13 Junio 2004 Seguir en 
Si fuéramos capaces, si ya hubiéramos comenzado el camino de retorno, en ese mismo espejo de angustia y de dolor bien podríamos vernos reflejados. Aunque nuestras propias y urticantes desdichas como sociedad deberían inclinarnos sin duda a una mirada más fraternal, por otro lado digna de nuestra común condición de latinoamericanos, es probable que en el imaginario colectivo de los argentinos el nombre de Colombia continúe asociado, en forma primordial, con la violencia extrema y extendida. No sería difícil entonces coincidir en principio, desde afuera, con este diagnóstico del autor: "Las noticias sobre Colombia en el exterior tienen siempre un tinte dramático. Son noticias violentas. Noticias impactantes. Masacres. Secuestros. O se hallan revestidas con un hábito de irrealidad o de realismo mágico".
Más arduo resultará imaginar, si seguimos leyendo y no se es colombiano, el vivo sentimiento con que eso se experimenta allí: "Pero para quien vive en Colombia, todo parece resultar lo mismo, anestesiado por los sucesivos golpes. Amigos secuestrados o amigos que huyen del país, amenazados por precisas llamadas telefónicas. Crisis económica." Para concluir, con desolada precisión: "Pareciera que disminuyen las razones para vivir."
Una vez que se lo ha leído, el volumen puede resultar fecundamente ambiguo. Esta reunión de textos entre periodísticos y literarios, muchas veces de intervención o circunstancias, que en gran medida ofrecen un panorama de las letras de Colombia, no desarrolla con puntualidad el recorrido que pudo hacer imaginar su título. Pero, al mismo tiempo, deja por otro lado la provechosa sensación de haber recibido elementos que nos permitirían intentar una interpretación propia.
No es poco, claro. Y, por una vez, me animo a sospechar que los dominios simultáneos que abarcan la personalidad y la obra del colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, a la vez hombre público y escritor, tan activamente fecundo en lo uno como en lo otro, han logrado aquí ensamblarse en esa mirada de la inteligencia y del corazón que intenta arrojar a las dolorosas realidades de su patria, "el país mestizo, mulato y tropical del cual hablaba Alfonso López Pumarejo", "nuestra tierra asolada y entrañable, como también la llama Mejía Vallejo". A la cual se puede arribar quizá por los datos concretos, por la fría y aparente objetividad de las estadísticas. Pero no sin rozar al pretenderlo, si se es mínimamente honesto, abismos que se hacen a la vez específicos y genéricos, locales y acaso universales: "El miedo, la auténtica, la única, la verdadera tradición nacional... nos inquieta y perturba por su letal persistencia." O ese revelador apotegma, siniestro y trágico, a la altura tal vez del fatum griego, entrevisto en un cuento del impar Hernando Téllez: "si uno no se apresura a matar, lo matan".
País de gente entrañable, vivaz, apasionada, donde la música del Caribe alcanza sutiles y ricas sensualidades, donde se habla uno de los castellanos más caudalosos del planeta y la poesía es una devoción casi tan popular como el fútbol, yo mismo tuve el emocionado honor de convivir dos veces, en la martirizada Medellín, con ese auténtico milagro que es su legendario Festival Internacional de Poesía. Durante muchas horas, por ejemplo, en el gran anfiteatro del cerro Nutibara, incluso bajo la lluvia, varios miles de personas de todas las edades, no pocas de ellas familias enteras, escuchaban ávidamente a los poetas del mundo. En medio de la muerte, contra tanta muerte, la vida respiraba y se reunía, entibiándose, crecía y se expandía. Ese es también el rostro luminoso de la Colombia desangrada que este libro, intuyo, quisiera presentarnos. Doy fe. (c) LA GACETA
Más arduo resultará imaginar, si seguimos leyendo y no se es colombiano, el vivo sentimiento con que eso se experimenta allí: "Pero para quien vive en Colombia, todo parece resultar lo mismo, anestesiado por los sucesivos golpes. Amigos secuestrados o amigos que huyen del país, amenazados por precisas llamadas telefónicas. Crisis económica." Para concluir, con desolada precisión: "Pareciera que disminuyen las razones para vivir."
Una vez que se lo ha leído, el volumen puede resultar fecundamente ambiguo. Esta reunión de textos entre periodísticos y literarios, muchas veces de intervención o circunstancias, que en gran medida ofrecen un panorama de las letras de Colombia, no desarrolla con puntualidad el recorrido que pudo hacer imaginar su título. Pero, al mismo tiempo, deja por otro lado la provechosa sensación de haber recibido elementos que nos permitirían intentar una interpretación propia.
No es poco, claro. Y, por una vez, me animo a sospechar que los dominios simultáneos que abarcan la personalidad y la obra del colombiano Juan Gustavo Cobo Borda, a la vez hombre público y escritor, tan activamente fecundo en lo uno como en lo otro, han logrado aquí ensamblarse en esa mirada de la inteligencia y del corazón que intenta arrojar a las dolorosas realidades de su patria, "el país mestizo, mulato y tropical del cual hablaba Alfonso López Pumarejo", "nuestra tierra asolada y entrañable, como también la llama Mejía Vallejo". A la cual se puede arribar quizá por los datos concretos, por la fría y aparente objetividad de las estadísticas. Pero no sin rozar al pretenderlo, si se es mínimamente honesto, abismos que se hacen a la vez específicos y genéricos, locales y acaso universales: "El miedo, la auténtica, la única, la verdadera tradición nacional... nos inquieta y perturba por su letal persistencia." O ese revelador apotegma, siniestro y trágico, a la altura tal vez del fatum griego, entrevisto en un cuento del impar Hernando Téllez: "si uno no se apresura a matar, lo matan".
País de gente entrañable, vivaz, apasionada, donde la música del Caribe alcanza sutiles y ricas sensualidades, donde se habla uno de los castellanos más caudalosos del planeta y la poesía es una devoción casi tan popular como el fútbol, yo mismo tuve el emocionado honor de convivir dos veces, en la martirizada Medellín, con ese auténtico milagro que es su legendario Festival Internacional de Poesía. Durante muchas horas, por ejemplo, en el gran anfiteatro del cerro Nutibara, incluso bajo la lluvia, varios miles de personas de todas las edades, no pocas de ellas familias enteras, escuchaban ávidamente a los poetas del mundo. En medio de la muerte, contra tanta muerte, la vida respiraba y se reunía, entibiándose, crecía y se expandía. Ese es también el rostro luminoso de la Colombia desangrada que este libro, intuyo, quisiera presentarnos. Doy fe. (c) LA GACETA






