Reformulación de la Universidad

Por Jorge Saltor, para LA GACETA - YERBA BUENA (Tucumán).

ESTUDIANTES FRENTE AL PORTAL DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA. ESTUDIANTES FRENTE AL PORTAL DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA.
11 Diciembre 2005

1) Los filósofos, cuando tratan de comprender lo específico de un fenómeno histórico-cultural, acostumbran a menudo tomar un conjunto de textos que la tradición considera particularmente lúcidos y, en un esfuerzo interpretativo, elaboran lo que por comodidad podría llamarse la "esencia" de tal fenómeno. Por ejemplo, con relación a la universidad, se podría leer algún escrito de Kant (El conflicto de las facultades), de Schelling (Lecciones sobre el método de los estudios académicos) o de Ortega y Gasset (Misión de la universidad) y, siguiendo las conocidas reglas hermenéuticas, llegar a lo específico de ella. En lo que sigue voy a utilizar este método; soy consciente de que existen otros caminos para acercarse al núcleo conceptual del hecho universitario.Hay dos libros y un artículo, todos del siglo XX, que me parecen particularmente atractivos al respecto. El primero de ellos es la novela de Skinner: Walden Dos, prácticamente desconocida entre nosotros, pero que, en el mundo anglosajón, ha generado numerosas controversias. El segundo es el ensayo de Hutchins: La universidad de Utopía. El tercero es una conferencia que Jacques Derrida pronunció en el año 1983 en la Universidad de Cornell, en Ithaca, Estado de Nueva York, y que se titula "Las pupilas de la Universidad. El principio de razón y la idea de la Universidad".Antes de continuar, es de todo punto de vista conveniente decir algo sobre estos tres autores con el objeto de desvanecer cualquier sospecha sobre mi elección. Skinner fue uno de los psicólogos más importantes del conductismo y, en su ambigua e inquietante novela, trata de describir la vida de un falansterio contemporáneo, es decir, de una de esas comunidades que el socialismo utópico pretendió inaugurar hacia 1850 en los Estados Unidos. Ello explica el título de la novela. En efecto, en el año 1845, Henry Thoreau (uno de los grandes pensadores y escritores de la época, la de Emerson y Melville) escribió un libro titulado Walden, donde narra dos años de su vida en los bosques del modo como lo haría un ermitaño. Skinner retoma la idea de Thoreau e imagina una comunidad educativa -Walden Dos- totalmente diagramada sobre la base de los postulados conductistas y con la explícita finalidad de mostrar que el contacto con la naturaleza, el trabajo libre, la disminución de las necesidades superfluas, la comunidad de bienes y el estudio sistemático pueden instaurar una sociedad feliz.
A su vez, Robert Hutchins, en los antípodas del conductismo, escribe su ensayo La universidad de Utopía siguiendo los criterios que Tomás Moro estableció en su célebre obra, es decir, un marcado intelectualismo y una no menos enfática defensa de la tolerancia religiosa e ideológica. Hutchins es uno de los grandes educadores norteamericanos y durante veinte años fue el Presidente de la Universidad de Chicago.Jacques Derrida, por su parte, ya en las postrimerías del siglo XX, influyó decisivamente en casi todos los temas del paradigma fenomenológico vigente en el pensamiento europeo. Curiosamente, y esto resulta gratificante, Derrida en su artículo expone de manera brillante el papel que el principio de razón suficiente tiene en la vida universitaria. Nos encontramos, pues, frente a tres autores filosóficamente diferentes: Skinner es un conductista ortodoxo; Hutchins, un intelectualista liberal y destacado conocedor de la filosofía de Santo Tomás; Derrida, un desconstruccionista sistemático. Y, sin embargo, en cosas sustanciales respecto del conocimiento y de la universidad, los tres tienen coincidencias notables.

