Dos cardenales ofrecen textos lúcidos y sagaces

Por Julia Alessi de Nicolini. Jorge M. Bergoglio y Jorge Mejía componen libros bien escritos y diferentes.

11 Diciembre 2005
Son dos libros cuyos dos autores son dos cardenales argentinos; y los dos se llaman Jorge. Son dos textos lúcidos, sagaces y -por cierto- muy bien escritos. Son, también, dos libros diferentes.
El de formato más pequeño y de contenido más breve -no alcanza las 80 páginas- mira hacia el futuro "buscando la huella de la esperanza" (p. 27). Es el mensaje del cardenal Bergoglio, quien en las primeras páginas no duda en describir la Argentina como un país con "una larga historia de intolerancias mutuas" que no hemos sabido superar totalmente pues entramos "como pueblo en el siglo XX... para seguir excluyéndonos, prohibiéndonos, asesinándonos, bombardeándonos, fusilándonos, reprimiéndonos y desapareciéndonos mutuamente" (p. 13). Y es importante subrayar la utilización de los verbos terribles en la primera persona del plural: nosotros, no "ellos". Pero el mensaje realmente apuesta a "la esperanza del futuro" (p. 55), lo que no es fácil... pero es lindo, como dijo alguna vez Mafalda; y no hay que confundirse... Claro que es una tarea ardua porque -como dice el cardenal- exige valores auténticos (no "precios" baratos), creatividad y enraizamiento en la tradición, apertura de corazón, entrega y capacidad de servir, responsabilidad y cumplimiento de los deberes; o como dice una hermosa metáfora en la página 76: "ponernos la patria al hombro". Buen resumen.
El otro texto, el del cardenal Mejía, es más extenso; sus doscientas y pico de páginas -que se leen con interés- van acompañadas de un Apéndice Documental y Fotográfico sin duda significativo; y el conjunto apunta, como lo indica el título, hacia atrás: es una historia.Es la historia de una vida, esa vida de hombre, que como dijo alguna vez Juan Pablo II, es siempre "única e irrepetible" y -por eso- conforma una identidad. Es la historia que comenzó con su nacimiento en Buenos Aires en 1923 y sigue tejiéndose todavía. Es una trama de múltiples hilos sin los cuales la tela nunca hubiera podido tejerse; por eso están ahí familiares y amigos, formadores y compañeros, su vida de seminarista, sacerdote, obispo, cardenal; está también la preocupación -con sus testimonios personales- por el establecimiento de relaciones abiertas y afectuosas son nuestros hermanos cristianos no católicos y con nuestros hermanos judíos.
Y están, no podían faltar, los amigos; todos los que (y él aclara que le encanta) no lo llaman "Cardenal", lo llaman simplemente "Jorge"; cosa que, según relata, sucedió con Juan Pablo II. Y afirma entusiasmado "la importancia, en la vida de un hombre, cualquiera sea el lugar que el Señor de todos le hubiera asignado en la historia y, por supuesto en la Iglesia, de la amistad" (p. 198). Y esa amistad -él quiere dejarlo claro- no es sólo con aquellos con los que compartió y comparte vida sino también con los que ya no están vivos ellos mismos pero siguen viviendo en sus obras, artistas y creadores que con sus colores y formas, sus palabras y metáforas, sus ritmos y armonías hacen estallar belleza. Y hay tantas cosas más...
Retomando las coincidencias, brevemente y para terminar: a los dos libros vale la pena leerlos. (c) LA GACETA

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