1) Américo Castro. España en su historia. Cristianos, moros y judíos. Grijalbo Mondadori. Barcelona, 1983.
2) Gilberto Freyre. O brasileiro entre os outros hispanos. José Olympio. San Pablo, 1975.
3) Jorge Emilio Gallardo. Raíces y letras. Idea viva. Buenos Aires, 1998. También: La frontera temperamental. Contextos de identidad. Idea viva, s/d.
4) Jorge Reinaldo Vanossi. "Los argentinos ante los ojos de propios y extraños". Anales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, Tomo XXIII, págs. 57-75, Buenos Aires, 1996.

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