
Es demasiado seria la crisis que está sumergiendo a los hombres, como para contemplar impasiblemente las mediocres superficialidades con que se analizan hechos que atañen a su supervivencia.
Al referirse al terrorismo, fenómeno tan doloroso, la articulista (ver "Fuerzas profundas y terrorismo" por Patricia Kreibohm, LA GACETA Literaria del 20-11-2005) debió acotarlo y definirlo con claridad, para no perderse en vaguedades o dejarse influir por intereses epocales dominantes, que tienden a precisar y a discriminar en su favor aquellos significados que perturban su poder.
Terrorismo es simplemente lo que provoca terror, lo que aterroriza al ser humano. Con esa base, y exceptuando a los provocados por fuerzas naturales, se pueden definir distintos tipos de terrorismos, que tienen un común mecanismo de violencia.
Desde la mitad de la población del mundo sumida en la pobreza (25 y 30% en los países llamados desarrollados), hasta explosiones apocalípticas que impregnan nuestros sentidos, exhibidas por televisión, y guerras en que se muestra sólo lo que conviene, aunque Internet logre romper esporádicamente su censura.
Desde el terrorismo de Estado hasta el religioso.
Desde el terrorismo del hambre hasta el martirologio.
Deberíamos entonces atender lo que pasa al Hombre, que es quien lo provoca y lo sufre. Parece ingenuo olvidarnos de él, obviarlo, y atribuir su aparición a fuerzas mágicas.¿Qué oscuras fuerzas profundas generan tales terrorismos?
¿No sería más conveniente referirse a sus sentimientos frustrados y vejados por un sistema de relaciones, dominador y posesivo, en el que prima la consecución del éxito y donde los propios congéneres importan sólo para satisfacer mezquinos intereses? ¿No serán esas fuerzas mágicas concomitancias de legítimas rebeldías que han perdido el respeto a los hipócritas topes que les han impuesto?¿No serán productos de la violencia producida por la indignación y el sinsentido de vivir frustrados en sus legítimas aspiraciones y anhelos?
En el hombre no existe nada oscuro, todo se puede ver, aunque no se entiendan sus complejas correlaciones.
Es cuestión de atender sus insatisfacciones, sin afiches ni temores. Organizadas o no, son muchas las preguntas que hay que responder, y no desde un pasado fracasado, sino desde un presente que exige respuestas coherentes que ayuden a construir un futuro. La prensa debe colaborar esclareciendo esta sistemática degradación humana.







