Lo civil y lo absoluto

Por Samuel Schkolnik, para LA GACETA - TUCUMAN.

11 Diciembre 2005
Contra lo que sostenían algunos clásicos del pensamiento político, las sociedades humanas no se originan en un acuerdo celebrado entre individuos preexistentes. Sin embargo, hay en esa tesis contractualista un núcleo de validez, que consiste en el reconocimiento de que los individuos son la materia de las agrupaciones humanas. Esta aseveración no sólo es verdadera, sino que dista de ser trivial. El contractualismo se equivocó, por cierto, al considerar que siendo los individuos la materia de la sociedad son también su origen (1), pero de ningún modo al advertir que la sociedad está "hecha" de aquellos, porque si los individuos no pueden constituirla por agregación, bien pueden desconstituirla por disgregación, conduciéndose de un modo divergente capaz de llevar, al conjunto de todos ellos, a un punto más allá del cual no hay sociedad.Que tal observación es verdadera lo prueba el solo hecho de que existan cárceles y manicomios, esto es, espacios reservados al aislamiento y neutralización de las conductas antisociales; que dista de ser trivial, lo prueba la inexistencia de esas "reservas" de la desviación en colmenas, hormigueros y rebaños.
En la especie humana parece haberse debilitado la compulsión genética por la que, en otras especies gregarias, el comportamiento de cada individuo se subordina al de su colectividad. Tal subordinación ha de obtenerse, entonces, por medios culturales, ciertamente más "blandos" que los impresos como secuencias de nucleótidos de ADN. En las sociedades humanas, por eso, el desarrollo en virtud del cual los individuos biológicos llegan a ser individuos sociales, de ninguna manera es un proceso de riesgo nulo. Por lo contrario, la socialización se frustra con harta frecuencia, de lo que dan testimonio precisamente las instituciones mencionadas en un párrafo anterior.
Esta singularidad puede ser considerada desde otro ángulo, a saber: que mientras una colmena o un hormiguero constituyen un centro que forma representaciones y adopta decisiones acerca de su ámbito, y de ese modo sujeta en torno de sí un mundo, es el caso que en la especie humana tales capacidades se encuentran plenamente en los individuos, de lo que resulta que si cada abeja o cada hormiga se conduce como un órgano sensor de la entidad colectiva a que pertenece, pero sólo esta es capaz de integrar la información deparada por tales sensores en una imagen del mundo, en cambio cada individuo humano está dotado de una subjetividad completa, es decir, que cada uno de ellos lleva consigo el mundo, y es -al menos potencialmente- una entidad absoluta.
Si ha de haber sociedad, entonces, es menester que sus componentes renuncien a sus fueros naturales, y, en vez de sujetar cada uno el mundo, se avengan a vivir sujetos al mundo definido por la entidad colectiva emergente de ese avenimiento.
Es claro que cuando decimos "si ha de haber sociedad" no nos referimos a su fundación sino a su perduración. Pero, de todos modos, ¿cómo es posible esperar que los individuos humanos abdiquen de su condición soberana para resignarse a ser súbditos, es decir, sujetos? Pues he aquí que aquella condición -la soberanía- conlleva cargas indeseables, al punto que los individuos suelen estar dispuestos a perderla con tal de librarse de esos no queridos gravámenes.En efecto, lo que hemos llamado soberanía no es sino la resultante de poseer cada individuo humano una subjetividad capaz de abarcarlo todo, incluida, por cierto, la propia individualidad. Esta resulta, así, proyectada contra un fondo infinito, con lo que revela una anonadante pequeñez. Es para desgravarse de ese abismo interior que cada cual procura el concurso de sus semejantes; puesto que no les es dado contener la subjetividad que les desmedra la persona, casi todos buscan remedio a esa incontinencia de sí en el ser contenido por sus prójimos. Esta es la razón de que la mayor parte de la gente prefiera definirse no respecto de lo absoluto sino respecto de los demás.
El contrato social, en fin, en la medida que el concepto tiene sentido, denota antes un hecho metafísico que un hecho político, porque la ecuación humana, a la que ese concepto apunta, tiene raíces trascendentes. (c) LA GACETA

NOTAS
1) Por cierto, los autores del caso no se referían a un origen radicado en un episodio histórico real, sino más bien a un origen situado en el orden de los conceptos. Con todo, creemos que se trata de una noción insuficientemente elucidada. Si la llamamos "error" es por su capacidad de inducir a confusión.

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