2) En la descripción topológica con que se abre la conferencia de Derrida hay un abismo real que separa la universidad de Cornell de la ciudad de Ithaca. Es necesario salvar ese abismo si Cornell, o cualquier otra universidad, quiere conectarse con la sociedad, pues de hecho aquella debe ser, como Walden Dos de Skinner, algo autónomo, separado, donde los vientos de las pasiones políticas no incidan para nada en sus finalidades esenciales. Universidades como las que pretendieron el fascismo y el comunismo constituyen una contradicción histórica, pues desde el nacimiento de la universidad de Bolonia, la más antigua de Europa, las corporaciones universitarias gozaron de fueros religiosos y políticos que tanto el Papa como la autoridad civil se comprometieron a respetar.
Pero, si bien es verdad que la universidad exige un moderado aislamiento, también es verdad que está obligada a contribuir al bien común y por eso es preciso salvar el precipicio mediante un puente seguro y firmes barreras. Todo esto quiere decir lo siguiente: la universidad debe renunciar a ciertas cosas (los peligros del abismo o del suicidio, por ejemplo) y fomentar otras que favorezcan su irradiación social. ¿A qué cosa debe renunciar la universidad? La gran sensatez de Hutchins y su prolongada experiencia al frente de la universidad de Chicago le permitieron, en su libro, detectar los cuatro peligros fundamentales: la subordinación académica a las necesidades de la industria y del mercado laboral; la especialización exagerada; la anarquía filosófica y el conformismo respecto del statu quo. Por otra parte, ¿qué debe hacer la universidad para ser fiel a su esencia e incidir así en el perfeccionamiento de la civilización? Fundar todo su quehacer en el principio de razón suficiente, dice Derrida; cultivar el espíritu tesonero, visionario y austero de los Padres Peregrinos y de los socialistas utópicos, dice Skinner; hacer del diálogo tolerante y de la permanente autocrítica el motor del quehacer universitario, dice Hutchins. Pero, en el fondo, los tres dicen lo mismo, pues el principio de razón implica de por sí una leal crítica de las creencias propias y ajenas dentro de una atmósfera esforzada, continua y fraternal, con la finalidad manifiesta de llegar al fundamento del ser.

3) Un trilema que los profesores, estudiantes y síndicos de la universidad de Utopía han resuelto de manera satisfactoria, a la luz del principio de razón, es el que nos atormenta a los argentinos. ¿Hay que privilegiar la docencia o la investigación o la extensión al medio socio-político? En Derrida y Hutchins es totalmente claro que la misión fundamental de la universidad, su razón de ser, es la investigación y no la docencia. Si hay personas que quieren participar de las investigaciones de los profesores, entonces habrá alumnos y, por lo tanto, docencia, que sí es esencial en los niveles educativos previos a la universidad, tal como acontece en el campus de Walden Dos. Con la narración de un hecho histórico quizás quede más claro lo que pretendo defender.
Alrededor de 1910, el Trinity College de la Universidad de Cambridge, cuyo prestigio se remonta a la época de Newton, tenía sólo tres alumnos. Los profesores e investigadores, en cambio, eran varios y entre ellos descollaban George Moore, que por esa época cambió radicalmente el curso de la filosofía inglesa; Alfred North Whitehead y Bertrand Russell, que en esos años escribían la obra más famosa de la matemática y de la lógica modernas: Principia Mathematica; el austríaco Ludwig Wittgenstein, que preparaba su famosísima tesis: el Tractatus logico-philosophicus; John Maynard Keynes, que muy pocos años después formuló una novedosa teoría de las probabilidades matemáticas y una no menos novedosa teoría económica; Arthur Eddington, que en 1919 presentó la primera convalidación parcial de la teoría de la relatividad de Einstein y que fue uno de los más importantes astrofísicos del siglo XX; y otros que me eximo de nombrar. Ahora bien, este formidable grupo de profesores tenía nada más que tres alumnos ya graduados: C.D. Broad, E. Neville y H. Norton, que a su vez eran notables matemáticos. Al gobierno inglés jamás se le pasó por la cabeza cerrar el Trinity College por falta de estudiantes y porque allí no había docencia en el significado corriente de la palabra. Pero sí había muchísima investigación y ese grupo de profesores, al poco tiempo, constituyó la generación más importante del pensamiento filosófico y científico de Inglaterra en la primera mitad del siglo XX. Podría mencionar otros casos como este.
Si la universidad es la libre conjunción y comunicación de personas cuyo interés pasa por la búsqueda apasionada de la verdad, es entonces fácil estar de acuerdo con el principio académico de que la investigación es por naturaleza más importante que la transmisión dogmática de creencias. En efecto, la tradición nos ofrece un variado conjunto de teorías e hipótesis, algunas de ellas francamente falsas, otras imperfectas, otras necesitadas de corroboración, otras deductivamente mal organizadas, otras que se quedan en el mero nivel descriptivo, otras que no cumplen con los ideales de la fertilidad inferencial y de la simplicidad, etcétera. De modo, pues, que lo recibido en la escuela primaria, en la secundaria y en los institutos preuniversitarios necesita, si uno quiere llegar al conocimiento objetivo, de una revisión permanente, es decir, de investigación. Aristóteles nos alertó sobre la dificilísima tarea que implica llegar a la verdad y que, como él afirma, requiere todo nuestro tesón y esfuerzo. De allí la importancia que los tres autores, Skinner, Hutchins y Derrida, confieren tanto al diálogo inacabable como a la crítica despiadada de lo que la tradición filosófica y científica nos transmite. En esto consiste parcialmente el principio de razón o búsqueda de los fundamentos. (c) LA GACETA

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