Tejer y destejer las fibras de la existencia

Por Rodolfo Modern

07 Noviembre 2004
La obra fecunda de la poeta platense, las numerosas y justas distinciones de que ha sido objeto, el continuo y grave adensamiento de su dicción se confirman en la lectura de estas Insurrecciones. Ana Emilia Lahitte no declama versos; vive la poesía, la mejor. Y lo prueba fehacientemente en una de sus facetas, la de incansable animadora de una admirable empresa, cuyo objetivo es la difusión de una lírica valiosa plasmada en Grupo de Hojas y Cuadernos de Sudestada, que ha permitido el conocimiento de poetas de mérito. Labor desinteresada, por cierto, que corrobora su consagración a la Dama Poesía, como referente, guía y clave de su existencia. En sus numerosos poemarios, y que en este encuentra una ratificación plena, Ana Emilia Lahitte se yergue, una vez más, como una presencia notable dentro del panorama de la lírica argentina contemporánea. Y logra una hazaña que sólo es propia de los poetas con mayúscula, apretar en unos pocos versos lo que muchos pensadores destacados pueden traducir solamente en páginas extensas y exentas de esa emoción vivificante propia de la forma poética. Y esta no es, por cierto, una hazaña menor. La sensibilidad de A.E.L. se nutre de un intercambio entre lo que le suscitan los dos mundos que habita simultáneamente, el interior y el externo, una sensibilidad abierta, diríamos, al variado, y en el fondo trágico tejido con que están fabricados el mundo y sus habitantes, condenados a la extinción física, por lo menos. Sensibilidad que no excluye la inteligencia para intentar, por medio de imágenes precisas, no pocas veces sobrecogedoras, apresar episodios fundamentales en esa trama de acontecimientos en tantas ocasiones inexplicables por las vías de la lógica, que llamamos vida.
Ana Emilia Lahitte no se detiene ni se deleita en la fijación de minucias. Se dirige, con temeroso respeto, también con decisión, a lo esencial, que se fija en un yo atento y receptivo, y en un nosotros que la incluye. Y por eso mismo permite la conmovida participación del lector.
Su modo, ya desde hace tiempo, se viene haciendo cada vez más sobrio, más sucinto, hasta llegar casi hasta las fronteras del aforismo. Y lo hace con la conciencia de levantar los velos que enturbian u oscurecen, hasta la desorientación, el devenir de todos, el poeta en primer lugar. Tarea heroica, por lo demás, que en este caso significa el desollamiento, para decir lo menos, de un yo que es tan lírico como humano. Sirva de ejemplo el poema "Llagas", que dice: "El mundo. // Una ciénaga / de espectros conjurados / para desorientar la eternidad.". Es que sus poemas, la mayoría de ellos, por lo menos, están atravesados por las franjas de una metafísica, una religiosidad y una compasión palpitantes. Otra razón más para atraer a los amantes de la auténtica poesía, la que no se vale de adornos o de fiorituras vacías o superficiales. Es que la autora sabe lo que importa, según lo expresa admirablemente: "Aprendo / a habitar el esplendor / de la sombra", en el poema "Aprendizajes". Y que es capaz de autoanalizarse a la perfección, como cuando escribe: "El poeta / asume con gozosa ignorancia / la expuesta profecía / de ser / su propia presa". Y nada mejor nos parece, para cerrar esta apretada reseña, que transcribir una definición abarcadora de estos poemas, que la frase de Horacio Castillo, figura de poeta indiscutible entre nosotros, cuando se refiere al libro definiéndolo como "una heráldica de la dignidad". ¿De cuántos poetas de hoy puede decirse otro tanto? (c) LA GACETA

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